Ser Querido se ha quedado ciego como un topo ¡Pobrecito mío! Parece que ni con las gafas para gatos que nadie se ha tomado la molestia de inventar lo arreglaríamos.
Como el médico de felinos dice que no conviene operarle de cataratas, estoy haciéndole unos entrenamientos paralímpicos para que cuando Mami y Viejo Pachanga vuelvan de sus vacaciones vean que podemos arreglarnos por nosotros mismos perfectamente, y, así se aplaquen sus instintos asesinos, porque eso de matar a alguien de la familia, yo creo que está bastante feo. Sobre todo si ese familiar es un pequeño ser peludo que nada sabe de que se está conspirando contra su vida y al que nadie ha podido explicar que no es que se nos haya ido la luz... sino que ya puede ir jubilándose de eso de la caza, y que como no aprenda pronto a sortear la piscina me lo veo proclamándose campeón de natación gatuna.
Como por las tardes voy hasta Villapollo para enorgullecerme de sus progresos y Princesita P. es un ser humano independiente que jamás nos hace partícipe de sus intenciones coincidimos por sorpresa en el hogar paterno. Al contrario que su hermana mayor, ella disfruta con las cosas de la naturaleza obviando que la tierra mancha, que los perros te chuperretean las piernas sin pedir permiso y que el campo, digan lo que digan, huele raro.
Mientras ella regaba las plantas, yo descubrí un montón de cerezas picadas por los pájaros que habían caído al suelo.
Ya he dicho que odio a los plumíferos, y me encantan las cerezas, así que me parece particularmente injusto que los malditos bichos picoteen la fruta ajena, y me puse a recoger todas las que estaban al alcance de mi mano.
Como soy la más bajita de la familia sin contar con el gato, sólo llego a las ramas de abajo y pedí ayuda a Princesita P para capturar un montón de cerezas coloradas y reventonas que estaban muy altas.
No podíamos con la escalera, así que mi hermana pequeña sugirió que me subiese al tejado para llegar a las ramas más altas. He de confesar que me surgieron dudas respecto a la conveniencia de la expedición, pero ella me aseguró que los antenistas pululan por los tejados con total naturalidad, y yo no iba a ser menos... así que subí, me descalcé y caminé suavecito por las tejas hacia las cerezas relucientes.
Pedí a Princesita P. que se quedara abajo, por si yo rememoraba mis años de patinaje y era necesario llamar al 112 para asistir mi irresponsabilidad aguda.
Todo iba de maravilla. Alargaba el brazo, tiraba de las ramas e iba cogiendo uno a uno los deliciosos puntitos rojos... hasta que oí un feo crujido bajo mis pies.
Yo no sé si Viejo Pachanga tendrá contadas las tejas... pero dudo que tapar los trozos rotos con unas hojas del cerezo cuele durante mucho tiempo.
Menos mal que es primavera. Confío en que no llueva demasiado... al menos mientras pienso en cómo contarles que me he subido al tejado de su casa para evitar que los pájaros se comieran las cerezas.
Mostrando entradas con la etiqueta Villapollo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Villapollo. Mostrar todas las entradas
martes, 17 de mayo de 2011
miércoles, 3 de junio de 2009
Hija Prodigio llamando al Planeta Paterno
De vez en cuando, hay que portarse como la buena hija que soy, e ir a comer a Villapollo con mis padres. Tengo dos, uno de cada, y eso, hoy en día, es un bien escaso. Cumplo con mi cometido de Hija Prodigio, y, de paso, les llevo lo que les traje de Londres.Las trufas de Montezuma’s son ya un clásico en mi casa. Mi madre las recibe con los ojillos brillantes y un “Uy, uy, que esto engorda mucho y me está saliendo una barriga…” Mi madre está estupenda, no os llevéis a engaño, pero debe de ser parte de la condición femenina.A Viejo Pachanga, que le gustan los trastos antiguos, le traje uno de esos artefactos que son a la vez brújula y reloj solar. Un acierto. La caja de madera, de lo más sencilla que uno se pueda imaginar, lo fascinó al instante: “¡qué bien hacen estas cosas los ingleses!” decía todo el rato mientras intentaba abrirla.Seamos justos, no es que yo tenga manos de virtuosa del piano, pero afortunadamente no heredé de él esas zarpas.Mi padre es enorme. De pequeña yo estaba segura de quera un gigante de esos que salían en los cuentos. Por suerte –pensaba yo- nos había tocado bueno y no se comía ni a los niños ni al gato con botas.El caso es que no es precisamente mañoso, y yo ya empezaba a temer que la historia de la brújula estuviese tocando fin mientras lo veía mover las diminutas piezas con esos dedos que a veces parecen un manojo de chorizos.“¡Mira! tiene un nivel ¡qué bueno!” y un segundo después “y tres patitas para ajustar la altura ¡ah! Muy bien, muy bien” rumiaba con satisfacción. Yo ya me lo puedo imaginar los próximos días, paseando de un sitio al otro con el juguete nuevo, volviendo loca a mi madre:“Oooooliiiii” Y ella desde el otro lado de la casa “¿Qué quieres?”Y él “Ven rápido” Y ella, que ya lo conoce “Estoy ocupada ¿Es urgente?” y él, insiste “Si, si, corre”Total, que mi santa madre deja lo que está haciendo y va a buscarlo a donde quiera que esté jugando con la brújula.- “Mira, mira. Es una maravilla. Pone que son las 6”Y mi madre resignada: “¿Y????” Y él, arrebatado de ilusión “¡Pues que son las 6!!! Una maravilla ¡Menudo invento”En esos momentos, es inútil pretender hacerle ver que ya existen GPS y relojes digitales, así que mi madre se va, y Viejo Pachanga se queda meditando sobre la ilimitada capacidad del ingenio humano.Como es de esas personas que no saben estar solas, la escena se repetirá cada 20 minutos durante dos semanas… o el tiempo que tarden esas zarpas de oso polar suyas en quebrar algún mecanismo.Entonces, a buen seguro, meterá la brújula en la cajita de madera y la esconderá en alguna parte para evitar que nos enteremos de que ha vuelto a estropear los juguetes.
Etiquetas:
mami,
Montezuma´s,
viejo pachanga,
Villapollo
Suscribirse a:
Entradas (Atom)