Creo que el mejor de todos los superpoderes es poder parar el tiempo. Yo de eso tempo poco, y necesitaría mucho... y seguro que aún me vendría mejor un poco más.
Tengo una capacidad infinita para llenar mis horas, y sólo me aburro viendo fútbol, por eso no lo veo.
No tengo que ir a trabajar en unos días y lo estoy disfrutando como un mono del Amazonas al que hayan dejado por descuido en un almacén de plátanos. Vamos, que me he sentado en mi montaña de horas como el tío Gilito y estoy rebozándome en mi tiempo libre muertecita de placer. Tanto, que hasta me he levantado a las 8h para tener más, un poco en modo avariciosa de las horas.
Tenía uno de esos planes que a mi me gustan: sencillo y eficaz. Quedar con la gente para la que no tengo tiempo habitualmente... y hacía tiempo que no veía a Mulan.
Quedamos a las 8h para tomar un café y hemos acabado tomando unos copazos a golpe de lunes. Como sólo íbamos a tomar café... y no a cenar... me he venido haciendo unas eses como las vacas del anuncio de "ahora yogourt, ahora postres".
De camino a mi hogar me di cuenta de que, a pesar de mi montón de tiempo libre, no había hecho la compra... así que tuve que parar en Opencor a coger algo para desayunar. Leche... o algo.
Hacer la compra en el Opencor con Bacardilimonconcola en sangre creo que no es la típica cosa que recomiendan en la asociación de consumidores. Cuando me di cuenta, en vez del brick de leche que necesitaba, me vi haciendo equilibrios por la calle con un montón de pesadas (incluída una bolsa de naranjas de 5 kilos) que me parecía a mi que estaban de oferta.
Al llegar a mi portal me vi reflejada en el cristal, con los ojos chispeantes y tratando de encontrar las llaves en lo más profundo de mi bolso... porque yo no tendré superpoderes... pero mi bolso por las noches se transforma en el de Mary Poppins y tiene el fondo más profundo que los océanos más oscuros.
Me vi cargada de bolsas repletas de cosas tan útiles para la vida como una caja de gallegas de HelloKitty y un montón de gomas del pelo de colorines... y me hice la pregunta del millón:
¿Cuándo tomar unas copas entre semana deja de ser mogollón de molón para empezar a ser lastimoso en plan Masiel?...
Confío en que me manden una carta certificada a casa o algo para avisarme.
lunes, 14 de marzo de 2011
martes, 22 de febrero de 2011
La abusadora
Tengo debilidad por la gente mayor. No sé si es por mis abus, que son la cosa más mona que hay bajo las estrellas, pero los viejecillos me parecen, en general, unas pasas adorables.
Ésta fue una de esas mañanas de correcorrequetepillo, saltando de una cosa a otra como los monos en las ramas.
José Castro presentaba su colección para El Corte Inglés y, como suele ocurrir en estos casos, todo el mundo parecía desearlo, así que lo que habitualmente soluciono en un par de horas, me llevó una mañana de ceño fruncido y suspirillos desesperados.
Tantas interrupciones no podían traer nada bueno, y acabamos mareados como si hubiésemos tragado suavizante en un viaje en lavadora.
Salimos prácticamente a las tres, con un hambre que ni la ex-cantante de la Oreja de Vangogh.
Cuando ya estaba yo sentadita en el coche, salivando de impaciencia como el pobre perro de Pávlov, el cámara se dio cuenta de que se había dejado la funda del trípode sobre la pasarela.
Para ahorrar tiempo, subí por el laberinto de escaleras mecánicas del Corte Inglés con un plan tan sencillo como aparentemente eficaz: recojo la funda mientras el cámara mete los focos y bártulos variopintos en el maletero, y regresamos pitando a ASV.
La primera parte fue bien, localicé a la jefa de prensa, encontré la dichosa funda... y volví hacia el garaje deprisilla como un yonki sin chandall y sin roña... Hasta que una mano arrugadilla me detuvo aferrándose a mi abrigo de pelexo.
- Oiga señorita - me increpó- ¿Trabaja usted aquí?
- No - le respondí de la forma más amable que pude mientras trataba de librarme de su manita ganchuda- lo siento.
Los enormes anillos dorados de la pasa habían enganchado con fuerza el pelo de conejo y no parecían tener intención ninguna de soltarlo.
- No importa- se sinceró mientras me agitaba delante de la cara un trapo- Dime qué pone aquí, que yo con estas gafas no veo nada.
Ya, ya, seguro que es cosa de las gafas.
A pesar de que llevaba prisa, y tenía tanta hambre que si la pasa no hubiese tenido una pinta tan rancia el mordería una pata, cerré los ojos y pensé en mi abu.
No creo que ella sea de asaltar a nadie en los comercios, pero tampoco pondría la mano en el fuego por ella cuando anda por ahí suelta, que es muy de confraternizar con todo hijo de vecino.
... Así que cedo. Cojo el trapo que inquieta a la pasa y miro la etiqueta.
- Cuesta 60 euros, está rebajado en un 30%. No está mal.
