martes, 30 de noviembre de 2010

Terror en el supermercado (I)

Venía apuradilla como un yonqui, pero sin chandall ni mugre, y va, y se me ocurre entrar en el súper porque se me había acabado el Nesquick, y yo, sin mi tazón de leche, no soy nadie en este mundo.
Como la sociedad de consumo es así, y los que planifican los supermercados son unos señores muy listos que llevan gafas ya desde pequeños, ya que estaba, fui llenando el carrito sin muchos quebraderos de cabeza. Cinco minutos y dos tabletas de chocolate, un bote de nocilla y unos yogures (desnatados, por supuesto) después, estaba en la cola dispuesta a pagar mis compras y venirme para casa en un volar.
Todo iba bastante bien a pesar de que, como suele suceder, me había puesto en la cola más lenta. Una cajera con carita de ratón y gafas enormes luchaba contra los códigos de barras y los botones que la intimidaban para que fuera un poco menos evidente su falta de pericia. Mientras esperaba, me entretenía viendo cómo se embarullaba con las bolsas, enrojecía cuando los clientes resoplaban y ella trataba inutilmente de remangar el enorme polar que le habían encasquetado como uniforme. Estaba yo reflexionando sobre la crueldad inhumana de quien diseña los uniformes de las pobres cajeras de supermercado (un tío feo y resentido al que ninguna mujer ha mirado jamás, por supuesto, que tanta mala baba no puede tener otra explicación), cuando oigo al ratoncillo decir:
- No sé señora, yo no sé mucho de detergentes, pero si quiere miramos en la etiqueta a ver qué pone.
Miré a su interlocutora y supe que estaba perdida: una señora con pelo-casco y perlas gigantes de mentirijillas más vieja que la mentira. Para colmo, una segunda cacatúa la agarraba "de ganchete" mientras blandía unas empanadillas a la vez que departía animadamente con el ratoncillo sobre lavados en frío.
Miré desesperada hacia las otras cajas para tratar de huir, pero sólo otra funcionaba y estaba atascada con un envío a domicilio quilométrico. La cajera lista se huele el pastel y empuña el micro para pedir auxilio:

- Señorita Maripuriiii, acuda a caja cuaaatro, por favooor.

Y la cacatua de las empanadillas de nuevo a la carga:

- Chica, ya que estás, léeme esta etiqueta, que yo aún con las gafas no veo bien.

El ratoncillo, colorado como el mismísimo fuego del infierno, cogió la caja que le tendía la cacatúa mientras miraba de reojo la cola que resoplaba como una manada de búfalos.

Oh, oh... problemas.

(tubicontinued... )

jueves, 6 de mayo de 2010

¿Quién dijo que ser Princesa fuera fácil?

Estoy pachucha. Como una planta a la que dejas de regar un mes entero. Me falta el sol y mi garganta es de tomarse las cosas muy a la tremenda, como servidora.
Ayer tuve uno de esos días de venir al algodonal como si el Airbus me hubiese pasado por encima. Despeluchada y agonizante, vamos. Eso no me ayuda. Verme en el reflejo de los cristales del coche como si me hubiese caído en un volcán y salido a propulsión me baja el glamour y hasta me sube la fiebre.
Hoy, al despertarme, lo primero que noté fue mi garganta reclamando droga dura. Yo me hubiese tomado hasta MDMA, que así seguro que me parecían hasta más simpáticos los Golfos Apandadores, pero carezco de contactos en el Lumpen y no sé a quien recurrir para estos casos.
Está visto que necesito ampliar mi círculo social.
Como el médico -raza cruel- sólo me ha dado Ibuprofeno para este tormento, no me queda otra que seguir mis propios métodos. Esto es: hacerme la sueca.
Las bacterias nauseabundas que me inflaman la garganta no se contentan sólo con eso, y me ponen el tono de piel como el de la Novia Cadáver ¡Qué contrariedad!
Así no sienta bien ni un Oscar de la Renta.
Pues ni hablar. Para eso Clarins ha inventado los exfoliantes y los autobronceadores. Que se chinchen las bacterias, que yo me vengo al algodonal como si hubiese pasado el fin de semana en Capri.
Como es un estado de emergencia prescindo de las Pretty Ballerinas y me subo a unos tacones de Pura López que me elevan la moral y, de paso, miro por encima del hombro a Obi-Wan con más confort.
Escojo un LBD de French Connection y una diadema que compré en Spitafields. Soy una Lady y no hay nada que pueda conmigo.
Me subo al coche. No hay ni atascos. Sidonie a tope y sólo me acuerdo de mi garganta cuando trago, que es como si me hubiese comido uno de esos juegos de cuchillos que venden en la teletienda y cortan hasta las latas.
Maldita teletienda.
No importa.
Subo a la oficina y abro la puerta triunfal. Si hubiese más humo parecería Lluvia de Estrellas.
Saludo a la afición:

- ¡Muy buenos días a todos!

¿Qué es eso? ¿Dónde está mi voz? ¿Habré sido abducida por Pilar Bardem?
Mierda.

martes, 4 de mayo de 2010

La estrategia del calamar

Los Golfos Apandadores se están volviendo un poco tarumbas. Yo pensé que habíamos montado en mi trabajo el Tonticomio que siempre pide el padre de Mafalda, pero ahora estoy convencida de que es un manicomio de lo más vulgar.
¡Menuda decepción!
Yo trato de que sus planes rocambolescos y pensamientos chiflados no me afecten lo más mínimo, pero a veces navegar en el caos marea y dan ganas de vomitar.
Esos días me da por llorar bastante. Es una válvula de escape bastante buena, porque aunque el pelo se queda bastante desmejorado, y los ojos acaban como los de Massiel en un mal día, se me pasan los instintos asesinos. Me quedo tan agotada que luego duermo como una bendita, y al día siguiente ya me pasó la pena.
No me compensa estar triste mucho rato porque me consume demasiada energía y la necesito.
La naturaleza es sabia y me colocó en los ojos unos lagrimales con tendencia a la fuga y hasta diría yo que a los Tsunamis... De lo contrario seguiría mis primeros impulsos (matar y asesinar con frecuencia) y eso sería un problema.
Primero, porque yo en la cárcel es que no me veo, y a mi abuela seguro que le disgustaría eso de tener que meter la lima dentro de la empanada cuando me visite, porque echaría a perder todo el relleno de bonito y cebolla que ella prepara con tanto amor.
Segundo, y casi tan importante, porque dudo que el crimen se encuentre entre mis talentos.
Soy bastante impulsiva, así que no creo que tuviese paciencia suficiente como para planear una venganza tipo viuda negra de esas de te echo un poquito de veneno en el café hasta que mueres pensando que sólo tienes una leve indigestión.
Lo de clavar un cuchillo me da bastante grima, así que aunque me parece que apuñalar en el corazón a alguien que lo merezca sería bastante guay en teoría... después me iba a dar mucho repelús que pusiese los ojos en blanco y me manchase con su sangre asquerosa.
No tengo nada en contra de dispararle a un malo con una pistola (que me quepa en un clutch, claro, nada de armas aparatosas)... pero Gran Torino me demostró no hace ni quince días que tengo una puntería bastante lamentable humillándome en uno de esos tiros al blanco de las fiestas de los pueblos y ganando para mi dos brujitas horripilantes que me provocaron tanto espanto como ternura (por el detalle, claro, no por las brujas horrendas).
Sería genial poder ensartar a alguien con una flecha, pero volvemos a la minusvalía en cuanto a lo que puntería se refiere.
Respecto a pegar patadas voladoras mortíferas ¡la verdad es que me chiflaría! pero tendría que prescindir de las faldas y no me compensaría.

Total, que lo que mejor me vendría sería poder lanzar rayos con los ojos (o con las manos, como los Aurones)... pero ya hemos quedado en que, desgraciadamente para mi, no tengo superpoderes de momento.

Para compensar esta discapacidad criminal tengo un probado espíritu dramático. Mi madre dice que ya de pequeña era una peliculera fuera de serie, o sea, el caso típico del genio incomprendido.

Hasta que nació Princesita P. mi madre, que era progre y unisex, fumaba Ducados a dolor. Viejo Pachanga fumó en pipa y después Winston... Vamos, que siendo yo pequeña en mi casa había un tesoro de mecheros que nos tenían superprohibido ni mirar.
Ya os dije que éramos regular de obedientes.

