miércoles, 10 de febrero de 2010

La increíble carrera de Jefe Wiggum

Tengo un alcalde que es un auténtico imbécil y eso no tiene mucho remedio. Como dice el padre de Mafalda: hay manicomios, pero los tonticomios harían mucha más falta.

Al principio me caía bien, porque es sonriente y se parece bastante a León, el hermano de Olvido, pero no me ha quedado más remedio que ponerlo en mi lista negra junto a mi profesor de matemáticas de primero de BUP, que es un villano de los de raza.

Sin embargo, hoy me he reído tanto gracias a uno de sus desastres habituales que aún tengo agujetas en la barriga, así que cuando me lo encuentre quemándose en el infierno ayudaré a los superdemonios a darle la vuelta en el pincho, para que se tueste bien por todos los lados.

Cuando yo era pequeña en la guardería nos daban unos libros muy chulos que se llamaban Colasín en los que aprendíamos a pegar gomets, a diferenciar el árbol grande del pequeño, a recortar con punzón (bueno, esto último le servía a algunos para iniciar su carrera delictiva clavándolo en la mano del compi de pupitre)... vamos, cosas útiles para la vida de una persona humana de 4 años.

Los colasines también traían unas fichas en las que había un pollito que tenía que ir a su casita, y la cosa consistía en dibujarle con los plastidecores un caminillo para llegar. Yo hice muchos de esos, sacaba la lengua para concentrarme mejor y les dibujaba unos caminos por los que hoy podría cobrarles peaje.

Iznogud no hizo ningún tipo de estudios. No le hacía falta porque él no quería trabajar ni nada, sólo ser alcalde. Por lo que se ve, tampoco fue a mi guarde, porque no se aprendió bien eso de que los pollitos necesitan poder volver a casa.

Él hace carreteras estrechas (hasta el punto de tener que reformarlas recién acabadas porque el día de la inauguración los autobuses se cargaban el recién estrenado mobiliario por falta de espacio para girar), y corta todas las calles que puede, porque él va en coche oficial y con eso puede llegar a todas partes, que para eso es califa.

Como tengo que comprar zapatos, he cogido la costumbre de ir a trabajar a diario. Debemos de ser muchos a los que nos gustan las Pretty Ballerinas porque, curiosamente, a algunas horas coincidimos un montón de esclavitos camino del algodonal. Justo a una de esas horas dos camiones de los gordos deciden entrar en la ciudad llevando dos columnas más grandes que las piernas de Jabba the Hut.

Como sólo hay un carril, al gusto de Iznogud, y los camiones están entraditos en toneladas, tienen que cortar la carretera para que no nos aplasten como a miserables caracoles, así que allí estaba un señor policía que al parecer se había alimentado de lo mismo que los camiones.

El hombre estaba estresado: entre los esclavitos que llegábamos tarde al algodonal y le pitábamos un poco, los camiones obesos que no cabían por ningún lado, y que el pantalón aquel debía de estar cortándole la circulación sanguínea... yo le miraba y para mi que el pelo se le iba encrespando y cada vez se parecía más a la Duquesa de Alba.

El pobre Jefe Wiggum había dejado el coche encima de la acera, porque Iznogud no quiere que le estropeemos la imagen de ASV con los coches, así que ha eliminado todas las plazas de aparcamiento.

Wiggum sudaba mientras con una mano le indicaba al camión que avanzase y con la otra intentaba levantarse el pantalón. Hizo bien, porque yo llevaba tanto rato viendo aquella hendidura que estuve tentada de meterle unas monedas para ver si así me dejaba pasar.

El camión llegó a la altura del coche del Jefe Wiggum, y como la carretera es más estrecha que la ropa de la Obregón, no había modo de que pasase... así que el pobre policía se echó a correr sudando a chorros para mover el dichoso coche.

En esto, de entre los pliegues de grasa bamboleantes veo caer una cosa negra.

Yo en general soy educada y amable... además me estaba aburriendo terriblemente, así que salí del transformer para darle a Wiggum lo que se le había caído del bolsillo.

- ¡Oiga! ¡disculpe!- le grito mientras corro por la carretera tiqui-tiqui-tiqui... (soy increíblemente veloz con los tacones)... - ¡Se le ha caído una cosa!

Wiggum se gira justo cuando estoy ya en medio de la carretera a punto de agacharme para recoger lo que se le había caído.

Como a cámara lenta lo oigo:

-¡Noooooo!

Pero yo ya estaba doblando las rodillas y alargando la mano...

-¡No toques esooooo!


De pronto, me fijo ¡¡una pistola!!

La cosa aquella era una pistola genial para coger a los malos. Además negra, que va con todo.

Sólo iba a cogerla un momentito para devolvérsela, lo juro, pero la imagen de Wiggum galopando hacia mí como un elefante asustado me paralizó. Más que nada por miedo a que me aplastara en su alocada carrera.

Wiggum se paró en seco, y al intentar adelantárseme para coger la pistola se cayó de bruces sobre las rodillas.

Yo no sé qué extraño mecanismo entra en funcionamiento en estos casos, pero, aunque me dio mucha pena postrado delante de mi, todo descamisado y, a buen seguro con las rodillas hechas trizas... yo me eché a reír. Me eché a reír y no podía parar.

Wiggum me miraba con tal mezcla de odio y vergüenza que creí que me iba a llevar detenida, pero sólo se levantó y guardó el arma que había provocado todo aquel jaleo.

-Regrese al vehículo, señorita - me dijo resentido mientras se limpiaba el uniforme y se frotaba las doloridas manos.

En la carrera había perdido la gorra de plato esa tan genial, que estaba tirada en medio de la carretera. Pensé en ir a recogérsela, pero me pareció que el pobre podría psicopatizarse más:

- Se le ha caído la gorra allí- le indiqué.

Wiggum me miró mal. Muy mal. Yo lo decía por ayudar, pero lo cierto es que no podía dejar de reírme y quizás me haya malinterpretado.

-¡Vuelva al coche! - me gritó poniéndose colorado.

-Voy, voy - me di la vuelta para regresar al transformer intententado contener las carcajadas... pero no podía. Ni yo ni los de los coches que estaban en aquel atasco fenomenal.

Pobre Jefe Wiggum. Si supiese cómo se llama le mandaría a la comisaría chocolate para que se le pase pronto el disgustillo.

4 comentarios:

  1. No te creo, tía, esta te la has inventado...(jajajajajajajajaja)

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  2. ¡Ay! ¡mujer de poca fe!... con Iznogud todo es posible

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  3. Yo diría que con la Lunática todo es posible

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