Ser hermana mayor implica muchas responsabilidades. Hermanilla y Princesita P no lo entienden, pero es porque ellas llegaron luego y se perdieron el capítulo. Por ejemplo, ahora Princesita P y su Novio han decidido ser padres. Ellos se han quedado embarazados y yo preocupada. Es lo que tiene.
Mis padres están esponjados como pollitos con eso de ser abuelos. Viejo Pachanga se ha puesto un poco rallante con que se tienen que casar, pero la verdad es que nunca le prestamos mucha atención. Y no es que mi padre sea cristiano ni nada, que en mi casa, como dice mi abu, somos animalitos sin alma. Vamos, ateos o agnósticos, según el caso. La cuestión es que Viejo Pachanga no creerá en Dios, pero sí en los papeles, y no quiere verse de abuelo soltero o algo. Además, lo que sí somos es muy de celebrar, e imagino que le dará rabia perderse su Gran Momento Padrino, ya que como Hermanilla y yo nos hemos echado a perder, no va a tener mucha más oportunidad el pobre.
A lo que iba, que me disperso como la población rural. Yo ya he advertido a los emocionados Proyecto de Padres que no estoy preparada para ser tía. Si pudiera amarrar a Princesita P al columpio, para que dejase de crecer como una zanahoria juro que lo hacía. Pero no, ella está empeñada en hacerse mayor y matarme a disgustos.
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sábado, 8 de octubre de 2011
miércoles, 16 de febrero de 2011
La demoledora realidad
Estoy más triste que si se me hubiese muerto Jauma Sanllorente en los brazos sin poder hacer nada por remediarlo.
Me he quedado sin objetivos en la vida. Como una vaca sin cencerro, que diría Chus Lampreave.
Hasta los monos del Amazonas saben que lo que me hace más ilusión en el mundo es acabar viviendo en mi lo que fue mi guardería. Una preciosa casa de dos plantas, con un mini-jardín en pleno centro de Aldea Sin Vacas.
Mis amigos me han visto perder la dignidad humana agarrada a su verja como un perrillo de esos a los que atan frente a las puertas de un supermercado mientras el dueño hace las compras.
Supongo que hay casas más bonitas, pero por su recia escalera de madera merecería en la pena entregar el hígado. La escalera en la que Hermanilla hacía sus huelgas hasta que consiguió que la "ascendieran" a la clase de 3 años conmigo.
Aún la recuerdo entrando triunfal, con la cara roja como un tomate después de haber montado un zipitostedenotemeneees para que la dejasen subir los escalones castaños.
Sonriente, y aún con los restos de los lagrimones en los mofletes, vino a sentarse a mi lado y se puso a colorear como si no hubiese ganado una de sus primeras y muchas batallas.
Porque Hermanilla siempre se salía con la suya, que para eso era rebelde, mona... y terriblemente cabezota.
La guarde tenía un jardín de piedrecitas blancas con una casita de tejado inclinado, un tobogán, columpios y un gallinero. Había faisanes, gallinas y pavos, y todos nos entreteníamos metiendo piedrecitas entre la rejilla para "darles de comer". Yo recogía la gravilla, se la daba a Hermanilla y ella, a las gallinas... hasta que la profe se dio cuenta de que Hermanilla aplicaba eficientemente eso de "quien parte y reparte, se lleva la mejor parte" para comerse ella misma las piedrecitas destinadas a los plumíferos.
Y no fue lo único a lo que Hermanilla echó el diente. También al culo de un niño abusón que se había instalado en lo alto del tobogán y no dejaba bajar al resto. Hermanilla siempre fue muy de tomarse la justicia por su mano.
Hace años que nos hicimos demasiado mayores para aquellos pupitres diminutos, y también hace tiempo que La guarde se quedó vacía. Yo pensaba que estaba esperándome. Que aguantaría hasta que me tocase el Euromillón y pudiese comprarla para vivir allí y ser felíz para siempre con mi Gato.
Hoy he pasado por allí y la habían demolido. No han dejado ni las escaleras de piedra, ni el ventanal con el banquito, ni el recibidor donde nos dejaba Mami cada mañana.
Parece que van a hacer un "hotelito con encanto". Creo que el encanto se lo han cargado en cuanto el bulldozer atravesó la verja blanca.
Me he quedado sin objetivos en la vida. Como una vaca sin cencerro, que diría Chus Lampreave.
Hasta los monos del Amazonas saben que lo que me hace más ilusión en el mundo es acabar viviendo en mi lo que fue mi guardería. Una preciosa casa de dos plantas, con un mini-jardín en pleno centro de Aldea Sin Vacas.
Mis amigos me han visto perder la dignidad humana agarrada a su verja como un perrillo de esos a los que atan frente a las puertas de un supermercado mientras el dueño hace las compras.
Supongo que hay casas más bonitas, pero por su recia escalera de madera merecería en la pena entregar el hígado. La escalera en la que Hermanilla hacía sus huelgas hasta que consiguió que la "ascendieran" a la clase de 3 años conmigo.
Aún la recuerdo entrando triunfal, con la cara roja como un tomate después de haber montado un zipitostedenotemeneees para que la dejasen subir los escalones castaños.
Sonriente, y aún con los restos de los lagrimones en los mofletes, vino a sentarse a mi lado y se puso a colorear como si no hubiese ganado una de sus primeras y muchas batallas.