Un día “encontramos” uno de esos mecheros que tanto ambicionábamos. La sensación de triunfo del primer hombre de las cavernas que consiguió hacer fuego no debió de ser ni la mitad de la que Hermanilla y yo experimentamos al ver cómo se prendía la esquina de una hoja de libreta. Tumbadas sobre la alfombra de nuestro cuarto y con los ojillos brillantes de la emoción encendimos la segunda de aquellas esquinas cuadriculadas.
En cuanto la llama se hizo grande soplamos con fuerza para apagarla y el papel chamuscado voló por la habitación.
Tras las habituales deliberaciones sobre a quién le correspondía quemar la tercera, llegó la cuarta... y se acabaron las esquinas.
Le estábamos cogiendo el truco a lo de girar la ruedecilla a la vez que manteníamos el gas presionado... así que quemar el centro del papel nos pareció una idea gloriosa.
Mientras una sujetaba la hoja con sumo cuidado (y con la lengua de fuera para aplicarse más), la otra mantenía el mechero encendido debajo.
Primero se hizo un cerco negro y después... ¡la llama! La cuartilla comenzó a arder rápidamente y Hermanilla y yo soplamos con todas las fuerzas de nuestros pequeños pulmones de 4 y 5 años respectivamente.
Soplamos, pero la llama crecía y devoraba el papel ¡Nos íbamos a quemar! Lo soltamos y cayó sobre la alfombra justo cuando mi Mami Unisex y fumadora de Ducados hacía su aparición estelar en la puerta.
Nos miró a nosotras (acojonaíllas), miró la hoguera que ardía sobre la alfombra... Nos volvió a mirar (esta vez echando fuego por las pupilas) y saltó sobre la alfombra como sólo una madre leona puede hacer: apagando las llamas y poniéndonos “a salvo” sin dejar de maldecirnos a un tiempo.
Mi madre había inventado la multitarea muchos años antes de que Bill Gates lo soñara.
Nos arrebató el arma homicida y, sin meterla en ninguna de esas bolsitas transparentes en las que el FBI mete las pruebas, ni someternos a un juicio justo ni nada nos cayó un chorreo de no te menees.
¡No hacía ni dos años que se había aprobado la Constitución y mi madre ya se estaba saltando a la torera la Presunción de Inocencia!
Lloré por la injusticia materna (no nos había leído nuestros derechos, ni nos había dejado llamar por teléfono a la abu ni nada)... y un poco por el susto que aún tenía en el cuerpecillo tras ver las llamas merendarse el papel de mi libreta.
Mi madre asegura que mientras ella limpiaba la alfombra y abroncaba a Hermanilla, que siempre fue de “a lo hecho pecho”, yo recorría el pasillo llorando como una magdalena y preguntando a voz en grito:

- Señor ¿Por qué permites que mi madre fume y deje sus mecheros a nuestro alcance si somos pequeñas y nos podemos hacer daño?

Se ve que la responsabilidad subsidiaria la inventé yo.

Epílogo (para los que quieran saber cómo terminó la anécdota favorita de mi progenitora cuando quiere ejemplificar lo que a mi me va un drama).

Mi madre echaba más humo que la alfombra mientras yo seguía lamentándome por la irresponsabilidad de mi madre y la falta de sentido de Dios... porque yo por aquel entonces iba a un colegio de monjas y me habían enseñado que Dios era un superhéroe con mogollón de poderes que hacía con nosotros, los gusanos infectos que habitábamos la tierra, lo que le daba la gana. Porque además, Dios lo veía todo, entonces...
¿De quién era la culpa? De Dios, claro ¿Para qué quería los superpoderes si no para evitar tan tremendas desgracias?

Yo traté de defenderme argumentando que la cosa tampoco había sido para tanto, y que como incendio había dejado bastante que desear... lo que encendió más el cabreo de mi madre, que me advirtió que las alfombras eran unos objetos mágicos que se incendiaban “invisiblemente” y para cuando uno se daba cuenta las llamas se habían extendido por toda la casa.

Un poco decepcionada con aquel fraude de superhéroe que no estaba nada atento, y bastante asustada con la posibilidad de que el incendio secreto se adueñase de mi hogar me fui al cole.
Desde mi clase yo podía ver la ventana de nuestro salón si me levantaba un poquito de mi pupitre. El miedo a vivir debajo de un puente como los pobres de las películas era más poderoso que el terror a la Madre Apaisada (una monja más ancha que alta y con una malaleche proverbial)... así que a cada rato yo estiraba el cuello como las tortugas para ver si veía las llamas saliendo de nuestra casa que me convertirían en una Homeless infantil.
En uno de esos “estiramientos” la Madre Apaisada me llamó la atención y me hizo ir hasta su mesa para averiguar por qué una niña de habitual obediente como yo (ya os dije que tenía bastante engañadas a las monjas) estaba tan inquieta.
Llorando confesé a la Madre Apaisada mi precoz piromanía y ésta decidió tomarse la justicia por su mano (en mi infancia eso de la necesidad de pruebas se tomaba a chufla) y tenerme castigada toda la tarde junto al encerado.
La vida es dura y así lo aprendí yo.

martes, 27 de abril de 2010

Implementando medidas de ahorro

Obi-Wan se está chiflando. A mi hasta me da un poco de pena. La ambición es una cosa muy mala que hace que la gente pierda la cabeza.
Yo lo aprendí de pequeña, leyendo los comics de Iznogud, que decía todo el rato “quiero ser Califa en lugar del Califa” y acometiendo ese proyecto vital le pasaban múltiples desdichas.
Después supe de Bonifacio VII, que este ya era un señor aparentemente humano que lo que quería es ser Papa. La gente tiene gustos extravagantes.
Tanto quería Bonifacio ponerse el cucurucho blanco en la cabeza (que papamovil no había entonces), que tuvo que estrangular al Papa legítimo, robar parte del tesoro de la Iglesia, huir... y así por dos veces.
A mi me parecen demasiadas molestias para un trabajo, francamente.
Hasta los monos del Amazonas saben que yo, pudiendo escoger, me pediría ser Superheroína, que se me antoja un trabajo muchísimo mejor por aquello de los superpoderes.
Me fliparía tener rayos láser en los ojos (aunque tendría yo bastante peligro cuando me enfado), o, en su defecto, volar.
Lo que ocurre es que, por mucho que me fijo, no he encontrado ninguna oferta en Infojobs. Estoy empezando a pensar que esos puestos deben de darlos por enchufe.

A lo que íbamos: Obi-Wan quiere ser gerente.
Yo creo que alguien le ha tomado el pelo, porque en realidad a mi me parece un recadero con ínfulas.
Se pasa el día llevando y trayendo al Creador cuando no tiene ganas de conducir, acompañándolo a comer cuando no encuentra con quién, llamándolo por teléfono para despertarlo cuando tiene compromisos por la mañana...
Una especie de mayordomo con i-phone.

A mi me llama la atención que no se cosque de que hay algo raro cuando en una plantilla de 5 personas hay un director (propietario y, a la sazón, Master del Universo de Golfos Apandadores S.L)... y otro gerente a parte de él.
Si yo estuviese en su pellejo me parecería extraño eso de la “gerencia compartida”... sobre todo porque el resto de los “empleados” son una becaria, y un espíritu libre como yo, que me las he arreglado para figurar en el organigrama como un satélite independiente.
Eso de hacer un organigrama de una empresa de 4 personas resulta tremendamente divertido, a mi entender. Comprendo que para otras compañías, que se dedican a trabajar y a generar beneficios, resulte una pérdida de tiempo, pero nosotros empleamos 5 meses de deliberaciones y contratamos a un consultor que venía de PricewaterhouseCoopers para que la cosa quedara clara.
Fue bastante genial, porque nos entretuvimos mogollón intentando decir de un tirón el nombre de la consultora de la que provenía el Genio de las Consultas... pero no sé si un director, dos co-gerentes, una directora de área ácrata (uséase, servidora) y una becaria es un organigrama muy convencional.
Así somos nosotros.

Después de varios meses, las cosas siguen como estaban: cada uno a su bola. Es un sistema de trabajo curioso en el que nunca nada sale como habíamos previsto.
He de proponerle al Creador que contrate otro Genio de las Consultas para averiguar por qué.

Yo, que soy de verle el lado bueno a todo, he decidido que, aunque un poco desconcertante, el Sistema tiene como positivo que nunca caemos en la rutina. Uno podría pensar que el caos constante puede llegar a ser reiterativo... pero os garantizo que no.
Hoy Obi-Wan volvió a dar la sorpresa.
Resulta que trabajamos con unos equipos Mac que tienen unos ratones inalámbricos superchulos que chupan tantas pilas como Massiel Almax: a dolor.
Hoy volvieron a acabarse las del mío y así se lo dije a Obi-Wan, que guarda bajo llave las cosas importantes para el funcionamiento de la empresa, es decir, las pilas y los bolígrafos.
Las facturas y los contratos prefiere dejarlos sobre la mesa. Él es así de innovador en sus métodos.
Obi-Wan puso cara de importancia para hacer la siguiente declaración frente a todos los presentes (la becaria y yo, claro):

- He introducido un Plan de Ahorro, así que ahora os turnareis unas pilas recargables.