- Ya, ya... ¿pero qué talla es?
Suspiro y escudriño de nuevo la etiqueta.
- Es una M. La mediana.
La pasa me quita el trapo y se lo pone delante.
- ¿Pero será la mía?
Suspiro. La miro.
- No lo sé. Pruébesela y así,además de saber si es su talla, verá si le queda bien.
Los ojillos de la pasa se iluminan. Y sus anillotes dorados se aferran a mi brazo y empiezan a tirar de ellos hacia el probador.
- ¡Ah! ¡si! Así ya me dices si me queda bien en el vientre.
¿El vientre? ¡Puagh! ¿Se la va a comer?
- No puedo, lo siento- La pasa tiene una fuerza increíble para tener mil años y medir metro y medio justito - De verdad que tengo mucha prisa.
- Pero si tardo un minuto. - imploraron los ojillos tras los cristales de las gafas.
- Oiga, me están esperando - agobiada, trato de soltar la manita apergaminada de mi brazo, pero la pasa no cede - Pídaselo a una de las dependientas, seguro que ella sabrá mejor que yo qué talla le va bien.
- Noooo, que ellas seguro que me quieren vender algo.
¡Ohhhh! ¡qué raroooo! una dependienta que quiere venderte algo en una tienda ¡qué desfachatez! - pienso yo sin dejar de forcejear para liberarme de la mano opresora.
- ¡Pero si tú seguro que no tienes prisa! -insiste
Aquí la pasa acaba con mi paciencia ¿por qué los viejos siempre piensan que no tenemos prisa? ¡si son ellos los que están jubilados!
Agarro la mano de la mujer e intento zafarme de ese gancho más propio de un campeón de lucha libre que de una contemporánea de Tutankamon.
-¿Algún problema?
Levanto la vista en dirección a la voz y mis ojos se topan con la mirada reprobadora del segurata del Corte Inglés.
¡Maldita pasa! Creo que el segurata no me ha creído y aún seguirá pensando que estaba abusando a de una vieja para robarle una camiseta de rebajas.
Ésta fue una de esas mañanas de correcorrequetepillo, saltando de una cosa a otra como los monos en las ramas.
José Castro presentaba su colección para El Corte Inglés y, como suele ocurrir en estos casos, todo el mundo parecía desearlo, así que lo que habitualmente soluciono en un par de horas, me llevó una mañana de ceño fruncido y suspirillos desesperados.
Tantas interrupciones no podían traer nada bueno, y acabamos mareados como si hubiésemos tragado suavizante en un viaje en lavadora.
Salimos prácticamente a las tres, con un hambre que ni la ex-cantante de la Oreja de Vangogh.
Cuando ya estaba yo sentadita en el coche, salivando de impaciencia como el pobre perro de Pávlov, el cámara se dio cuenta de que se había dejado la funda del trípode sobre la pasarela.
Para ahorrar tiempo, subí por el laberinto de escaleras mecánicas del Corte Inglés con un plan tan sencillo como aparentemente eficaz: recojo la funda mientras el cámara mete los focos y bártulos variopintos en el maletero, y regresamos pitando a ASV.
La primera parte fue bien, localicé a la jefa de prensa, encontré la dichosa funda... y volví hacia el garaje deprisilla como un yonki sin chandall y sin roña... Hasta que una mano arrugadilla me detuvo aferrándose a mi abrigo de pelexo.
- Oiga señorita - me increpó- ¿Trabaja usted aquí?
- No - le respondí de la forma más amable que pude mientras trataba de librarme de su manita ganchuda- lo siento.
Los enormes anillos dorados de la pasa habían enganchado con fuerza el pelo de conejo y no parecían tener intención ninguna de soltarlo.
- No importa- se sinceró mientras me agitaba delante de la cara un trapo- Dime qué pone aquí, que yo con estas gafas no veo nada.
Ya, ya, seguro que es cosa de las gafas.
A pesar de que llevaba prisa, y tenía tanta hambre que si la pasa no hubiese tenido una pinta tan rancia el mordería una pata, cerré los ojos y pensé en mi abu.
No creo que ella sea de asaltar a nadie en los comercios, pero tampoco pondría la mano en el fuego por ella cuando anda por ahí suelta, que es muy de confraternizar con todo hijo de vecino.
... Así que cedo. Cojo el trapo que inquieta a la pasa y miro la etiqueta.
- Cuesta 60 euros, está rebajado en un 30%. No está mal.
- Ya, ya... ¿pero qué talla es?
Suspiro y escudriño de nuevo la etiqueta.
- Es una M. La mediana.
La pasa me quita el trapo y se lo pone delante.
- ¿Pero será la mía?
Suspiro. La miro.
- No lo sé. Pruébesela y así,además de saber si es su talla, verá si le queda bien.
Los ojillos de la pasa se iluminan. Y sus anillotes dorados se aferran a mi brazo y empiezan a tirar de ellos hacia el probador.
- ¡Ah! ¡si! Así ya me dices si me queda bien en el vientre.
¿El vientre? ¡Puagh! ¿Se la va a comer?