Porque Hermanilla siempre se salía con la suya, que para eso era rebelde, mona... y terriblemente cabezota.
La guarde tenía un jardín de piedrecitas blancas con una casita de tejado inclinado, un tobogán, columpios y un gallinero. Había faisanes, gallinas y pavos, y todos nos entreteníamos metiendo piedrecitas entre la rejilla para "darles de comer". Yo recogía la gravilla, se la daba a Hermanilla y ella, a las gallinas... hasta que la profe se dio cuenta de que Hermanilla aplicaba eficientemente eso de "quien parte y reparte, se lleva la mejor parte" para comerse ella misma las piedrecitas destinadas a los plumíferos.
Y no fue lo único a lo que Hermanilla echó el diente. También al culo de un niño abusón que se había instalado en lo alto del tobogán y no dejaba bajar al resto. Hermanilla siempre fue muy de tomarse la justicia por su mano.
Hace años que nos hicimos demasiado mayores para aquellos pupitres diminutos, y también hace tiempo que La guarde se quedó vacía. Yo pensaba que estaba esperándome. Que aguantaría hasta que me tocase el Euromillón y pudiese comprarla para vivir allí y ser felíz para siempre con mi Gato.
Hoy he pasado por allí y la habían demolido. No han dejado ni las escaleras de piedra, ni el ventanal con el banquito, ni el recibidor donde nos dejaba Mami cada mañana.
Parece que van a hacer un "hotelito con encanto". Creo que el encanto se lo han cargado en cuanto el bulldozer atravesó la verja blanca.
martes, 4 de mayo de 2010
La estrategia del calamar
Los Golfos Apandadores se están volviendo un poco tarumbas. Yo pensé que habíamos montado en mi trabajo el Tonticomio que siempre pide el padre de Mafalda, pero ahora estoy convencida de que es un manicomio de lo más vulgar.
¡Menuda decepción!
Yo trato de que sus planes rocambolescos y pensamientos chiflados no me afecten lo más mínimo, pero a veces navegar en el caos marea y dan ganas de vomitar.
Esos días me da por llorar bastante. Es una válvula de escape bastante buena, porque aunque el pelo se queda bastante desmejorado, y los ojos acaban como los de Massiel en un mal día, se me pasan los instintos asesinos. Me quedo tan agotada que luego duermo como una bendita, y al día siguiente ya me pasó la pena.
No me compensa estar triste mucho rato porque me consume demasiada energía y la necesito.
La naturaleza es sabia y me colocó en los ojos unos lagrimales con tendencia a la fuga y hasta diría yo que a los Tsunamis... De lo contrario seguiría mis primeros impulsos (matar y asesinar con frecuencia) y eso sería un problema.
Primero, porque yo en la cárcel es que no me veo, y a mi abuela seguro que le disgustaría eso de tener que meter la lima dentro de la empanada cuando me visite, porque echaría a perder todo el relleno de bonito y cebolla que ella prepara con tanto amor.
Segundo, y casi tan importante, porque dudo que el crimen se encuentre entre mis talentos.
Soy bastante impulsiva, así que no creo que tuviese paciencia suficiente como para planear una venganza tipo viuda negra de esas de te echo un poquito de veneno en el café hasta que mueres pensando que sólo tienes una leve indigestión.
Lo de clavar un cuchillo me da bastante grima, así que aunque me parece que apuñalar en el corazón a alguien que lo merezca sería bastante guay en teoría... después me iba a dar mucho repelús que pusiese los ojos en blanco y me manchase con su sangre asquerosa.
No tengo nada en contra de dispararle a un malo con una pistola (que me quepa en un clutch, claro, nada de armas aparatosas)... pero Gran Torino me demostró no hace ni quince días que tengo una puntería bastante lamentable humillándome en uno de esos tiros al blanco de las fiestas de los pueblos y ganando para mi dos brujitas horripilantes que me provocaron tanto espanto como ternura (por el detalle, claro, no por las brujas horrendas).
Sería genial poder ensartar a alguien con una flecha, pero volvemos a la minusvalía en cuanto a lo que puntería se refiere.
Respecto a pegar patadas voladoras mortíferas ¡la verdad es que me chiflaría! pero tendría que prescindir de las faldas y no me compensaría.
Total, que lo que mejor me vendría sería poder lanzar rayos con los ojos (o con las manos, como los Aurones)... pero ya hemos quedado en que, desgraciadamente para mi, no tengo superpoderes de momento.
Para compensar esta discapacidad criminal tengo un probado espíritu dramático. Mi madre dice que ya de pequeña era una peliculera fuera de serie, o sea, el caso típico del genio incomprendido.
Hasta que nació Princesita P. mi madre, que era progre y unisex, fumaba Ducados a dolor. Viejo Pachanga fumó en pipa y después Winston... Vamos, que siendo yo pequeña en mi casa había un tesoro de mecheros que nos tenían superprohibido ni mirar.
Ya os dije que éramos regular de obedientes.
Un día “encontramos” uno de esos mecheros que tanto ambicionábamos. La sensación de triunfo del primer hombre de las cavernas que consiguió hacer fuego no debió de ser ni la mitad de la que Hermanilla y yo experimentamos al ver cómo se prendía la esquina de una hoja de libreta. Tumbadas sobre la alfombra de nuestro cuarto y con los ojillos brillantes de la emoción encendimos la segunda de aquellas esquinas cuadriculadas.