A mi no me gusta parecer irrespetuosa, pero me reí tanto que hasta creo que tengo agujetas en la barriga.
Como pensé que era un chiste, le pregunté si también nos turnábamos lo de trabajar... Quizás debamos contratar otro Consultor para nos ayude a cuadrar los turnos de modo que coincidan con el rato que te tocan las pilas del ordenador.
Después de reírme un buen rato, viendo que el Plan de Ahorro de Obi-Wan era un tema serio y que no tenía intención de abrir el Armario de las Pilas y los Bolígrafos... cogí las pilas de otro ordenador y regresé a mis quehaceres.
No estoy muy segura de que a Obi-Wan le haya gustado mi imporvisación frente a su Plan de Ahorro pero, como os he dicho, aquí en Golfos Apandadores S.L somos todos muy creativos.

viernes, 23 de abril de 2010

Los plumíferos y yo

Si hay algo que me provoca auténtica repulsión, a parte de los pantalones bombachos, son los pájaros. Lo saben hasta los monos del Amazonas que están sin escolarizar.
No penséis que tiene nada que ver con la peli de Hitchcock... Me encanta Tippi Hedren vestida por la increíble Edith Head... pero los pájaros me ponen nerviosa. Las palomas y las gaviotas las que más.
Me aterroriza cuando bajan planeando y las veo venir hacia mi ¿querrán sacarme un ojo las puñeteras?... Aunque reconozco que las únicas agresiones que he sufrido de estos bichos es el robo de una pizza en el Bush Garden por parte de una gaviota y las inoportunas (y corrosivas) cagadas de más de una.
No entiendo que los padres dejen jugar a sus niños con palomas ciegas, con muñones y con las plumas tan deterioradas que parezca que compartan peluquero con Karmele Marchante.
Además de una horripilancia ¡menuda cochinada!
Y allí están los niños (a los que previamente han desinfectado, pasteurizado y cocido al vapor sus chupes por si tienen caca...) correteando tras los infectos seres alados propagadores de trogollón de enfermedades.
Menudo festín de virus, bacterias y porquerías variopintas.
En fin, que debo de ser rara.

El otro día estaba preparando el desayuno y lo oí.
-Uuuh, uuuh

¿Qué es eso? Habré oído mal.
- Uuuhhh, Uuuuh

Raro. Muy raro y suena en en tubo del extractor. Me subo a la encimera y acerco la oreja al tubo plateado.
En esto entra Heathcliff en la cocina y me ve allí subida sobre la lavadora, en camisón y con la cabeza pegada a la pared.

- ¿Estás castigada? ¡Pero si aún no has tenido tiempo de portarte mal!
- Heathcliff hay un búho asqueroso
- ¿Un búho? ¿Cómo va a haber un búho a estas horas de la mañana?
- Que sí, escucha.


Así que Heathcliff se encarama sobre la repisa y también acerca la oreja.
Esperamos.
Nada.
Esperamos otro poco ¡Qué rabia!
Nada
Heathcliff tiene poca paciencia:

- Oye, tu búho ha pedido traslado. No se oye nada.
- Que sí, que sí, que lo oí dos veces antes de que llegases.
- Sería otra cosa, anda, vamos a bajar, que esto es ridículo.
Reconozco que la estampa de los dos recién levantados, apretujados sobre la encimera de la lavadora y pegando la oreja a un tubo de papel albal tiene delito... pero mi talento compositivo no funciona hasta más avanzado el día, por lo que se ve.
... Pero me fastidia que Heathcliff no oiga al bicharraco emplumado

- Yo me quedo, aquí hay un búho.
- Vale, como quieras. Ya sigo yo con el desayuno mientras tú sigues al acecho ¿Dónde guardas esos croissants que me gustan?


-Uuuhh
Yo exultante de triunfo. Me encanta tener razón, lo reconozco.

- ¿Veeeeeees?
- Sí, muy bien. Tienes un inquilino, aunque dudo que sea un búho. Bájate de ahí.
- Dí que tenía razón
- Tenías razón. Un búho okupa se ha instalado en el tubo de extracción. Baja, anda.

Heathcliff me tiende los brazos igual que hacía mi abuelo para bajarme del muro de la playa después de limpiarme la arena de los pies... Sólo que en la playa no había muebles de cocina.
Coscorrón.
-AAAyy
Con el impacto algo falla y tiro con los pies el café. La jarra vuelca y el líquido negro se desparrama empapando los bizcochos que había colocado milimétricamente sobre uno de mis platos de Limoges favoritos. El platito se tambalea por el golpe de la jarra.
- Nooooo
El plato se inclina hacia un lado, se inclina hacia el otro, se acerca al borde de la encimera... Heathcliff reacciona, agarra el plato y me suelta...
Pataplafff... Caigo como un saco de patatas sobre la baldosa helada.
Heathcliff se queda mirándome con el plato chorreante de café y bizcochos pachuchos en la mano.

- Eras tú o el plato de las hojas que tanto te gusta- se disculpa.
- Ya... pues voy a tener moratones hasta dentro de un mes.


Heathcliff me mira con curiosidad, despatarrada sobre el charco de café
- Oye... ¿por qué siempre te pasan estas cosas?

Eso quisiera saber yo.

Esta mañana, mientras el café se hacía en la cafetera inundando el aire con su delicioso aroma, me entretenía mirando por la ventana disfrutando de unos instantes de felicidad.
Me encanta oler el café mientras se hace.
De pronto, una paloma se acerca volando hacia mi ventana y desaparece justo tras el tubo de extracción. Después viene otra.
¡Máldito Heathcliff! Tenía razón. No era un búho. Eran las marranas de las palomas imitando a los búhos ¡malditas suplantadoras!
Prefería un búho.

miércoles, 21 de abril de 2010

Gangas en la sección de taras y oportunidades

Que estoy en mala edad es una verdad más evidente que las operaciones de Nicole Kidman. Yo me encuentro bien, os lo juro, no me noto síntomas... pero hay en mi entorno tal intranquilidad que a veces sospecho que los demás piensan que estoy contagiada de una enfermedad mortal y no me quiero curar.
Se llama soltería a los 34 y por lo visto es maligna.
Ayer llamo a mi tía. Me coge su pareja:
- ¿Qué? ¿Cuándo te casas?- me dice por todo saludo
- Lo he hecho la semana pasada, pero he preferido no invitarte para que no me avergüences- le digo.

Después había quedado con Telepolvo. Es un buen amigo, pero últimamente está algo extraño: en las dos últimas semanas me ha invitado a pasar el finde en Mallorca y a una Ópera que me encanta en el Real.
Llamadme desconfiada, pero a mi me dio que pensar... y no me equivoqué. No llevábamos ni 10 minutos tomando una caña cuando me espetó:

- ¿Y qué? ¿tienes novio ahora?

Uuuuuuuy.... ya empezamos

- Si
- Mentirosa, ¡que te conozco! tú no sales con nadie
- ¿Y para qué preguntas?
- Porque yo tampoco tengo novia y últimamente pienso mucho en que nos podría ir muy bien.

Flipo.

- No
- ¿Cómo no?
- No. No nos podría ir nada bien.
- Pues lo pasábamos muy bien juntos
- ¿Y? también ahora
- Ya... pero podría ser mejor ser novios
- Que no
- ¿Por qué no?

¡¡Ufff! ¡qué agotador!

- Porque no me apetece
- ¿Por qué?
- ¿Pero se necesitan motivos para no salir con alguien?

Aquí es donde empiezo a perder la paciencia. Adoro a Telepolvo, me parece divertido, listo y entrañable... pero tiene 28 años y me desquicia.
El resto de la conversación fue del estilo e insufriblemente larga. Cuando me pareció que ya había dado suficientes excusas rocambolescas le dije que tenía que irme.
- ¿Cenas? - me dice
- ¿Cómo si ceno? ¿quieres saber si lo hago habitualmente? Si
- Pues te invito a cenar
- Noooooo
- ¿Por qué no?


¡Aaaaaaay! Telepolvo parecía haber sufrido una regresión a los 3 años y yo me sentía como su madre atendiendo con estoicismo su fase del por qué.
Cuando conseguí deshacerme de él, después del inevitable “momento cobra” en el portal, veo que tengo una llamada perdida de un conocido al que no veo desde hace años.
Me alegro mucho de saber de él y lo llamo.
Hablamos del trabajo, de cómo está la profesión y esas cosas y, de pronto...

- Oye ¿y tienes novio?

¡Uuuf!

- No
- ¿Sabes que he pensado mucho en ti últimamente?


¡Oh Dios! ¡Otra vez noooo!

- ¡Ah! ¿tienes pesadillas? -le digo
- No precisamente. Querría saber por qué siempre me has dado calabazas.
- Porque tienes cien años más que yo y a mi me gustan los chicos indecentemente jóvenes
- Humor, humor, evasión por medio del humor.
- ¡Uy qué mala!
- Ya ves. Como un demonio.
- Oye... ¿sabes en qué he estado pensando?
- A ver, sorpréndeme - a estas alturas del día ¿qué más me podía pasar?
- Que sería genial que nos fuésemos juntos a vivir a Cabo Verde. Es un sitio ideal.