- No puedo, lo siento- La pasa tiene una fuerza increíble para tener mil años y medir metro y medio justito - De verdad que tengo mucha prisa.
- Pero si tardo un minuto. - imploraron los ojillos tras los cristales de las gafas.
- Oiga, me están esperando - agobiada, trato de soltar la manita apergaminada de mi brazo, pero la pasa no cede - Pídaselo a una de las dependientas, seguro que ella sabrá mejor que yo qué talla le va bien.
- Noooo, que ellas seguro que me quieren vender algo.
¡Ohhhh! ¡qué raroooo! una dependienta que quiere venderte algo en una tienda ¡qué desfachatez! - pienso yo sin dejar de forcejear para liberarme de la mano opresora.
- ¡Pero si tú seguro que no tienes prisa! -insiste
Aquí la pasa acaba con mi paciencia ¿por qué los viejos siempre piensan que no tenemos prisa? ¡si son ellos los que están jubilados!
Agarro la mano de la mujer e intento zafarme de ese gancho más propio de un campeón de lucha libre que de una contemporánea de Tutankamon.
-¿Algún problema?
Levanto la vista en dirección a la voz y mis ojos se topan con la mirada reprobadora del segurata del Corte Inglés.
¡Maldita pasa! Creo que el segurata no me ha creído y aún seguirá pensando que estaba abusando a de una vieja para robarle una camiseta de rebajas.
lunes, 21 de febrero de 2011
La tonta de la sala de espera
El día que repartieron la paciencia, yo había faltado a clase.
Hoy tenía cita con la foniatra. El trato con los señores de las batas blancas no es mi fuerte. Lo saben hasta los monos del Amazonas que no tienen tele ni nada.
Confío en que Eme no lea esto, porque es mi mejor amiga aunque tenga el defecto de ser médico (¡nadie es perfecto!). Yo opino que los señores de las batas blancas son seres crueles por naturaleza. Algunos gustan de andar con bisturíes, otros te hurgan en los bajos fondos y, encima, te piden que te relajes... y otros disfrazan su naturaleza sádica con especialidades aparentemente inocentes.
He de reconocer que yo ya voy a las consultas esas un poco reticente. Es como si una oveja pidiese cita para que el lobo se la merendase y, encima, le pagase una minuta ¿cómo no va a entrar con desconfianza en la cueva por
muchos muebles de diseño que tenga en la sala de espera?
Pues allí me metieron, en una sala de espera diminuta sin ventilación, ni luz natural ni nada que no fuese un bonito color en las paredes y demasiada gente abrigada para ese espacio tan reducido.
Si he de reconocer otra cosa, es que soy muy de ducha diaria. Muy.
Es una manía que me metieron en mi casa de pequeña. Cosas de familia, debe de ser, pero así lo aprendí yo, y por eso soy tan sensible a los humanos que no comparten esos mismos hábitos.
Tampoco me gusta rozarme con desconocidos (bueno, con muchos conocidos tampoco), así que el hecho de estar en la sala de espera de Pin y Pon me obliga a mantener una extraña postura muy tiesa para que no se me refrote ningún ser humano que no haya sido previamente presentado.
Es muy cansado mantener una pose hierática durante 30 minutos. Más, si el espacio huele como una guarida de leones. Nunca he estado en una, pero sí fui al circo algunas veces y recuerdo perfectamente el olor de las jaulas con los pobres primos de Simba venidos a menos allí recluídos.
Aguantar la respiración todo ese rato me deja agotadilla y se me va recalentando el cerebro.
Mi cerebro recaliente piensa muchos pensamientos, y ninguno pasa por considerar que, ya que llevo allí media hora, y han tardado 3 semanas de darme cita, puedo quedarme otro ratito de mi precioso tiempo.
Lo que piensa mi cerebro recaliente es que si nos llegan a hacer esperar el mismo tiempo en la Seguridad Social montaríamos unos pollos como para hacer de las granjas avícolas la primera industria del país.
Pienso que si esa señora de la bata blanca me va a cobrar por su tiempo, también he de hacerlo yo por el mío para ser justos. Así que si me quedo más rato allí tiesecita y conteniendo la respiración aún voy a tener que pedirle daños y perjuícios, por lo que es mejor que me vaya.
HT me ha llamado impaciente y me ha preguntado si me han dado otra cita. Por un momento he dudado sobre si me habré precipitado al salir de aquella clínica como sólo Vivienne Leigh podría haber hecho.
Por un momento me he imaginado a mí misma repitiendo los estiramientos musculares y las apneas cada semana... y creo que no.
Creo que la señora de la bata blanca ha superado con creces los 5 minutos de cortesía, y ella no ha tenido ni el detalle de disculparse por hacerme perder mi valioso tiempo.
Aún estoy planteándome mandarle mi minuta.
Hoy tenía cita con la foniatra. El trato con los señores de las batas blancas no es mi fuerte. Lo saben hasta los monos del Amazonas que no tienen tele ni nada.