En cuanto la llama se hizo grande soplamos con fuerza para apagarla y el papel chamuscado voló por la habitación.
Tras las habituales deliberaciones sobre a quién le correspondía quemar la tercera, llegó la cuarta... y se acabaron las esquinas.
Le estábamos cogiendo el truco a lo de girar la ruedecilla a la vez que manteníamos el gas presionado... así que quemar el centro del papel nos pareció una idea gloriosa.
Mientras una sujetaba la hoja con sumo cuidado (y con la lengua de fuera para aplicarse más), la otra mantenía el mechero encendido debajo.
Primero se hizo un cerco negro y después... ¡la llama! La cuartilla comenzó a arder rápidamente y Hermanilla y yo soplamos con todas las fuerzas de nuestros pequeños pulmones de 4 y 5 años respectivamente.
Soplamos, pero la llama crecía y devoraba el papel ¡Nos íbamos a quemar! Lo soltamos y cayó sobre la alfombra justo cuando mi Mami Unisex y fumadora de Ducados hacía su aparición estelar en la puerta.
Nos miró a nosotras (acojonaíllas), miró la hoguera que ardía sobre la alfombra... Nos volvió a mirar (esta vez echando fuego por las pupilas) y saltó sobre la alfombra como sólo una madre leona puede hacer: apagando las llamas y poniéndonos “a salvo” sin dejar de maldecirnos a un tiempo.
Mi madre había inventado la multitarea muchos años antes de que Bill Gates lo soñara.
Nos arrebató el arma homicida y, sin meterla en ninguna de esas bolsitas transparentes en las que el FBI mete las pruebas, ni someternos a un juicio justo ni nada nos cayó un chorreo de no te menees.
¡No hacía ni dos años que se había aprobado la Constitución y mi madre ya se estaba saltando a la torera la Presunción de Inocencia!
Lloré por la injusticia materna (no nos había leído nuestros derechos, ni nos había dejado llamar por teléfono a la abu ni nada)... y un poco por el susto que aún tenía en el cuerpecillo tras ver las llamas merendarse el papel de mi libreta.
Mi madre asegura que mientras ella limpiaba la alfombra y abroncaba a Hermanilla, que siempre fue de “a lo hecho pecho”, yo recorría el pasillo llorando como una magdalena y preguntando a voz en grito:
- Señor ¿Por qué permites que mi madre fume y deje sus mecheros a nuestro alcance si somos pequeñas y nos podemos hacer daño?
Se ve que la responsabilidad subsidiaria la inventé yo.
Epílogo (para los que quieran saber cómo terminó la anécdota favorita de mi progenitora cuando quiere ejemplificar lo que a mi me va un drama).
Mi madre echaba más humo que la alfombra mientras yo seguía lamentándome por la irresponsabilidad de mi madre y la falta de sentido de Dios... porque yo por aquel entonces iba a un colegio de monjas y me habían enseñado que Dios era un superhéroe con mogollón de poderes que hacía con nosotros, los gusanos infectos que habitábamos la tierra, lo que le daba la gana. Porque además, Dios lo veía todo, entonces...
¿De quién era la culpa? De Dios, claro ¿Para qué quería los superpoderes si no para evitar tan tremendas desgracias?
Yo traté de defenderme argumentando que la cosa tampoco había sido para tanto, y que como incendio había dejado bastante que desear... lo que encendió más el cabreo de mi madre, que me advirtió que las alfombras eran unos objetos mágicos que se incendiaban “invisiblemente” y para cuando uno se daba cuenta las llamas se habían extendido por toda la casa.
Un poco decepcionada con aquel fraude de superhéroe que no estaba nada atento, y bastante asustada con la posibilidad de que el incendio secreto se adueñase de mi hogar me fui al cole.
Desde mi clase yo podía ver la ventana de nuestro salón si me levantaba un poquito de mi pupitre. El miedo a vivir debajo de un puente como los pobres de las películas era más poderoso que el terror a la Madre Apaisada (una monja más ancha que alta y con una malaleche proverbial)... así que a cada rato yo estiraba el cuello como las tortugas para ver si veía las llamas saliendo de nuestra casa que me convertirían en una Homeless infantil.
En uno de esos “estiramientos” la Madre Apaisada me llamó la atención y me hizo ir hasta su mesa para averiguar por qué una niña de habitual obediente como yo (ya os dije que tenía bastante engañadas a las monjas) estaba tan inquieta.
Llorando confesé a la Madre Apaisada mi precoz piromanía y ésta decidió tomarse la justicia por su mano (en mi infancia eso de la necesidad de pruebas se tomaba a chufla) y tenerme castigada toda la tarde junto al encerado.
La vida es dura y así lo aprendí yo.
¡Menuda decepción!
Yo trato de que sus planes rocambolescos y pensamientos chiflados no me afecten lo más mínimo, pero a veces navegar en el caos marea y dan ganas de vomitar.
Esos días me da por llorar bastante. Es una válvula de escape bastante buena, porque aunque el pelo se queda bastante desmejorado, y los ojos acaban como los de Massiel en un mal día, se me pasan los instintos asesinos. Me quedo tan agotada que luego duermo como una bendita, y al día siguiente ya me pasó la pena.
No me compensa estar triste mucho rato porque me consume demasiada energía y la necesito.
La naturaleza es sabia y me colocó en los ojos unos lagrimales con tendencia a la fuga y hasta diría yo que a los Tsunamis... De lo contrario seguiría mis primeros impulsos (matar y asesinar con frecuencia) y eso sería un problema.