Hago desde aquí un llamamiento a los sabios más sabios del universo ¿qué se le responde a un colega profesional al que hace por lo menos 4 años que no ves y te llama por teléfono para proponerte que te vayas con él a vivir a una isla africana?
Así, a las bravas. Por teléfono. Sin poder arrearle con nada en la cabeza. Sin verle la cara para saber si tiene espirales en los ojos girando a toda pastilla como los locos de los dibujos animados.
Yo es que debo de ser muy rara, pero a veces pienso que la gente se cree que las relaciones son como la sección de oportunidades del Corte Inglés, y se afanan por revolver entre los zapatos desechados rezando para encontrar un par no demasiado estropeado.
Nunca me han gustado esas cajas. No soy muy de pelearme con las viejas por un par de zapatos. No lo haría ni por el último Manolo Blahnik del universo a sólo 30€... vamos, me encantaría encontrar unos Manolos a 30€, pero es que yo soy desconfiada y seguro que pensaría que, o es falso, o tiene una tara de las gordas.

lunes, 19 de abril de 2010

Atrapa a un ladrón (y pégale una patada voladora)

Pesa sobre mi una orden de alejamiento. No sé de cuántos metros porque la autoridad competente, uséase Gran Torino, no ha tenido a bien notificármelo. La duración del castigo es de varios días, pero tampoco se sabe con exactitud cuántos.
La sanción nos permite ir juntos al cine, que no está mal, pero ni un cochino beso ni un mísero abrazo.
Peor que un perrillo. Sólo le falta comprarse una correa de esas regulables y llevarme así por la calle.
La cuestión es que el sábado ya empezó mal la cosa. Aprovechando que el domingo él no tenía uno de sus habituales partidos, habíamos quedado en hacer algo... algo impreciso que suponía comer juntos después del baloncesto y hacer una excursioncilla.
Pues el sábado por la noche, antes de cenar, Gran Torino me comunica que se había olvidado de que, justo el domingo (uséase, unas horas después, sin dejarme a mi mucho margen de maniobra) ya había quedado para comer... era un compromiso previo, así que ni duda cabe de que la comida que sacrificaba de su apretada agenda era la mía.
A mi con estas cosas se me pone cara de limón y no lo puedo remediar.
Y si yo pongo cara de limón, él de vinagre... y ya tenemos el aliño listo para la tercera guerra mundial.
Cenamos sushi, una tempura de verduras, y una botellita de A Coroa, precedida de una copita “pre”.
Importante lo del menú, para que cada uno haga sus cálculos.
Esto de enfadarse es un poco rollo, porque a mi me cuesta bastante trabajo estar mucho rato de malhumor, y prefiero hacer las paces rapidito y seguir siendo felíz, que me gusta más... así que la cena fue relajada y nos fuimos a tomar algo. Entiéndase por algo 2 copazos.
Aquí también lo pasamos bien, pero al día siguiente madrugábamos y Gran Torino quiso irse. Nos fuimos.
De camino a casa a Gran Torino se le ocurre entrar en un bar a tomar “la última”. Y entramos.
Nótese que soy obediente y a pesar de que debería estar un poco chinchada porque me había chafado los planes domingueros me estaba portando superbien. Esto es importante para mi defensa, creo yo.
El bar en cuestión era un antro de pi-jipis. Reconozco que no es un lugar de mi predilección, y que la gente con poca querencia por la ducha y el aseo personal me pone un poco de los nervios... pero entré y pedimos una copa felices de la vida.
En estos bares no son frecuentes los guardarropas, y éste no es una excepción, así que dejé mi trench sobre una especie de baúl que estaba a menos de un metro de donde nos encontrábamos y pedimos.
Tres segundos después (tres segundos, lo juro por Dior) eché un vistazo al baúl para asegurarme de que mi trench seguía allí... Y no estaba.
No es la primera vez que me roban una cazadora por la noche. No es la primera vez y lo odio. Odio perder la prenda, odio tener que irme a casa desabrigada, odio la cara de tonta que se te queda... odio que la gente sea tan mezquina.
Me puse triste y de mal humor. Gran Torino me sugirió que buscase en el baño por si alguien lo había cogido por error (nada), sobre las barandillas (nada), en el perchero de la entrada (...nada).
Me enfadé más, mucho. En concreto me puse como una hydra a la que le cortan una de sus cabezas. Te vuelven a crecer, pero duele.
Le dije a Gran Torino que me iba, porque me parecía absurdo quedarnos tomando la copa allí tranquilamente como si nada...
Gran Torino espera de mi que sea como la tía abuela de un amigo mío que cuando su cuñado le dio la noticia de que los altos hornos de Vizcaya se habían hundido, y que como consecuencia ella estaba arruinada, ella le dijo por toda respuesta:

- Dinero fácil, fácil se va ¿más té, querido?


Yo no. Yo soy más de melodrama y tragedia griega, así que me fui de allí llorando a lágrima viva por las injusticias del mundo y la mala fe de quien se apropia de los trenchs ajenos.
De pronto, me doy cuenta de que estoy sola y ni si quiera sé muy bien dónde. Llamo a Gran Torino y no me coge el móvil. Lloro más y sigo andando. Estoy perdida en mi propia ciudad, sólo llevo una chaqueta finita y tengo frío. Frío y rabia.
Me suena el móvil y es Gran Torino. Enfadado (encima) porque dice que no me ha oído decir que me iba y está esperándome en el dichoso bar.
Discutimos y lloro más. Mucho. Me paro en la calle y lloro y me enfado. De pronto Cary Grant, que por lo visto salía de trabajar a esas horas, aparece ante mi. Me mira. Mira mis ojos hinchados y mi rimell corrido y me dice:

- ¡Tienes un aspecto lamentable! ¿qué haces aquí?

Yo lloro más y le explico (Gran Torino sigue al teléfono) que unos jipis malvados me han robado mi trench de french connection. Quiero mucho ese trench y me parece mal que los jipis asquerosos me roben la ropa.
Cary Grant mira con preocupación a unos perroflautas que están justo allí, con sus perros, sus rastas, sus medias de colores y sus flautas, porque yo lloro mucho y le digo algo de darle una patada voladora a alguien (espero que Cary Grant me explique esta parte de mi discurso porque, la verdad, no la recuerdo).
Cary Grant habla con Gran Torino para averiguar dónde está el Mordor de los jipis y llevarme allí.
Gran Torino, que no tiene paciencia, ni consideración, ni le importa un pito mi trench negro que me costó un riñón y parte del hígado me ha colgado el móvil, así que yo estoy aún más enfadada.
Cary Grant me deposita en la misma boca del Monte del Destino y se va a dormir mientras yo le monto al Gran Torino una granja de pollos en un pispás.
Estoy enfadada con todos los jipis del mundo, estoy enfadada con el Gran Torino por haberme dejado vagando sola por la ciudad, enfadada con los dueños de los antros sin guardarropa...
Gran Torino junta las cejas mucho e hincha las aletas de la nariz y se va a su casa. Yo, sin dejar de llorar, voy detrás como el perrillo de los jipis.
Él, que echa humo y a estas alturas de la película ya ni me dirige la palabra, se va a la cama mientras yo me quedo sentada en el sillón llorando como si el fin del mundo conocido se aproximase.
El rimmell y las lágrimas combinan de pena. De tanto llorar los ojos me escuecen como si me hubieran arrancado los párpados y echado sal. Además, llorar cansa mucho. A mi me agota, francamente... así que me fui a la cama y desperté a Gran Torino para informarle de que ya estaba más tranquila.
Al día siguiente nos levantamos para ir al partido y le pido a Gran Torino que me lleve a mi casa a coger un abrigo. Gran Torino no hace zumo. Gran Torino desayuna un plátano en plan rencoroso.
Enciendo el móvil y veo un mensaje de un número que no conozco diciéndome que mi querido trench ha aparecido.
Gran Torino había dejado mi número en el bar por si aparecía. Lo peor es que yo, más chula que un ocho, le dije:
- ¡Aparecer! ¡ja! ¡¡sería la primera vez en mi vida que me roban una cazadora y aparece!!... ¡fíjate lo que te digo! si aparece el trench te invito a cenar al restaurante que quieras...

Gran Torino es un exquisito. Ya puedo ir ahorrando.
Espero que para entonces ya me vuelva a querer, porque de lo contrario va a ser una cena muy aburrida.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Cada loco con su tema

No he sido bendecida con ningún tipo de fe y encima tengo unos padres progres y raros. Eso hace que me haya quedado sin vestido de primera comunión a los 9 años (muestra de una crueldad inhumana por parte de mis íntegros progenitores) y también que lo de la Semana Santa me resulte particularmente extravagante.
A mi lo de vestir a unos muñequitos de madera con encajes y terciopelos a tutiplén y pasearlos por las calles entre la multitud llorosa se me antoja peculiar.
Yo estoy a favor de que cada uno haga lo que le parezca mientras no moleste a nadie, así que salvo por el hecho de que se corta el tráfico, encuentro bien que si a mi abuela y a sus amigas mojigatillas les mola ver a la Nancy Niña del Exorcista entre velas y flores de paseíllo por ahí, que lo hagan. 

Princesita P y Prima Pijipi lloran de emoción cuando van a manifestaciones, y yo cuando veo Dos en la Carretera por millonésima vez, así que ¿Por qué no van a tener derecho ellas a moquear desconsoladas cuando ven los muñecos con los pinchos clavados en la frente y sus churretones de sangre de pega? (para ser honestos no sé si lloran de emoción o de terror).
Ahora sí, me pregunto si Iznogud me permitiría interrumpir la circulación de ASV si cojo mi colección de Barbies, las atavío para la ocasión y junto a un montón de amigos para que disfruten de mi performance. Seguro que me pone un trogollón de pegas.
Encima, si a mis amigos les diese por disfrazarse de Ku Kux Klan, fustigarse con latiguillos y andar descalzos (¡con el frío que hace!)... me apuesto algo a que alguien tendría muchas cosas que decirnos. 