Confío en que Eme no lea esto, porque es mi mejor amiga aunque tenga el defecto de ser médico (¡nadie es perfecto!). Yo opino que los señores de las batas blancas son seres crueles por naturaleza. Algunos gustan de andar con bisturíes, otros te hurgan en los bajos fondos y, encima, te piden que te relajes... y otros disfrazan su naturaleza sádica con especialidades aparentemente inocentes.
He de reconocer que yo ya voy a las consultas esas un poco reticente. Es como si una oveja pidiese cita para que el lobo se la merendase y, encima, le pagase una minuta ¿cómo no va a entrar con desconfianza en la cueva por
muchos muebles de diseño que tenga en la sala de espera?
Pues allí me metieron, en una sala de espera diminuta sin ventilación, ni luz natural ni nada que no fuese un bonito color en las paredes y demasiada gente abrigada para ese espacio tan reducido.
Si he de reconocer otra cosa, es que soy muy de ducha diaria. Muy.
Es una manía que me metieron en mi casa de pequeña. Cosas de familia, debe de ser, pero así lo aprendí yo, y por eso soy tan sensible a los humanos que no comparten esos mismos hábitos.
Tampoco me gusta rozarme con desconocidos (bueno, con muchos conocidos tampoco), así que el hecho de estar en la sala de espera de Pin y Pon me obliga a mantener una extraña postura muy tiesa para que no se me refrote ningún ser humano que no haya sido previamente presentado.
Es muy cansado mantener una pose hierática durante 30 minutos. Más, si el espacio huele como una guarida de leones. Nunca he estado en una, pero sí fui al circo algunas veces y recuerdo perfectamente el olor de las jaulas con los pobres primos de Simba venidos a menos allí recluídos.
Aguantar la respiración todo ese rato me deja agotadilla y se me va recalentando el cerebro.
Mi cerebro recaliente piensa muchos pensamientos, y ninguno pasa por considerar que, ya que llevo allí media hora, y han tardado 3 semanas de darme cita, puedo quedarme otro ratito de mi precioso tiempo.
Lo que piensa mi cerebro recaliente es que si nos llegan a hacer esperar el mismo tiempo en la Seguridad Social montaríamos unos pollos como para hacer de las granjas avícolas la primera industria del país.
Pienso que si esa señora de la bata blanca me va a cobrar por su tiempo, también he de hacerlo yo por el mío para ser justos. Así que si me quedo más rato allí tiesecita y conteniendo la respiración aún voy a tener que pedirle daños y perjuícios, por lo que es mejor que me vaya.
HT me ha llamado impaciente y me ha preguntado si me han dado otra cita. Por un momento he dudado sobre si me habré precipitado al salir de aquella clínica como sólo Vivienne Leigh podría haber hecho.
Por un momento me he imaginado a mí misma repitiendo los estiramientos musculares y las apneas cada semana... y creo que no.
Creo que la señora de la bata blanca ha superado con creces los 5 minutos de cortesía, y ella no ha tenido ni el detalle de disculparse por hacerme perder mi valioso tiempo.
Aún estoy planteándome mandarle mi minuta.
miércoles, 16 de febrero de 2011
La demoledora realidad
Estoy más triste que si se me hubiese muerto Jauma Sanllorente en los brazos sin poder hacer nada por remediarlo.
Me he quedado sin objetivos en la vida. Como una vaca sin cencerro, que diría Chus Lampreave.
Hasta los monos del Amazonas saben que lo que me hace más ilusión en el mundo es acabar viviendo en mi lo que fue mi guardería. Una preciosa casa de dos plantas, con un mini-jardín en pleno centro de Aldea Sin Vacas.
Mis amigos me han visto perder la dignidad humana agarrada a su verja como un perrillo de esos a los que atan frente a las puertas de un supermercado mientras el dueño hace las compras.
Supongo que hay casas más bonitas, pero por su recia escalera de madera merecería en la pena entregar el hígado. La escalera en la que Hermanilla hacía sus huelgas hasta que consiguió que la "ascendieran" a la clase de 3 años conmigo.
Aún la recuerdo entrando triunfal, con la cara roja como un tomate después de haber montado un zipitostedenotemeneees para que la dejasen subir los escalones castaños.
Sonriente, y aún con los restos de los lagrimones en los mofletes, vino a sentarse a mi lado y se puso a colorear como si no hubiese ganado una de sus primeras y muchas batallas.
Porque Hermanilla siempre se salía con la suya, que para eso era rebelde, mona... y terriblemente cabezota.
La guarde tenía un jardín de piedrecitas blancas con una casita de tejado inclinado, un tobogán, columpios y un gallinero. Había faisanes, gallinas y pavos, y todos nos entreteníamos metiendo piedrecitas entre la rejilla para "darles de comer". Yo recogía la gravilla, se la daba a Hermanilla y ella, a las gallinas... hasta que la profe se dio cuenta de que Hermanilla aplicaba eficientemente eso de "quien parte y reparte, se lleva la mejor parte" para comerse ella misma las piedrecitas destinadas a los plumíferos.
Y no fue lo único a lo que Hermanilla echó el diente. También al culo de un niño abusón que se había instalado en lo alto del tobogán y no dejaba bajar al resto. Hermanilla siempre fue muy de tomarse la justicia por su mano.