Primero, porque yo en la cárcel es que no me veo, y a mi abuela seguro que le disgustaría eso de tener que meter la lima dentro de la empanada cuando me visite, porque echaría a perder todo el relleno de bonito y cebolla que ella prepara con tanto amor.
Segundo, y casi tan importante, porque dudo que el crimen se encuentre entre mis talentos.
Soy bastante impulsiva, así que no creo que tuviese paciencia suficiente como para planear una venganza tipo viuda negra de esas de te echo un poquito de veneno en el café hasta que mueres pensando que sólo tienes una leve indigestión.
Lo de clavar un cuchillo me da bastante grima, así que aunque me parece que apuñalar en el corazón a alguien que lo merezca sería bastante guay en teoría... después me iba a dar mucho repelús que pusiese los ojos en blanco y me manchase con su sangre asquerosa.
No tengo nada en contra de dispararle a un malo con una pistola (que me quepa en un clutch, claro, nada de armas aparatosas)... pero Gran Torino me demostró no hace ni quince días que tengo una puntería bastante lamentable humillándome en uno de esos tiros al blanco de las fiestas de los pueblos y ganando para mi dos brujitas horripilantes que me provocaron tanto espanto como ternura (por el detalle, claro, no por las brujas horrendas).
Sería genial poder ensartar a alguien con una flecha, pero volvemos a la minusvalía en cuanto a lo que puntería se refiere.
Respecto a pegar patadas voladoras mortíferas ¡la verdad es que me chiflaría! pero tendría que prescindir de las faldas y no me compensaría.
Total, que lo que mejor me vendría sería poder lanzar rayos con los ojos (o con las manos, como los Aurones)... pero ya hemos quedado en que, desgraciadamente para mi, no tengo superpoderes de momento.
Para compensar esta discapacidad criminal tengo un probado espíritu dramático. Mi madre dice que ya de pequeña era una peliculera fuera de serie, o sea, el caso típico del genio incomprendido.
Hasta que nació Princesita P. mi madre, que era progre y unisex, fumaba Ducados a dolor. Viejo Pachanga fumó en pipa y después Winston... Vamos, que siendo yo pequeña en mi casa había un tesoro de mecheros que nos tenían superprohibido ni mirar.
Ya os dije que éramos regular de obedientes.
Un día “encontramos” uno de esos mecheros que tanto ambicionábamos. La sensación de triunfo del primer hombre de las cavernas que consiguió hacer fuego no debió de ser ni la mitad de la que Hermanilla y yo experimentamos al ver cómo se prendía la esquina de una hoja de libreta. Tumbadas sobre la alfombra de nuestro cuarto y con los ojillos brillantes de la emoción encendimos la segunda de aquellas esquinas cuadriculadas.
En cuanto la llama se hizo grande soplamos con fuerza para apagarla y el papel chamuscado voló por la habitación.
Tras las habituales deliberaciones sobre a quién le correspondía quemar la tercera, llegó la cuarta... y se acabaron las esquinas.
Le estábamos cogiendo el truco a lo de girar la ruedecilla a la vez que manteníamos el gas presionado... así que quemar el centro del papel nos pareció una idea gloriosa.
Mientras una sujetaba la hoja con sumo cuidado (y con la lengua de fuera para aplicarse más), la otra mantenía el mechero encendido debajo.
Primero se hizo un cerco negro y después... ¡la llama! La cuartilla comenzó a arder rápidamente y Hermanilla y yo soplamos con todas las fuerzas de nuestros pequeños pulmones de 4 y 5 años respectivamente.
Soplamos, pero la llama crecía y devoraba el papel ¡Nos íbamos a quemar! Lo soltamos y cayó sobre la alfombra justo cuando mi Mami Unisex y fumadora de Ducados hacía su aparición estelar en la puerta.
Nos miró a nosotras (acojonaíllas), miró la hoguera que ardía sobre la alfombra... Nos volvió a mirar (esta vez echando fuego por las pupilas) y saltó sobre la alfombra como sólo una madre leona puede hacer: apagando las llamas y poniéndonos “a salvo” sin dejar de maldecirnos a un tiempo.
Mi madre había inventado la multitarea muchos años antes de que Bill Gates lo soñara.
Nos arrebató el arma homicida y, sin meterla en ninguna de esas bolsitas transparentes en las que el FBI mete las pruebas, ni someternos a un juicio justo ni nada nos cayó un chorreo de no te menees.
¡No hacía ni dos años que se había aprobado la Constitución y mi madre ya se estaba saltando a la torera la Presunción de Inocencia!
Lloré por la injusticia materna (no nos había leído nuestros derechos, ni nos había dejado llamar por teléfono a la abu ni nada)... y un poco por el susto que aún tenía en el cuerpecillo tras ver las llamas merendarse el papel de mi libreta.
Mi madre asegura que mientras ella limpiaba la alfombra y abroncaba a Hermanilla, que siempre fue de “a lo hecho pecho”, yo recorría el pasillo llorando como una magdalena y preguntando a voz en grito:
- Señor ¿Por qué permites que mi madre fume y deje sus mecheros a nuestro alcance si somos pequeñas y nos podemos hacer daño?
Se ve que la responsabilidad subsidiaria la inventé yo.