Por no hablar de las reliquias... si a mi se me diera por profanar la tumba de Gabrielle Chanel y guardarme los huesecillos de su mano debajo de la almohada para que me diesen suerte y me protegiesen, seguro que después de pasar por el calabozo iba derechita al manicomio ¿no? 
Pues esto yo lo veo un  poco injusto.

A mi lo de los santos siempre me ha dado un poco de nosequé. Cuando era pequeña y acompañaba a mis abus a misa siempre les preguntaba por aquellos muñecos que daban tanto miedito.
- No son muñecos, nena, son imágenes
- ¿Y por qué los muñecos de imágenes tienen cara de malos y vienen de la guerra?
- No vienen de la guerra, ¡qué cosas tienes!
- ¿Y por qué sangran tanto entonces?
- Porque sufren por Nuestro Señor
- ¿Pero Nuestro Señor no era bueno?
- Claro que es bueno
- ¿Entonces por qué hace sufrir a los muñecos de imágenes?
... aquí mi abuela perdía un poco la paciencia y me recordaba que en misa hay que estar calladitos.

Un día fui a la librería del pueblo en el que veraneamos. Yo sólo iba a por unos rotuladores de colores, pero me llevé un susto morrocotudo.
Encima del mostrador me encontré una virgen en paños menores. Bueno, en realidad me encontré un taco de madera con una cabeza con pelo humano y cara agonizante.
En torno a ella, la librera y una amiga contemplando con pesar la ropa interior en miniatura y cuajada de puntillas de la santita en cuestión:
- Pobrecita, ¡mira cómo tenía la combinación! ¡hasta manchas de humedad le han salido!
Y la librera que le daba la razón
- Desde luego, no hay derecho.
- ¡Claro! ¡en esa iglesia tan fría la pobre!

Yo pensaba que la pobre bastante preocupación tenía que tener con aquello de no ser más que un muñón de madera con cabeza terrorífica, pero como mi abuela me había dicho que estaba feo meterse en las conversaciones de los mayores contemplé en silencio cómo aquellas señoras jugaban a las muñecas mientras yo esperaba a que alguien tuviese a bien atenderme. Tentadita estuve de ofrecerles un vestido de noche de mi Barbie Gran Gala, que el manto de terciopelo granate era un horror y seguro que pesaba un quintal... pero, claro, la pobre virgen estaba mastectomizada y no le iba a favorecer.

martes, 30 de marzo de 2010

Por si no soy inmortal

Esta mañana un maldito camión obeso casi me espachurra dentro del Transformer.
Me llevé un susto de la muerte, nunca mejor dicho. El señor camionero me pedía una especie de disculpas gesticulando como un psicótico y yo, con la sangre circulando a toda pastilla, lo veía ahí arriba moviendo los brazos, enmarcado por el cristal de la cabina como si fuera el recuadrito que ponen durante las retransmisiones de los debates sobre el estado de la nación para que vivan dentro los intérpretes del lenguaje de signos... pero no me hacía gracia.
El corazón me iba a cien por hora y el cuerpo me temblaba por la rabia y el miedillo, y sólo tenía ganas de trepar hasta la cabina y darle con el bolso en la cabeza hasta que se me pasara la impresión.
En esos momentos me arrepentía seriamente de haber abandonado las clases de kárate a las que mi padre me obligaba a ir cuando era pequeña... ¡ojalá hubiese estado más atenta para poder pegarle una patada voladora al camionero loco!
Cuando salí del “por los pelines” lugar del siniestro, pensé en la rabia que me hubiera dado fallecer de esa forma.
Yo tengo mucho miedo a morirme, porque como me lo paso bastante bien en esta vida, y no estoy muy fija de que vaya a tener otra, me parece que mejor aprovecho la que tengo. No me acabo de ver yo de copazos subida en una nube... y lo del infierno tampoco me parece un buen plan, aunque seguro que me encuentro allí con mucha gente conocida.
Yo confío en que algún sabio de gafas encuentre alguna fórmula para la vida eterna, y espero que sea prontito, pero, por si acaso, yo ya tengo pensado cómo quiero mi final, y desde luego, no es sangrando atravesada por los hierros de un camión, que me va a quedar el cadáver hecho una lástima.
Mi abuela no me deja que hable de esto, que dice que es una barbaridad... pero a mi me parece que es mejor ser previsora que luego una no sabe qué va a pasar, y no me apetecería tener que bajarme de mi nube para darle una colleja al que se le ocurra enterrarme en uno de esos nichos adosados en plan pisos de protección oficial. De ningún modo, que seguro que ahí se está estrecho y los vecinos no deben de oler a Guerlain precisamente.
Primero veamos cómo prefiero morirme.
Nada de marchitarme conectada a unos aparatos. Nunca me han gustado ni robocop ni los hospitales, así que, por favor, si alguien me aprecia y alguna vez me ve en ese trance, le pido que me de con un palo en la cabeza o, en su defecto, un porrillo de pastillas como Carmina Ordóñez. Casi mejor.
Eso va también por si me hago muy viejecita y me babo y esas cosas. No me importa desvariar, pero no quiero tener nada que ver con pérdidas de ningún tipo de fluido corporal. Lo dicho: palo o pastillazo.
Tampoco quiero aparecer en una cuneta, como me advierte siempre Wonderboy. En ese caso le daría un disgusto horrible a mi abuela y, además, seguro que al Difunto también se le hace un poco cuesta arriba mandar a cubrir la noticia y luego ver en su periódico la foto de mi maltrecho cadáver.
Yo lo que preferiría, si se puede escoger, es pillarme una tuberculosis de las gordas y languidecer vestida con un camisón de encaje en un apartamento de Paris. Si, como la Dama de las Camelias. Esto lo tengo claro yo desde los 9 años, que leí el libro por un error de Viejo Pachanga, y entendí las cosas regular pero quedé muy impresionada por tanto aplomo y dramatismo. Para que esto salga bien es imprescindible que el Difunto llore mucho y se quede muy afligido por no haber aprovechado mejor el tiempo conmigo. Esto es fundamental, sino mi muerte habrá sido en vano.

De mi funeral ya he hablado con mucha gente, tanta que hasta los monos del Amazonas saben que detesto los claveles y odio las coronas... me vale desde una simple rosa, a un porrillo de flores silvestres, para que luego digan que soy tiquismiquis.

También sabe todo el mundo que quiero que con mis cenizas hagan un brillante, que eso de dejar las cenizas en una urna hortera sobre la chimenea de Villapollo tampoco me parece de buen tono. Japileidi ya se ha pedido quedarse con el pedrusco, pero eso tendrá que debatirlo con mi madre que no se muestra muy favorable a que mis restos queden en manos de alguien que no es de la familia.

martes, 23 de marzo de 2010

Descapotada

Yo soy una de esas personillas humanas que cuando se suben a un coche en verano, mientras los demás chillan “pon el climaaaa y bajad las ventanilllas, me asoooo”... me esponjo de gustillo. Mucho rato no, que si no transpiro, y eso no.
Habitualmente paso más frío que un pobre mono del Amazonas al que su desaprensivo jefe ha destinado a Alaska.
Vamos, que soy rara y friolera y eso lo sabe todo el mundo. Entonces ¿Cómo se me ocurre comprar un descapotable?
Creo que soy algo coquetuela e insensata.
Lo que no entiendo es que entre los docemilquinientostreintaycinco argumentos que tuve que escuchar pacientemente para que no me comprase el transformer a nadie se le ocurriese darme el definitivo, el único al que (quizás) hubiese atendido:
Vas a pasar más frío que un mono.
Así es. Empieza la primaverilla y estoy toda contenta porque puedo darle a un botón y despelotar el coche (Nota: ya he aprendido a mi manera, dándole a lo loco a todo lo que encuentro y viendo qué pasa... como las ratas de laboratorio)... así hasta me apetece más ir al algodonal.
Saco el coche del garaje (también he aprendido esto después del rascazo del tercer día) y lo descapoto plena de satisfacción canturreando como una posesa “Noches reversibles” de Love of Lesbian. Gafas de sol y los rayos brillando sobre el capó reluciente. Perfecto. Allá vamos.
Arranco despacito porque yo conduzco así, hace buen día... y hay atasco, que es otra buena razón. Canto y soy bastante feliz bajo el sol de la primavera incipiente. Miro a los otros esclavitos que también van a sus algodonales y van ceñifruncidos... yo no. Es primavera y canto bajo el sol.
Atravieso la rotonda y puedo pisar el acelerador. Mola. Subo la música y canto más alto.
De pronto me doy cuenta de que tengo que subir mucho la música porque hay un ruido infernal: el viento (culebras, rayos y centellas)
Jo.
Un escalofrío me estremece ¡maldición! Sólo llevo una camisa. Mierda, mierda. Tengo el abrigo en los asientos de atrás. Intento cazarlo con una mano y un coche me pita porque, al parecer, estoy invadiendo un poco todos los carriles.
¡Qué desconsiderados! ¿No ven que estoy pelándome de frío?