Hace años que nos hicimos demasiado mayores para aquellos pupitres diminutos, y también hace tiempo que La guarde se quedó vacía. Yo pensaba que estaba esperándome. Que aguantaría hasta que me tocase el Euromillón y pudiese comprarla para vivir allí y ser felíz para siempre con mi Gato.
Hoy he pasado por allí y la habían demolido. No han dejado ni las escaleras de piedra, ni el ventanal con el banquito, ni el recibidor donde nos dejaba Mami cada mañana.
Parece que van a hacer un "hotelito con encanto". Creo que el encanto se lo han cargado en cuanto el bulldozer atravesó la verja blanca.
Me he quedado sin objetivos en la vida. Como una vaca sin cencerro, que diría Chus Lampreave.
Hasta los monos del Amazonas saben que lo que me hace más ilusión en el mundo es acabar viviendo en mi lo que fue mi guardería. Una preciosa casa de dos plantas, con un mini-jardín en pleno centro de Aldea Sin Vacas.
Mis amigos me han visto perder la dignidad humana agarrada a su verja como un perrillo de esos a los que atan frente a las puertas de un supermercado mientras el dueño hace las compras.
Supongo que hay casas más bonitas, pero por su recia escalera de madera merecería en la pena entregar el hígado. La escalera en la que Hermanilla hacía sus huelgas hasta que consiguió que la "ascendieran" a la clase de 3 años conmigo.
Aún la recuerdo entrando triunfal, con la cara roja como un tomate después de haber montado un zipitostedenotemeneees para que la dejasen subir los escalones castaños.
Sonriente, y aún con los restos de los lagrimones en los mofletes, vino a sentarse a mi lado y se puso a colorear como si no hubiese ganado una de sus primeras y muchas batallas.
Porque Hermanilla siempre se salía con la suya, que para eso era rebelde, mona... y terriblemente cabezota.
La guarde tenía un jardín de piedrecitas blancas con una casita de tejado inclinado, un tobogán, columpios y un gallinero. Había faisanes, gallinas y pavos, y todos nos entreteníamos metiendo piedrecitas entre la rejilla para "darles de comer". Yo recogía la gravilla, se la daba a Hermanilla y ella, a las gallinas... hasta que la profe se dio cuenta de que Hermanilla aplicaba eficientemente eso de "quien parte y reparte, se lleva la mejor parte" para comerse ella misma las piedrecitas destinadas a los plumíferos.
Y no fue lo único a lo que Hermanilla echó el diente. También al culo de un niño abusón que se había instalado en lo alto del tobogán y no dejaba bajar al resto. Hermanilla siempre fue muy de tomarse la justicia por su mano.
Hace años que nos hicimos demasiado mayores para aquellos pupitres diminutos, y también hace tiempo que La guarde se quedó vacía. Yo pensaba que estaba esperándome. Que aguantaría hasta que me tocase el Euromillón y pudiese comprarla para vivir allí y ser felíz para siempre con mi Gato.
Hoy he pasado por allí y la habían demolido. No han dejado ni las escaleras de piedra, ni el ventanal con el banquito, ni el recibidor donde nos dejaba Mami cada mañana.
Parece que van a hacer un "hotelito con encanto". Creo que el encanto se lo han cargado en cuanto el bulldozer atravesó la verja blanca.
lunes, 14 de febrero de 2011
Sábado sangriento
Iba yo puntual como un relojito suízo en mis preparativos de sábado. Estaba ya vestida y arreglada frente al espejo en el momento control de calidad, cuando descubrí un pelillo milimétrico y traidor en una axila.
Era tan ridículo como los platos de un restaurante de Nouvelle Cuisine, pero hasta los monos del Amazonas son sabedores de mi neurosis... así que me apresuré a coger una maquinilla que tengo para este tipo de emergencias.
La cosa presumía sencilla.
Ya.
Cojo la maquinilla, retiro la tapa y... ¡Uich!
Una gota de sangre se precipita desde mi dedo gordo hasta mis zapatos.
Miro con disgusto la gota entrometida sobre la punta de mis Pura López...
¡Qué disgusto! era granate, lo juro... y yo que pensaba que sería azul... ¡rosa como mínimo!... y veo caer otra, y otra...
¡Horror! Le había sacado un buen filete a mi pulgar y allí había más sangre que en una peli de Tarantino.
¡Maldición! ¡Iba a morir sin haber ganado la lotería ni nada! ¡ni siquiera he escrito un libro, ni comprado un Oscar de la Renta, ni ido a Bora-Bora!
Corro por todo el pasillo con el dedo chorreante intentando pensar.
No podía morir sin haber hecho nada importante por la humanidad. Tenía que salvar mi vida.
Marco el teléfono de las emergencias gordas:
- Mamiiiii
- ¿Qué te pasa?- Oigo ruído de fondo y a mi padre preguntando quién llama. Mi madre está en un bar ¿Cómo es que mis padres salen más que yo... y ya es decir?-
- Mami. No te asustes. Me he cortado un dedo y sangro mucho. Muchísimo. Esto no para de chorrear. No quiero morir.