Epílogo (para los que quieran saber cómo terminó la anécdota favorita de mi progenitora cuando quiere ejemplificar lo que a mi me va un drama).
Mi madre echaba más humo que la alfombra mientras yo seguía lamentándome por la irresponsabilidad de mi madre y la falta de sentido de Dios... porque yo por aquel entonces iba a un colegio de monjas y me habían enseñado que Dios era un superhéroe con mogollón de poderes que hacía con nosotros, los gusanos infectos que habitábamos la tierra, lo que le daba la gana. Porque además, Dios lo veía todo, entonces...
¿De quién era la culpa? De Dios, claro ¿Para qué quería los superpoderes si no para evitar tan tremendas desgracias?
Yo traté de defenderme argumentando que la cosa tampoco había sido para tanto, y que como incendio había dejado bastante que desear... lo que encendió más el cabreo de mi madre, que me advirtió que las alfombras eran unos objetos mágicos que se incendiaban “invisiblemente” y para cuando uno se daba cuenta las llamas se habían extendido por toda la casa.
Un poco decepcionada con aquel fraude de superhéroe que no estaba nada atento, y bastante asustada con la posibilidad de que el incendio secreto se adueñase de mi hogar me fui al cole.
Desde mi clase yo podía ver la ventana de nuestro salón si me levantaba un poquito de mi pupitre. El miedo a vivir debajo de un puente como los pobres de las películas era más poderoso que el terror a la Madre Apaisada (una monja más ancha que alta y con una malaleche proverbial)... así que a cada rato yo estiraba el cuello como las tortugas para ver si veía las llamas saliendo de nuestra casa que me convertirían en una Homeless infantil.
En uno de esos “estiramientos” la Madre Apaisada me llamó la atención y me hizo ir hasta su mesa para averiguar por qué una niña de habitual obediente como yo (ya os dije que tenía bastante engañadas a las monjas) estaba tan inquieta.
Llorando confesé a la Madre Apaisada mi precoz piromanía y ésta decidió tomarse la justicia por su mano (en mi infancia eso de la necesidad de pruebas se tomaba a chufla) y tenerme castigada toda la tarde junto al encerado.
La vida es dura y así lo aprendí yo.
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miércoles, 13 de enero de 2010
El pollito maquinero
La Hermanilla nació cuando yo sólo tenía un año y tres meses, así que mi historia como hija única es más bien corta. No sólo eso, sino que tuve que aprender a sobrevivir con mis ojos y pelo insulsamente marrones junto a una hermanilla de llamativos ojos azules y dorados rizos.
Según mi madre, cada vez que algún adulto desconsiderado se acercaba a mi insolidariamente guapa hermana y decía con admiración algo del tipo <<¡qué ojos tan azules!>>, yo hinchaba pecho y les decía: <<¡¡y yo “negos”!!>>
Así aprendí yo que la vida es dura.
A pesar de ello, y como los Incordios Adorables tardaron bastantes años en nacer, Hermanilla y yo vivimos una infancia bastante feliz y protagonista. Yo era canija y castaña, así que no me quedó otra que ser simpática. Un poco repipi, en opinión de mi madre, pero es que mi madre se creía jipi, y lo peor que le puede pasar a una jipi es que le salga una hija con ínfulas de princesa.
La cosa es que cuando llegué a cole me fue bien, porque ya tenía práctica de la guardería en ser adorable. Es feo que lo diga, pero es la pura verdad: Hermanilla era rebelde y mona, y yo encantadora.
En el cole había un montón de niñas, y las monjas daban bastante más miedo que las profes de mi guarde… pero yo ya sabía que ni una monja gorda con incipiente bigote se resiste a una sonrisa profesional de las buenas.
Así que, a los cinco años, yo pensaba que el mundo era eso: que toda la gente te quería porque sí, y punto.
En ese primero de EGB tenía yo 4 amigas del alma, y fue en el cumpleaños de una de ellas donde descubrí que el amor humano es efímero y traicionero. Mis actos sociales de entonces se limitaban a las fiestas de cumpleaños. Nada era más importante que eso. Que el propio John Galliano me suplicara de rodillas hoy en día que asistiese a uno de sus desfiles sería insignificante comparado con el hecho de ser convocada para toooodos los cumples de la clase. Aquello sí que era relevancia social.
En aquellos cumples solían estar otras compañeras del cole, y, salvo algún primo o vecino, la VIP List se circunscribía a los pupitres cercanos. Rompiendo todos mis esquemas de protocolo infantil, en aquel cumpleaños sólo estaban del colegio las otras dos Mejores Amigas. El resto eran pequeños seres desconocidos, también reyes y princesas cada uno de su casa.
Sobrecogidas por la impactante noticia de no ser sus únicas amigas favoritas, asistimos con estupefacción y algo de rencor a aquella fiesta de la que no éramos protagonistas indiscutibles. Por si todas aquellas inesperadas alteraciones en nuestros esquemas no hubieran sido suficientemente dolorosas, llegó el momento en el que supimos que, definitivamente, Natalia nos había mentido cuando nos decía que éramos sus superpreferidas.
Cuando yo era pequeña no había tartas de gominola, ni con Winnies de Pooh dibujados con azúcar de colores. Cuando yo era pequeña la máxima sofisticación en términos de pastelería infantil consistía en decorar las tartas con unas casitas de chocolate y unos pollitos amarillos desproporcionadamente grandes para aquellos hogares diminutos.