Desisto de ponerme el abrigo en marcha y decido subir la temperatura del clima. 29 grados. Buena idea.
El sistema funciona... salvo por el pequeño detalle de que tengo la nuca como para fabricar helados.
Llego a la ofi con la nariz como una berenjena y un estilismo similar al de Alaska en los 80.
Tengo que perfeccionar el sistema o comprarme unos calentadores y unas mallas.

lunes, 22 de marzo de 2010

En la salud y en la enfermedad

Pasar la mañana del domingo con la cabeza dentro del váter es lo peor que le puede pasar a un ser humano. Más, si uno tiene ya casi 35 años y una larga trayectoria nocturna a sus espaldas, porque, además de encontrarte terriblemente mal y desear que venga la muerte piadosa y se te lleve... tienes remordimientos por no haber aprendido algo de la vida.

Fueron sólo 3 bacardilimonconcola, lo juro por Dior, pero es que habíamos ido a cenar al restaurante de unos amigos de Gran Torino y nos invitaron a unos dulces que a mi me pierden.

Me lo pasé bomba, eso está claro... pero me desperté poseída por la niña del Exorcista. Horas antes, Gran Torino se había cogido un taxi porque también estaba pachucho y él también prefiere pasar los trances dolorosos recogido en su cueva y sin testigos... así que quedamos en llamarnos por la mañana para hacer algo.

Yo que habitualmente soy un ser humano preocupado por sus semejantes (aunque sean como Gran Torino y no se semejen nada a una)... en vez de llamarlo a los 5 minutos para ver si había llegado bien e iba a vivir, o qué... me quedé dormida como un tronco en plan “perdonen que no me levante” y sólo me acordé de él y de si seguiría con vida en mi alocada carrera en camisón hacia el cuarto de baño.

Voy a saltarme la escena de las baldosas frías, que no es nada decorosa... y paso directamente a cuando vuelvo a la cama agonizante y veo que tengo un mensaje de Gran Torino que se encuentra despierto y tan divino. Cojo el móvil e intento incorporarme pero todo me da vueltas como un tiovivo poseído por el demonio.
Con una voz de cazallera tipo Pilar Bardem llamo a Gran Torino, que está fresco como una lechuga. Descartado lo de comer nada, le pido que me de un margen y quedamos a las tres.

Duermo un rato y me levanto haciendo eses para darme una ducha. Error. El agua caliente que habitualmente es bálsamo para mis heridas me provoca un bajón de tensión que me obliga a envolverme rápidamente en el albornoz y, así tal cual, tumbarme de nuevo en la cama.
Sólo pienso en que me he salvado por los pelos de una muerte deshonrosa.
Llamo a Gran Torino, le explico que me encuentro discapacitada para coger el coche, y que si puede venir él.
- No- me dice- mejor descansas
Yo pienso que bromea e insisto
- No voy a ir ahí si estás mal, a ver si me vas a pegar un virus
- ¿Pero qué virus? ¡Me duele la barriga por culpa de los vinos dulces que tomé ayer!
- Nada, nada... Duermes un rato y así descansas
- Y dale... Que no quiero dormir más, pero no puedo coger el coche ¿no puedes venir tú y hacemos algo tranquilo como ver una peli?
- Que no, que tengo cosas que hacer
- ¿Cómo cosas que hacer? ¡pero si hablamos hace un rato e íbamos a quedar!
- Pero si estás mal no quedo contigo
- ¿Por qué no?
- Por si vomitas
- ¡Pero bueno! ¿estás de broma?
- No
- ¿y si tuvieses que cuidarme?
- No tengo que cuidarte, no te pasa nada
- Pues ven
- Que no

No creáis que cambió de opinión. Sólo quedamos un ratito por la noche cuando yo ya me encontraba definitivamente mejor y había pasado la prueba de la comida sin que el estómago se me pusiera del revés.
Definitivamente, los detalles no son su fuerte.

jueves, 18 de marzo de 2010

El Detalle

Gran Torino no es una persona detallista, eso está claro. Alguien que se olvida de tu cumpleaños justo el día después de volver de un viaje juntos no es que esté muy atento a las cosas... sobre todo si te has pasado los 10 días recibiendo llamadas internacionales que te preguntan los detalles de la celebración.
No, detallista no es.
Si decide ir a ver un espectáculo, nunca se le ocurre que tú puedas querer ir... se busca la vida y punto.
Cuando planifica el fin de semana tampoco piensa demasiado en que los demás podamos tener nuestras cosas... él a su aire.
Tampoco es de hacer regalos, ni de llamarte sólo para ver cómo estás.

Un día me dice:
- ¡Oye! He comprado unos ravioli rellenos de chocolate que tienen una pinta exquisita. De hecho, creo que los voy a preparar ahora mismo, que ya es hora de comer y tengo hambre.
(Nota aclaratoria: Gran Torino siempre tiene hambre)
- ¡Qué apetecible!
- Sí, la verdad es que sí- añade- ¿Tú los has probado?
- No - confieso esperanzada
- Bueno... ¡Pues ya te contaré cómo están!

Así. Lo juro

Bueno, pues como para toda norma siempre ha de haber una excepción, he de reconocer que Gran Torino tiene UN detalle. Sólo uno, pero me encanta.
Gran Torino hace zumo natural por las mañanas.
Se levanta, exprime las naranjas y me lo trae en unos vasos enormes en los que podría nadar unos largos. Hasta ahí, todo bien.
Yo más felíz que un cuco porque me gusta el zumo, y porque ha tenido un detalle.
El problema es que la criatura es maniática:
- Bébetelo ahora - me dice cuando me entrega el “caldero”
- Gracias - le sonrío encantada enseñándole todos mis dientecillos y le doy un sorbo.
- Todo -insiste - es que si no se pierden las vitaminas.
- Ya... pero es que me iba a duchar. De hecho, si te fijas, estoy en el cuarto de baño con un vaso de zumo ¿no se te hace raro?
Pues te lo bebes de un tirón - Errequeerrre
- ¡¡Pero si es enorme!! - replico- además, a mi me gusta bebérmelo con calma, si no parece como si tomara una medicina.
- Es que si no te lo bebes ahora, se oxida y pierde las vitaminas - ¡Dale con las vitaminas!

Yo también soy terca como una mula y me niego a beberme medio litro de zumo (por muy natural, recién exprimido y supervitaminado que sea) de un tirón mientras él me contempla como un padre orgulloso... así que Gran Torino ha encontrado la fórmula para salirse él también con la suya: No me prepara el zumo hasta que me he duchado y estoy sentadita y dispuesta a disfrutar de El Detalle con todas sus vitaminas.

lunes, 1 de marzo de 2010

Acoso al intimidad

Estar enferma es una calamidad. Además de que te encuentras horrible, tu vida se vuelve una serie de catastróficas desdichas.
Lo que más odio es ir al médico y lo evito como la peste. Reconozco, sin sonrojarme ni un poquito, que me automedico a dolor. Carmina Ordóñez estaría orgullosa de mis talentos.
La cuestión es que a veces no me queda más remedio que ir, así que me he buscado un doctor honoris causa en paciencia para esos casos límite.
Cada vez que voy, tengo que asumir que me va a llevar un buen rato... y no porque me haga esperar, que me pasa de primera. El problema es que habla muchísimo, tanto como Protocolo, si es que eso es posible. Yo creo que debería de haberse hecho predicador, en vez de médico... pero ahora ya no hay remedio.
El otro día tuve que ir a hacerle una visita. Me encontraba bastante pachucha, con un bajón de glamour terrible y una fiebre considerable.
Me senté en el confidente como pude, y lo miré con cara de perrito pachón. Él estaba contento de verme por allí, a pesar de lo lamentable de mi estado. Los médicos son una raza cruel.
Después de los oportunos saludos, recuerdos a mi familia y otras preguntas que le habría podido responder por e-mail perfectamente en vez de estar allí agonizando me dice:
- Bueno ¿qué te pasa?
- Me encuentro mal ¿no me ves?- respondí blandiendo un puñado de kleenex usados que llevaba en el bolsillo.
Él, que vive en un estado beatífico, salvo cuando le sacan el tema de la Seguridad Social (que se transforma en plan Jekyll & Hyde), encuentra muy graciosa mi intolerancia a la enfermedad.
- ¿Tienes fiebre?
- Si
- ¿Cuánta fiebre?
- 39 casi
- ¿Y mocos?
Saco otra vez los pañuelos del bolsillo y se los agito por toda respuesta
- Vale, vale... ¿de qué color?
¡Uyy! ¡ya empezamos con las preguntas indiscretas!
- Rosa
- En serio, es importante ¿de qué color?
Aquí comencé a impacientarme.
- Pues un suave amarillo canario con vetas en tonos melón.
- Bien ¿y expectoraciones?
- ¡Uuuuuyyy!
- Tengo que hacerte estas preguntas, ya lo sabes
- ¿Y por qué la hija de Belén Esteban tiene derecho a la intimidad y yo no?
- Seguro que ella también tiene que responder a las preguntas que le hace su médico
- Seguro que no, que le ponen un borrón delante para que no se la reconozca ¿no podríais hacer eso aquí?
- No, necesito verte la cara, ya lo hemos hablado
- Pues me pongo detrás del biombo ése, enchufamos una lámpara y te respondo a las preguntas en contraluz, como los clientes misteriosos de las pelis de detectives.
- Noooo
- ¿Y no puedes enchufarme a una máquina que te diga lo que tengo? con los coches lo hacen. Avanza más la ingeniería del automóvil que la medicina. Esto es una injusticia social.