- No me asusto- (¿Por qué no? Tu hijita está herida de muerte
¡Finge un poco de preocupación al menos!)- Aprieta fuerte con una gasa, aplícale hielo y levanta el dedo por encima de la cabeza para que pare de sangrar. Después le pones un apósito de los finitos.
Mi madre tiene un aplomo impresionante. Yo al borde de la muerte y ella tranquilamente de vinos.
Tomo nota. Si esto deriva en un trauma de los graves que no se venga quejando.
Me voy corriendo al congelador y sigo paso a paso las instrucciones maternas. Lloro un poco de pura angustia y llamo a Alegre Kitty para advertirle que llegaré tarde.
Me quedo un buen rato con el dedo en alto y apretando contra un hielo y me alegro de vivir sola porque debo de tener una pinta un poco ridícula.
Estoy cansada de jugar a la estatua de la libertad y pruebo a poner un apósito para poder irme a cenar.
¡Maldición! ¡Más sangre!
Vuelvo a coger otro hielo y recupero la postura de alumna sabionda mirando de reojo al móvil.
Soy impaciente por naturaleza, así que cojo otro apósito, se lo pego muy apretadillo para que pare de sangrar... y me voy a cenar.
Ceno con las niñas sin quitarle el ojo de encima al dedo amortajado. Sólo por un momento descubro que la sangre baja de la uña, y vuelvo a ponerle un parche.
Con una capiroska de fresa de La Cavita, todo se ve mucho mejor. Me alegro un montón de no ir a morir.
Después del bacardilimónconcola me olvido del asunto.
Nos lo pasamos bomba con todos los espontáneos que van entrando en escena. Las niñas se van, y yo me quedo cerrando bares con Peterpan.
Al llegar a casa se me ocurre ser una buena anfitriona para variar, y pongo musiquita buena y enciendo velas.
Peterpan está encantado. Yo canturreando satisfecha.
Me descalzo y alejo de mí los zapatos.
Mi pie desnudo topa en el suelo con algo raro.
Miro abajo.
El apósito hecho un gurruño y en el suelo hay gotas de sangre.
Miro el dedo, desde el que baja un chorretón por todo el brazo.
¡Maldición! ¡Sangre en mi vestido!
... y en la camiseta de Peterpan.
Jo.
Era tan ridículo como los platos de un restaurante de Nouvelle Cuisine, pero hasta los monos del Amazonas son sabedores de mi neurosis... así que me apresuré a coger una maquinilla que tengo para este tipo de emergencias.
La cosa presumía sencilla.
Ya.
Cojo la maquinilla, retiro la tapa y... ¡Uich!
Una gota de sangre se precipita desde mi dedo gordo hasta mis zapatos.
Miro con disgusto la gota entrometida sobre la punta de mis Pura López...
¡Qué disgusto! era granate, lo juro... y yo que pensaba que sería azul... ¡rosa como mínimo!... y veo caer otra, y otra...
¡Horror! Le había sacado un buen filete a mi pulgar y allí había más sangre que en una peli de Tarantino.
¡Maldición! ¡Iba a morir sin haber ganado la lotería ni nada! ¡ni siquiera he escrito un libro, ni comprado un Oscar de la Renta, ni ido a Bora-Bora!
Corro por todo el pasillo con el dedo chorreante intentando pensar.
No podía morir sin haber hecho nada importante por la humanidad. Tenía que salvar mi vida.
Marco el teléfono de las emergencias gordas:
- Mamiiiii
- ¿Qué te pasa?- Oigo ruído de fondo y a mi padre preguntando quién llama. Mi madre está en un bar ¿Cómo es que mis padres salen más que yo... y ya es decir?-
- Mami. No te asustes. Me he cortado un dedo y sangro mucho. Muchísimo. Esto no para de chorrear. No quiero morir.
- No me asusto- (¿Por qué no? Tu hijita está herida de muerte
¡Finge un poco de preocupación al menos!)- Aprieta fuerte con una gasa, aplícale hielo y levanta el dedo por encima de la cabeza para que pare de sangrar. Después le pones un apósito de los finitos.
Mi madre tiene un aplomo impresionante. Yo al borde de la muerte y ella tranquilamente de vinos.
Tomo nota. Si esto deriva en un trauma de los graves que no se venga quejando.
Me voy corriendo al congelador y sigo paso a paso las instrucciones maternas. Lloro un poco de pura angustia y llamo a Alegre Kitty para advertirle que llegaré tarde.
Me quedo un buen rato con el dedo en alto y apretando contra un hielo y me alegro de vivir sola porque debo de tener una pinta un poco ridícula.
Estoy cansada de jugar a la estatua de la libertad y pruebo a poner un apósito para poder irme a cenar.
¡Maldición! ¡Más sangre!
Vuelvo a coger otro hielo y recupero la postura de alumna sabionda mirando de reojo al móvil.
Soy impaciente por naturaleza, así que cojo otro apósito, se lo pego muy apretadillo para que pare de sangrar... y me voy a cenar.