Ver aquellos tres pollitos orgullosamente plantados frente a la urbanización de chocolate nos iluminó a todos los ojos. Como pequeños Gollum codiciosos, ansiamos poseer una de aquellas tres maravillas. Todos queríamos uno, pero a mi me parecía, que para que la justicia reinara en esta vida, nos correspondían a mis amigas y a mí, que para eso Natalia nos había dicho que éramos sus amigas más queridas del universo conocido… Pero la justicia a veces es escurridiza, y Natalia nos descubrió el amargo sabor de la traición entregando los deseados muñequitos a sus primas y a una vecina a la que, al parecer, le profesaba mayor cantidad de afecto infantil.
El fin del mundo conocido me sobrecogió con violencia ¿pero cómo era posible que pudieran querer a otra persona más que a mí? ¿Desde cuándo yo había dejado de ser la favorita? Y, sobre todo, ¿cómo es que yo me había quedado sin pollito?
Como en todas las grandes historias, en esa fiesta llena de imprevistos tuvo un importante papel el que años después sería el causante del castigo más largo jamás contado (en realidad, aún no me lo han levantado y mucho me temo que todavía sigo castigada)… pero ésa es otra historia. El hermano pequeño de Natalia era el ser más molesto y caprichoso que haya visto el mundo después de la ex – cantante de la Oreja de Van Gogh. Un ser irritante y consentido que, al ver que los pollitos iban a parar a otras manos que no eran las suyas montó un zipitoste de no te menees, se echó encima de la tarta, agarró a uno de aquellos inocentes muñequitos… ¡y lo destrozó!
Creo que la cámara lenta aún no se había inventado, pero yo lo vi todo como cuando a los “walkman” se le acababan las pilas… la mano del Molesto Ser cayendo sobre la tarta, apoderándose del sufrido pollo, arrancándole las patas, la cabeza, tirándolo al suelo y pisoteándolo.
Todos gritábamos compungidos… pero para cuando la madre de Natalia actuó, el pollito ya era un triste amasijo de algodón amarillo. Como Tamara cuando se le acabó lo del “no cambié” y ya no la querían en Crónicas Marcianas.
Se montó un lío tremendo, Natalia lloraba, hubo peleas por ver cuál de las agraciadas se quedaba sin pollito… y yo aproveché la confusión para meterme en el bolsillo del vestido el cuerpo del delito.
Cuando llegué a casa, me apresuré a ir a mi habitación para salvar la vida a aquel desdichado. Puse el cuerpecito desmembrado sobre mi cama, y supe que aquello no había Pritt que lo arreglara, así que tuve que deslizarme hasta el cajón donde mi madre guardaba todas sus armas secretas. La Madre Imelda, una monja apaisada que nos daba manualidades, nos tenía prohibido usar el pegamento Imedio sin su supervisión, pero yo nunca fui muy obediente, y aquello era una cuestión de vida o muerte. Sin mucha pericia, y con los dedos todos pegoteados, conseguí unir el cuerpo y las patitas, aunque estaba claro que después de aquella operación su carrera deportiva había terminado.
Aún faltaba lo más importante: el Molesto Ser le había desfigurado la cara… y eso sí que no.
No disponía de modernas prótesis, ni siquiera de cartulina roja, así que tuve el pollito tuvo que conformarse con el pico que le pinté sobre papel cuadriculado, y que coloreé con un plastidecor.
Vivienne Westwood se hubiera sentido orgullosa de mi inconsciente inspiración tartán.
Volví al cajón de mi madre para hurtar la más secreta de las armas prohibidas: el edding permanente. Con la mano temblorosa, y la lengua un poco de fuera para esforzarme más, pinté dos puntos negros para que le sirvieran de ojos.
Miré mi obra satisfecha. Al pobre se le había quedado una pinta un poco maltrecha, como si se hubiese pasado con las pastillas… pero yo entonces no sabía nada de psicotrópicos, y pensé que se habría quedado impactado por el ataque del Molesto Ser.
El pollito aún vivió muchos años, hasta que el perro de mi hermana decidió probarlo como chicle y ahí ya no hubo remedio.
Según mi madre, cada vez que algún adulto desconsiderado se acercaba a mi insolidariamente guapa hermana y decía con admiración algo del tipo <<¡qué ojos tan azules!>>, yo hinchaba pecho y les decía: <<¡¡y yo “negos”!!>>
Así aprendí yo que la vida es dura.
A pesar de ello, y como los Incordios Adorables tardaron bastantes años en nacer, Hermanilla y yo vivimos una infancia bastante feliz y protagonista. Yo era canija y castaña, así que no me quedó otra que ser simpática. Un poco repipi, en opinión de mi madre, pero es que mi madre se creía jipi, y lo peor que le puede pasar a una jipi es que le salga una hija con ínfulas de princesa.
La cosa es que cuando llegué a cole me fue bien, porque ya tenía práctica de la guardería en ser adorable. Es feo que lo diga, pero es la pura verdad: Hermanilla era rebelde y mona, y yo encantadora.
En el cole había un montón de niñas, y las monjas daban bastante más miedo que las profes de mi guarde… pero yo ya sabía que ni una monja gorda con incipiente bigote se resiste a una sonrisa profesional de las buenas.
Así que, a los cinco años, yo pensaba que el mundo era eso: que toda la gente te quería porque sí, y punto.