Mi médico me conoce. Son muchos años peleando. Entornó los ojos de forma amenazadora y se inclinó hacia adelante.
- Puedo pedirte una endoscopia, si lo prefieres
- ¡Ni hablar! Eso de ninguna manera. Además, mi estómago está perfectamente.
- Pues responde a mis preguntas.

Y no me quedó otra. Lo dicho. Los médicos son raza cruel y cotilla.

martes, 23 de febrero de 2010

Protocolo olvida el ídem

A mi me gustaría encontrarle un novio a Protocolo. Si mi madre pudiera leer esto seguro que me daba con un palo en la cabeza hasta que decidiese buscarme uno para mi misma, pero a mi eso de los novios no se me da bien. De verdad que no me sale.

Soy una buena amiga, se hacer punto de festón, puedo poner los párpados del revés y a veces hago tiramisú... pero lo de ser novia de alguien no se cuenta entre mis talentos. Es como lo de conducir: lo hago si no me queda más remedio y de bastante mala gana.

Una vez tuve uno que me duró bastante. Demasiado, pienso yo, porque en vez de ser como esos chicles que de tanto masticarlos no recuerdas ni de qué eran... El mío al final sabía raro.

Decidí centrarme en los caramelos y escupirlos rapidito.


Me acuerdo que una vez, cuando era pequeña y feliz, mi madre me compró un montón de gominolas para una excursión. Me encantaban unos corazones de fresa y melocotón y comí muchos, quizás demasiados.

Yo no tengo nada en contra del transporte público, pero yo en el autobús me mareo como un mono en una lavadora. Me pone el glamour bajo y se me va la vida. Lo peor es que ya de pequeña era igual de repelente e individualista. Es de nacimiento.

Total, que el atracón de corazones de gominola acabó sobre la moqueta del vehículo infernal. Es cierto que en general desapruebo las moquetas, y más si son de motivos florales como era el caso, pero juro que no lo hice a propósito.

La histeria infantil alcanzó cotas de delirio. La profesora me bajó del autobús y me hizo pasear para que me “diera el aire”, pero yo tiritaba como un mono del Amazonas al que le arrancan el pellejo y lo obligan a subir al Himalaya.

No guardo muy gratos recuerdos de aquella excursión, vaya, y lo peor de todo es que nunca más pude comer las gominolas de corazón, ni acercarme a nada que oliese parecido, ni comer yogur de melocotón o refrescos supuestamente tropicales...

Creo que con los novios me pasa igual. Con un empacho he tenido suficiente.


Protocolo, en cambio, tiene madera de novia. A mi me lo parece, y cuando me sobreviene una idea es necesario un comando de operaciones especiales para desalojarla de mi cerebro.

El sábado teníamos un plan. Esto es un secreto y si Protocolo se entera me fulminará con su mirada de loca peligrosa, que ya la he visto el propio sábado y da miedito.

Tito tiene un amigo que a mi me cae bien (requisito imprescindible para enmarañar a alguien con una amiga mía), me parece muy buena persona, y creo que pegan bastante. Además, ya hace meses que lo dejó con su novia eterna, y Tito y yo pensamos que ya está preparado para embarcarse en otra aventura.

Intentar este collage inmediatamente después de la ruptura habría sido un error, pero Tito y yo somos tozudos pero pacientes.

El plan era tan simple como aparentemente eficaz: Tito queda con el Kinder, nos los encontramos en el Garoa y surge el amor. Así de sencillo.

A mi, al menos, si me intentan convencer de las bondades de alguien se me disparan las alarmas de inmediato, así que me ahorré eso de “Tito tiene un amigo que es perfecto para ti” y sólo me puse más pesada que una vaca en brazos para que Protocolo se pusiese un vestido, en vez de los vaqueros con jersey que tenía en mente para combatir el frío. El confort y la seducción son como el bien y el mal: dos fuerzas opuestas que nunca podrán reunirse.

La cosa marchaba según lo previsto: Tito y yo nos pasamos la noche presuntamente enfrascados en una interesantísima conversación privada que obligaba a nuestras víctimas a relacionarse entre ellos. Cerramos un bar y después otro... y tras la última discoteca Tito me confirmó que el Kinder estaba predispuesto a entrar a matar, así que fuimos todos a desayunar para darles más margen. Yo ya me veía teniendo que fumar un puro para poder decir aquello de “me encanta que los planes salgan bien”.

El local estaba a tope de macarras comiendo pizzas, niñatos beodos y chonis con ese deplorable aspecto de pintaputa que te da el rimmel corrido. Conté 4 tangas fucsia, 5 de encaje negro, 3 de motivos infantiles y hasta una de leopardo. A este paso creo que podría escribir una tesis sobre las rajas del culo en la post-adolescencia. Conseguimos hacernos con una mesa y pedimos nuestros menús preventivos de resaca. El camarero obviamente no había estudiado alta hostelería en Lausanne, pero nos arrojó la comida sobre la mesa con bastante rapidez. La conversación fluía, y a las 7h de la mañana hace bastante hambre, así que todo se estaba desarrollando según lo previsto. De pronto, el tímido Kinder se lanza:

- Yo vivo muy cerca de aquí, así que podríamos ir a dormir a mi casa.

Yo miré preocupada a Protocolo, que pensé que se me ahogaba con la hamburguesa.

- ¿Qué me dices? - le insistía él

La pobre Protocolo masticaba a la velocidad de la luz, entre atragantada y confusa.

Nos miraba y masticaba, que ella está bien educada y lo de no hablar con la boca llena era más fuerte que la presión por salir del atolladero.

Protocolo, al fin, tragó el bocado:

- Yo también vivo muy cerca - contestó para eludir la cuestión.


Tito y yo miramos al Kinder:

-Te estoy ofreciendo sexo- apuntilló él- aunque si quieres también tengo más camas, podéis venir todos.


Tito y yo miramos a Protocolo:

- No, gracias

- Yo es que ya vengo follada de casa - añadí yo para suavizar la tensión del ambiente.


Tito se moría de risa y parecía que la cosa había acabado ahí cuando:

-Reitero mi ofrecimiento de sexo

- No

-¿Por qué no?

- Porque no

- Pues sólo dormir

- Noooo

Los ojos azules de Protocolo iban volviéndose más intensos cada vez que él insistía. Yo la miraba y juraría que ya estaban fosforitos. Tito intervino:

- Bueno... él no ha estado muy acertado...

- Más bien torpe- añadí yo

- ...Pero lo que quiere decir... - siguió Tito

- Es que estoy enamorado- intervino Kinder.


Todos le miramos

-¿Qué? - contestó él a nuestras miradas de “cállate, cállate”- ¿no ibais a decir que me había equivocado en las formas? Pues es verdad, es que hace 8 años que no le entro a una tía y he perdido la práctica. Estoy completamente fascinado y quiero hacer el amor contigo -añadió mirándola.


No hay ni que decir que la cosa no acabó como habíamos planeado, y que por primera vez en mi vida logré ver a Protocolo enfurecida y siendo bastante borde, la verdad.

A mi me da bastante pena, porque, aunque Kinder haya metido la pata, en realidad yo creo que es todo un error de forma, pero no de concepto. Espero que la Administración Protocolo le de una prórroga para subsanarlo.

viernes, 19 de febrero de 2010

La rebelión de los óvulos (¡malditos!)

Discutir con Gran Torino es una tarea vana. Si discutir en sí mismo ya es agotador... hacerlo con él es como correr un maratón con tacones... una tontería muy cansada y dolorosa.


Tengo con Gran Torino una no-relación llena de misterios. Es complicado porque cuando uno no tiene una relación ¿puede dejarla?

A mi nunca me gustaron las matemáticas, porque cuando yo nací ya había calculadoras...y todo lo demás que intentaron enseñarme me parece como lo del maratón y los tacones.

El Viejo Pachanga es un ser humano muy de ciencias que opina seriamente que los de letras somos cortos. Muy cortos. Casi borderline. Como él no quería ser padre de una discapacitada sin diagnosticar, y el aborto hasta los 18 años del feto todavía no está en consideración, me puso como condición para hacer letras que estudiase matemáticas hasta COU, uséase, el fin de los siglos.

Lo hice, no porque sea una hija obediente, sino porque no me quedaba más remedio, que es una buena razón para que yo haga las cosas.

La verdad es que no atendía mucho en clase... pero si algo recuerdo de todo lo que nos decía el señor de las gafas con la ensaimada en la cabeza, es que dos signos negativos se convierten en positivo.

Es decir, que si NO sales con alguien... y un buen día decides que No quieres seguir la (No) relación... ¿qué significa eso?... ¿que empiezas a salir? ¿que no-no sales más?...¿que entras?

Yo no lo sé... y es muy difícil intentar descifrar esos increíbles misterios de la humanidad mientras Gran Torino está comiendo conguitos a tu lado en la cama.