Ceno con las niñas sin quitarle el ojo de encima al dedo amortajado. Sólo por un momento descubro que la sangre baja de la uña, y vuelvo a ponerle un parche.
Con una capiroska de fresa de La Cavita, todo se ve mucho mejor. Me alegro un montón de no ir a morir.
Después del bacardilimónconcola me olvido del asunto.
Nos lo pasamos bomba con todos los espontáneos que van entrando en escena. Las niñas se van, y yo me quedo cerrando bares con Peterpan.
Al llegar a casa se me ocurre ser una buena anfitriona para variar, y pongo musiquita buena y enciendo velas.
Peterpan está encantado. Yo canturreando satisfecha.
Me descalzo y alejo de mí los zapatos.
Mi pie desnudo topa en el suelo con algo raro.
Miro abajo.
El apósito hecho un gurruño y en el suelo hay gotas de sangre.
Miro el dedo, desde el que baja un chorretón por todo el brazo.
¡Maldición! ¡Sangre en mi vestido!
... y en la camiseta de Peterpan.
Jo.
miércoles, 12 de enero de 2011
Un desliz
Llevo un día de esos que lo único que me falta es que me atropelle una diligencia, que creo que ya no existen.
Tras una tarde de tormenta emocional, vencí la desdicha, me lavé los ojos que se me habían puesto como huevos duros de tanto lloriquear, y quedé con las amiguillas, que son bálsamo para las heridas.
Un poco de compras, que siempre es mejor ir a comprar vestidos bonitos que atracar una pastelería, y después tocaba tomar un alguito en la vinoteca a la que vamos siempre.
Entró Lu, y la siguió Sargento Tous con paso decicido. Yo, detrás, encaramada a mis Pura López nuevecitos de rebajas, y cargadita con las bolsas de mis hallazgos.
Lluvia y zapatos nuevos de suela, mala combinación.
ziiiiip (ups, patinaje sobre suelo de tarima ¡mierda!) trato de reequilibrarme pero me resbala el otro pie
ziiiiiiiiip, plas, ¡pan! (¡mierda el espejo que acabo de comprar!) ¡pum! (ésas eran mis rótulas).
Dos guacamayas que estaban tomándose un café en la mesa contigua me ven aletear primero, y aterrizar de morros después.
- ¡Ay! El chillido de las viejas hace girarse a Sargento Tous, que me ve a cuatro patas y con las bolsas desparramadas:
-¿Qué haces?
- ¿Qué voy a hacer? Besar el suelo por donde caminas ¿A ti qué te parece?
Las guacamayas fingen preocupación (sin levantar el culo de la silla, claro)
-¿Te duelen las rodillas?
- No, el espejo -contesto hurgando en las bolsas para ver si mi espejo superbonitonuevecitodeltrinque ha sobrevivido al traspiés.
Sargento Tous parece que también reacciona:
- ¿Te has hecho daño?
¿Daño?... veamos: creo que me he torcido un tobillo, me he chafado las rodillas y he hecho un espantoso ridículo en el bar al que vamos siempre...
No sé si me duele más el golpe o el orgullo.
Podría ser peor. Podría haber sido fin de semana y con algún "ex" delante.
Siempre he tenido tendencia a la precipitación...
Tras una tarde de tormenta emocional, vencí la desdicha, me lavé los ojos que se me habían puesto como huevos duros de tanto lloriquear, y quedé con las amiguillas, que son bálsamo para las heridas.
Un poco de compras, que siempre es mejor ir a comprar vestidos bonitos que atracar una pastelería, y después tocaba tomar un alguito en la vinoteca a la que vamos siempre.
Entró Lu, y la siguió Sargento Tous con paso decicido. Yo, detrás, encaramada a mis Pura López nuevecitos de rebajas, y cargadita con las bolsas de mis hallazgos.
Lluvia y zapatos nuevos de suela, mala combinación.
ziiiiip (ups, patinaje sobre suelo de tarima ¡mierda!) trato de reequilibrarme pero me resbala el otro pie
ziiiiiiiiip, plas, ¡pan! (¡mierda el espejo que acabo de comprar!) ¡pum! (ésas eran mis rótulas).
Dos guacamayas que estaban tomándose un café en la mesa contigua me ven aletear primero, y aterrizar de morros después.
- ¡Ay! El chillido de las viejas hace girarse a Sargento Tous, que me ve a cuatro patas y con las bolsas desparramadas:
-¿Qué haces?
- ¿Qué voy a hacer? Besar el suelo por donde caminas ¿A ti qué te parece?
Las guacamayas fingen preocupación (sin levantar el culo de la silla, claro)
-¿Te duelen las rodillas?
- No, el espejo -contesto hurgando en las bolsas para ver si mi espejo superbonitonuevecitodeltrinque ha sobrevivido al traspiés.
Sargento Tous parece que también reacciona:
- ¿Te has hecho daño?
¿Daño?... veamos: creo que me he torcido un tobillo, me he chafado las rodillas y he hecho un espantoso ridículo en el bar al que vamos siempre...