En ese primero de EGB tenía yo 4 amigas del alma, y fue en el cumpleaños de una de ellas donde descubrí que el amor humano es efímero y traicionero. Mis actos sociales de entonces se limitaban a las fiestas de cumpleaños. Nada era más importante que eso. Que el propio John Galliano me suplicara de rodillas hoy en día que asistiese a uno de sus desfiles sería insignificante comparado con el hecho de ser convocada para toooodos los cumples de la clase. Aquello sí que era relevancia social.
En aquellos cumples solían estar otras compañeras del cole, y, salvo algún primo o vecino, la VIP List se circunscribía a los pupitres cercanos. Rompiendo todos mis esquemas de protocolo infantil, en aquel cumpleaños sólo estaban del colegio las otras dos Mejores Amigas. El resto eran pequeños seres desconocidos, también reyes y princesas cada uno de su casa.
Sobrecogidas por la impactante noticia de no ser sus únicas amigas favoritas, asistimos con estupefacción y algo de rencor a aquella fiesta de la que no éramos protagonistas indiscutibles. Por si todas aquellas inesperadas alteraciones en nuestros esquemas no hubieran sido suficientemente dolorosas, llegó el momento en el que supimos que, definitivamente, Natalia nos había mentido cuando nos decía que éramos sus superpreferidas.
Cuando yo era pequeña no había tartas de gominola, ni con Winnies de Pooh dibujados con azúcar de colores. Cuando yo era pequeña la máxima sofisticación en términos de pastelería infantil consistía en decorar las tartas con unas casitas de chocolate y unos pollitos amarillos desproporcionadamente grandes para aquellos hogares diminutos.
Ver aquellos tres pollitos orgullosamente plantados frente a la urbanización de chocolate nos iluminó a todos los ojos. Como pequeños Gollum codiciosos, ansiamos poseer una de aquellas tres maravillas. Todos queríamos uno, pero a mi me parecía, que para que la justicia reinara en esta vida, nos correspondían a mis amigas y a mí, que para eso Natalia nos había dicho que éramos sus amigas más queridas del universo conocido… Pero la justicia a veces es escurridiza, y Natalia nos descubrió el amargo sabor de la traición entregando los deseados muñequitos a sus primas y a una vecina a la que, al parecer, le profesaba mayor cantidad de afecto infantil.
El fin del mundo conocido me sobrecogió con violencia ¿pero cómo era posible que pudieran querer a otra persona más que a mí? ¿Desde cuándo yo había dejado de ser la favorita? Y, sobre todo, ¿cómo es que yo me había quedado sin pollito?
Como en todas las grandes historias, en esa fiesta llena de imprevistos tuvo un importante papel el que años después sería el causante del castigo más largo jamás contado (en realidad, aún no me lo han levantado y mucho me temo que todavía sigo castigada)… pero ésa es otra historia. El hermano pequeño de Natalia era el ser más molesto y caprichoso que haya visto el mundo después de la ex – cantante de la Oreja de Van Gogh. Un ser irritante y consentido que, al ver que los pollitos iban a parar a otras manos que no eran las suyas montó un zipitoste de no te menees, se echó encima de la tarta, agarró a uno de aquellos inocentes muñequitos… ¡y lo destrozó!
Creo que la cámara lenta aún no se había inventado, pero yo lo vi todo como cuando a los “walkman” se le acababan las pilas… la mano del Molesto Ser cayendo sobre la tarta, apoderándose del sufrido pollo, arrancándole las patas, la cabeza, tirándolo al suelo y pisoteándolo.
Todos gritábamos compungidos… pero para cuando la madre de Natalia actuó, el pollito ya era un triste amasijo de algodón amarillo. Como Tamara cuando se le acabó lo del “no cambié” y ya no la querían en Crónicas Marcianas.
Se montó un lío tremendo, Natalia lloraba, hubo peleas por ver cuál de las agraciadas se quedaba sin pollito… y yo aproveché la confusión para meterme en el bolsillo del vestido el cuerpo del delito.
Cuando llegué a casa, me apresuré a ir a mi habitación para salvar la vida a aquel desdichado. Puse el cuerpecito desmembrado sobre mi cama, y supe que aquello no había Pritt que lo arreglara, así que tuve que deslizarme hasta el cajón donde mi madre guardaba todas sus armas secretas. La Madre Imelda, una monja apaisada que nos daba manualidades, nos tenía prohibido usar el pegamento Imedio sin su supervisión, pero yo nunca fui muy obediente, y aquello era una cuestión de vida o muerte. Sin mucha pericia, y con los dedos todos pegoteados, conseguí unir el cuerpo y las patitas, aunque estaba claro que después de aquella operación su carrera deportiva había terminado.
Aún faltaba lo más importante: el Molesto Ser le había desfigurado la cara… y eso sí que no.
No disponía de modernas prótesis, ni siquiera de cartulina roja, así que tuve el pollito tuvo que conformarse con el pico que le pinté sobre papel cuadriculado, y que coloreé con un plastidecor.
Vivienne Westwood se hubiera sentido orgullosa de mi inconsciente inspiración tartán.
Volví al cajón de mi madre para hurtar la más secreta de las armas prohibidas: el edding permanente. Con la mano temblorosa, y la lengua un poco de fuera para esforzarme más, pinté dos puntos negros para que le sirvieran de ojos.
Miré mi obra satisfecha. Al pobre se le había quedado una pinta un poco maltrecha, como si se hubiese pasado con las pastillas… pero yo entonces no sabía nada de psicotrópicos, y pensé que se habría quedado impactado por el ataque del Molesto Ser.