Hay que reconocer que me encuentro en esos terribles días del SPM en los que hasta la cosa más nimia se convierte en una tragedia épica... pero eso es un secreto... y cuando una llora con tanto desconsuelo está incapacitada para discernir si tiene un motivo objetivo o está en uno de esos crudos días de tanta injusticia social.


Pero si es complicado discutir con alguien que está “crunchi, crunchi... ¡pues qué buenos están estos conguitos! ¿quieres unos pocos?”... bastante peor es concluir la disputa al día siguiente.

Al día siguiente te levantas con los ojos como huevos duros, y mientras te das una ducha piensas en todas las cosas que has dicho la noche anterior... y te das cuenta de que tampoco era para tanto.

Yo es que no tengo alma de culebrón, así que no me apetece nada seguir la pelea. Lo que me apetece es ir a despertarlo y decirle:

- Oye, que lo de ayer ya se me pasó ¡hala! ¡que tengas un buen día.


E irme al algodonal ya más contenta y relajada.

El problema es que ya voy conociendo un poco al Gran Torino... y si le digo eso empezará una terrible discusión con posibilidades de acabar en guerra mundial (y puede que interplanetaria).

Si le digo eso, en vez de alegrarse de que me encuentre mejor y apiadarse por las dificultades que entraña ser mujer cuando los ovarios se amotinan en tu interior y toman el control de tu cerebro, arqueará las cejas de un modo que da mucho miedo porque anuncia la inminencia de la tormenta perfecta.

Si le digo eso, abrirá las aletas de la nariz como si fuesen las orejas de un elefante, me dirá que lo quiero volver loco y se enfadará por haberlo tenido hasta las cuatro de la madrugada discutiendo y haber montado una tragedia griega en tres actos, con mocos en los intermedios.

Así que, como no quiero ver el interior del cerebro de Gran Torino a través de los agujeros de su nariz, me marcho a trabajar muy compungida y paso el día dándole tantas vueltas a la cabeza que podría licuar una caja de naranjas.

No es bueno que yo piense muchos pensamientos en estos días de SPM, porque me ofusco y empecino.

Lo único bueno que tiene que Gran Torino sea tan irritantemente desconsiderado como para comerse una bolsa de conguitos mientras una le abre su alma como un melón, llorando a moco tendido, es que así no atiende mucho y después no suele acordarse de las cosas que le dije... así que no vendrá cuatro años después con eso tan desquiciante de: “pues tú aquel día dijiste”.

... Así que hemos vuelto a quedar para hablar sobre si dejar esta (no) relación... o no.

Creo que compraré un montón de conguitos para que esté entretenido.


jueves, 11 de febrero de 2010

¡Ay, por Dior! ¡qué disgusto!

Dior te guarde, Alexander

lleno estabas de talento,

que Versace sea contigo.

Bendito tú fuiste entre todos los de Saint Martin

y bendito el fruto de tu creatividad, Mc Queen.

Gabrielle Chanel, madre del estilo y de la ruptura con lo establecido

ruega por nosotras,

las compradoras,

ahora y en la hora del cocktail,

Amén

miércoles, 10 de febrero de 2010

La increíble carrera de Jefe Wiggum

Tengo un alcalde que es un auténtico imbécil y eso no tiene mucho remedio. Como dice el padre de Mafalda: hay manicomios, pero los tonticomios harían mucha más falta.

Al principio me caía bien, porque es sonriente y se parece bastante a León, el hermano de Olvido, pero no me ha quedado más remedio que ponerlo en mi lista negra junto a mi profesor de matemáticas de primero de BUP, que es un villano de los de raza.

Sin embargo, hoy me he reído tanto gracias a uno de sus desastres habituales que aún tengo agujetas en la barriga, así que cuando me lo encuentre quemándose en el infierno ayudaré a los superdemonios a darle la vuelta en el pincho, para que se tueste bien por todos los lados.

Cuando yo era pequeña en la guardería nos daban unos libros muy chulos que se llamaban Colasín en los que aprendíamos a pegar gomets, a diferenciar el árbol grande del pequeño, a recortar con punzón (bueno, esto último le servía a algunos para iniciar su carrera delictiva clavándolo en la mano del compi de pupitre)... vamos, cosas útiles para la vida de una persona humana de 4 años.

Los colasines también traían unas fichas en las que había un pollito que tenía que ir a su casita, y la cosa consistía en dibujarle con los plastidecores un caminillo para llegar. Yo hice muchos de esos, sacaba la lengua para concentrarme mejor y les dibujaba unos caminos por los que hoy podría cobrarles peaje.

Iznogud no hizo ningún tipo de estudios. No le hacía falta porque él no quería trabajar ni nada, sólo ser alcalde. Por lo que se ve, tampoco fue a mi guarde, porque no se aprendió bien eso de que los pollitos necesitan poder volver a casa.

Él hace carreteras estrechas (hasta el punto de tener que reformarlas recién acabadas porque el día de la inauguración los autobuses se cargaban el recién estrenado mobiliario por falta de espacio para girar), y corta todas las calles que puede, porque él va en coche oficial y con eso puede llegar a todas partes, que para eso es califa.

Como tengo que comprar zapatos, he cogido la costumbre de ir a trabajar a diario. Debemos de ser muchos a los que nos gustan las Pretty Ballerinas porque, curiosamente, a algunas horas coincidimos un montón de esclavitos camino del algodonal. Justo a una de esas horas dos camiones de los gordos deciden entrar en la ciudad llevando dos columnas más grandes que las piernas de Jabba the Hut.

Como sólo hay un carril, al gusto de Iznogud, y los camiones están entraditos en toneladas, tienen que cortar la carretera para que no nos aplasten como a miserables caracoles, así que allí estaba un señor policía que al parecer se había alimentado de lo mismo que los camiones.

El hombre estaba estresado: entre los esclavitos que llegábamos tarde al algodonal y le pitábamos un poco, los camiones obesos que no cabían por ningún lado, y que el pantalón aquel debía de estar cortándole la circulación sanguínea... yo le miraba y para mi que el pelo se le iba encrespando y cada vez se parecía más a la Duquesa de Alba.

El pobre Jefe Wiggum había dejado el coche encima de la acera, porque Iznogud no quiere que le estropeemos la imagen de ASV con los coches, así que ha eliminado todas las plazas de aparcamiento.

Wiggum sudaba mientras con una mano le indicaba al camión que avanzase y con la otra intentaba levantarse el pantalón. Hizo bien, porque yo llevaba tanto rato viendo aquella hendidura que estuve tentada de meterle unas monedas para ver si así me dejaba pasar.

El camión llegó a la altura del coche del Jefe Wiggum, y como la carretera es más estrecha que la ropa de la Obregón, no había modo de que pasase... así que el pobre policía se echó a correr sudando a chorros para mover el dichoso coche.

En esto, de entre los pliegues de grasa bamboleantes veo caer una cosa negra.

Yo en general soy educada y amable... además me estaba aburriendo terriblemente, así que salí del transformer para darle a Wiggum lo que se le había caído del bolsillo.

- ¡Oiga! ¡disculpe!- le grito mientras corro por la carretera tiqui-tiqui-tiqui... (soy increíblemente veloz con los tacones)... - ¡Se le ha caído una cosa!

Wiggum se gira justo cuando estoy ya en medio de la carretera a punto de agacharme para recoger lo que se le había caído.

Como a cámara lenta lo oigo:

-¡Noooooo!

Pero yo ya estaba doblando las rodillas y alargando la mano...

-¡No toques esooooo!


De pronto, me fijo ¡¡una pistola!!

La cosa aquella era una pistola genial para coger a los malos. Además negra, que va con todo.

Sólo iba a cogerla un momentito para devolvérsela, lo juro, pero la imagen de Wiggum galopando hacia mí como un elefante asustado me paralizó. Más que nada por miedo a que me aplastara en su alocada carrera.

Wiggum se paró en seco, y al intentar adelantárseme para coger la pistola se cayó de bruces sobre las rodillas.

Yo no sé qué extraño mecanismo entra en funcionamiento en estos casos, pero, aunque me dio mucha pena postrado delante de mi, todo descamisado y, a buen seguro con las rodillas hechas trizas... yo me eché a reír. Me eché a reír y no podía parar.

Wiggum me miraba con tal mezcla de odio y vergüenza que creí que me iba a llevar detenida, pero sólo se levantó y guardó el arma que había provocado todo aquel jaleo.

-Regrese al vehículo, señorita - me dijo resentido mientras se limpiaba el uniforme y se frotaba las doloridas manos.

En la carrera había perdido la gorra de plato esa tan genial, que estaba tirada en medio de la carretera. Pensé en ir a recogérsela, pero me pareció que el pobre podría psicopatizarse más:

- Se le ha caído la gorra allí- le indiqué.

Wiggum me miró mal. Muy mal. Yo lo decía por ayudar, pero lo cierto es que no podía dejar de reírme y quizás me haya malinterpretado.

-¡Vuelva al coche! - me gritó poniéndose colorado.

-Voy, voy - me di la vuelta para regresar al transformer intententado contener las carcajadas... pero no podía. Ni yo ni los de los coches que estaban en aquel atasco fenomenal.

Pobre Jefe Wiggum. Si supiese cómo se llama le mandaría a la comisaría chocolate para que se le pase pronto el disgustillo.