No sé si me duele más el golpe o el orgullo.
Podría ser peor. Podría haber sido fin de semana y con algún "ex" delante.
Siempre he tenido tendencia a la precipitación...
martes, 30 de noviembre de 2010
Terror en el supermercado (I)
Venía apuradilla como un yonqui, pero sin chandall ni mugre, y va, y se me ocurre entrar en el súper porque se me había acabado el Nesquick, y yo, sin mi tazón de leche, no soy nadie en este mundo.
Como la sociedad de consumo es así, y los que planifican los supermercados son unos señores muy listos que llevan gafas ya desde pequeños, ya que estaba, fui llenando el carrito sin muchos quebraderos de cabeza. Cinco minutos y dos tabletas de chocolate, un bote de nocilla y unos yogures (desnatados, por supuesto) después, estaba en la cola dispuesta a pagar mis compras y venirme para casa en un volar.
Todo iba bastante bien a pesar de que, como suele suceder, me había puesto en la cola más lenta. Una cajera con carita de ratón y gafas enormes luchaba contra los códigos de barras y los botones que la intimidaban para que fuera un poco menos evidente su falta de pericia. Mientras esperaba, me entretenía viendo cómo se embarullaba con las bolsas, enrojecía cuando los clientes resoplaban y ella trataba inutilmente de remangar el enorme polar que le habían encasquetado como uniforme. Estaba yo reflexionando sobre la crueldad inhumana de quien diseña los uniformes de las pobres cajeras de supermercado (un tío feo y resentido al que ninguna mujer ha mirado jamás, por supuesto, que tanta mala baba no puede tener otra explicación), cuando oigo al ratoncillo decir:
- No sé señora, yo no sé mucho de detergentes, pero si quiere miramos en la etiqueta a ver qué pone.
Miré a su interlocutora y supe que estaba perdida: una señora con pelo-casco y perlas gigantes de mentirijillas más vieja que la mentira. Para colmo, una segunda cacatúa la agarraba "de ganchete" mientras blandía unas empanadillas a la vez que departía animadamente con el ratoncillo sobre lavados en frío.
Miré desesperada hacia las otras cajas para tratar de huir, pero sólo otra funcionaba y estaba atascada con un envío a domicilio quilométrico. La cajera lista se huele el pastel y empuña el micro para pedir auxilio:
- Señorita Maripuriiii, acuda a caja cuaaatro, por favooor.
Y la cacatua de las empanadillas de nuevo a la carga:
- Chica, ya que estás, léeme esta etiqueta, que yo aún con las gafas no veo bien.
El ratoncillo, colorado como el mismísimo fuego del infierno, cogió la caja que le tendía la cacatúa mientras miraba de reojo la cola que resoplaba como una manada de búfalos.
Oh, oh... problemas.
(tubicontinued... )
Como la sociedad de consumo es así, y los que planifican los supermercados son unos señores muy listos que llevan gafas ya desde pequeños, ya que estaba, fui llenando el carrito sin muchos quebraderos de cabeza. Cinco minutos y dos tabletas de chocolate, un bote de nocilla y unos yogures (desnatados, por supuesto) después, estaba en la cola dispuesta a pagar mis compras y venirme para casa en un volar.
Todo iba bastante bien a pesar de que, como suele suceder, me había puesto en la cola más lenta. Una cajera con carita de ratón y gafas enormes luchaba contra los códigos de barras y los botones que la intimidaban para que fuera un poco menos evidente su falta de pericia. Mientras esperaba, me entretenía viendo cómo se embarullaba con las bolsas, enrojecía cuando los clientes resoplaban y ella trataba inutilmente de remangar el enorme polar que le habían encasquetado como uniforme. Estaba yo reflexionando sobre la crueldad inhumana de quien diseña los uniformes de las pobres cajeras de supermercado (un tío feo y resentido al que ninguna mujer ha mirado jamás, por supuesto, que tanta mala baba no puede tener otra explicación), cuando oigo al ratoncillo decir:
- No sé señora, yo no sé mucho de detergentes, pero si quiere miramos en la etiqueta a ver qué pone.
Miré a su interlocutora y supe que estaba perdida: una señora con pelo-casco y perlas gigantes de mentirijillas más vieja que la mentira. Para colmo, una segunda cacatúa la agarraba "de ganchete" mientras blandía unas empanadillas a la vez que departía animadamente con el ratoncillo sobre lavados en frío.
Miré desesperada hacia las otras cajas para tratar de huir, pero sólo otra funcionaba y estaba atascada con un envío a domicilio quilométrico. La cajera lista se huele el pastel y empuña el micro para pedir auxilio:
- Señorita Maripuriiii, acuda a caja cuaaatro, por favooor.
Y la cacatua de las empanadillas de nuevo a la carga:
- Chica, ya que estás, léeme esta etiqueta, que yo aún con las gafas no veo bien.
El ratoncillo, colorado como el mismísimo fuego del infierno, cogió la caja que le tendía la cacatúa mientras miraba de reojo la cola que resoplaba como una manada de búfalos.
Oh, oh... problemas.
(tubicontinued... )
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