El pollito aún vivió muchos años, hasta que el perro de mi hermana decidió probarlo como chicle y ahí ya no hubo remedio.
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lunes, 8 de junio de 2009
Usa tus alas
Crecí con series como Galáctica o V, así que no es de extrañar que lo hiciese convencida de que en el 2000 todos pulularíamos con pijamas brillantes y viviríamos como los Supersónicos. De ahí que mis mayores anhelos se resumiesen en 3 cosas: tener teléfonos móviles, poder hacer video-llamadas y pilotar una aeronave.
Podría decirse que dos tercios de mis sueños se han cumplido (aunque lo de la video-llamada ha resultado una profunda decepción), pero me queda pendiente cambiar al Ibi por una coqueta aeronave que pueda dejar suspendida sobre las plazas de aparcamiento para motos que Iznogud me ha plantado por toda la ciudad. Y es que siempre me ha gustado volar. Reconozco que ni los agobiantes viajes por trabajo han hecho desaparecer del todo esa punzadita de emoción que me provoca el rugir de las turbinas.
Por un instante vuelvo a tener 6 años y estoy sentada junto a mis hermanas y mis padres rumbo a algún lugar fascinante y extraño, donde la gente habla distinto y hay manga ancha para los helados.
Añoro aquellos días en que mi madre nos despertaba de madrugada y, en vez de ir al cole como creíamos, cogíamos las maletas que ella había preparado en secreto (truco infalible para evitar que nos subiésemos por las paredes como monos chilludos la noche anterior) y nos íbamos en el 131 a Lavacolla atosigando a mi madre con preguntas.¿Habría piscina en el hotel de ese sitio al que íbamos? Eso, y poder desayunar cacaolat, en vez de colacao era el tope de gama de mi felicidad infantil.
2 zumos de naranja y 3 paquetes de cacahuetes de Iberia (también hubo galletas, pero había pocas cosas mejores que chuparse la sal de los dedos y limpiárselos después en la chaqueta de La Hermanilla) después de oir eso de “abróchense los cinturones” aparecíamos en algún lugar que se nos antojaba maravilloso. No hacía falta que fuese muy lejos, el Santiago de aquel entonces era una aldea venida a más en la que no existían los Mc Donalds que yo veía en la tele, ni pizzerías ni, por supuesto, guacamayos de colores y playas a las que podías ir todo el año.
Estas semanas en las que es raro el día en que vea un informativo y no emitan alguna noticia en la que pongan a Iberia a caer de un burro me acuerdo mucho de los años en los que viajar en avión era un acontecimiento festivo, y no un trayecto en un autobús con alas. Exigimos el mismo trato, pero pagando mucho menos que por un billete de tren. Asumimos que Iberia ha de bajar sus precios para competir con compañías que no ofrecen, ni el mismo servicio, ni las mismas frecuencias de vuelo, ni las mismas garantías, y nos enfadamos cuando los efectos de la entrada de las compañías de Low Cost en el mercado estropean nuestros viajes a precios de saldo.
Hasta El Maligno, que le tiene un odio cerril desde que una de sus hijas perdió un vuelo y les hizo pasar un susto de muerte (siempre es más fácil culpar a los ajenos, que asumir que la niña te ha salido un pelín problemática) acaba volando siempre con Iberia, que es la única que le permite saltar de un punto a otro del mapa ajustando a tope los horarios.
Han pasado muchos años desde que La Hermanilla y yo jugábamos con los gorritos de azafata que nos regaló mi padre. Ahora compramos el billete a través de Internet y nos hacemos el auto-check in sin salir de casa. Ya no dejan fumar en los aviones y echamos de menos la comida de plástico que antes aborrecíamos, porque ahora pagamos 10€ por un sándwich de Sergi Arola que nos deja con hambre y cabreados.
Hace ya tiempo que perdí los “Frees” que nos daban por ser Hijas de Iberia (y que yo no aproveché porque soy una sosa sin remedio), pero sigo teniendo esa sensación de “casa” cuando veo el logotipo amarillo y rojo sobre los mostradores de facturación en un aeropuerto internacional.
Esa IB pintada en la cola para mi estará siempre asociada a la imagen del sol abriéndose paso entre las montañas de nubes, a los coches-hormiga y al maravilloso espectáculo de las luces de una ciudad al aterrizar. Aterrizajes en los que siempre había una pizca de decepción porque no habíamos podido utilizar los toboganes amarillos que anunciaban en esos folletos de seguridad que habremos releído un millón de veces.
Como el perro de Paulov sigo sintiendo un hormigueo de excitación cuando veo los aviones surcar el cielo. Me pregunto qué mágico destino llevarán y se me viene a la cabeza un slogan de los 80 que estaba impreso en uno de los puzles que nos regalaron: “Usa tus alas”.
Podría decirse que dos tercios de mis sueños se han cumplido (aunque lo de la video-llamada ha resultado una profunda decepción), pero me queda pendiente cambiar al Ibi por una coqueta aeronave que pueda dejar suspendida sobre las plazas de aparcamiento para motos que Iznogud me ha plantado por toda la ciudad. Y es que siempre me ha gustado volar. Reconozco que ni los agobiantes viajes por trabajo han hecho desaparecer del todo esa punzadita de emoción que me provoca el rugir de las turbinas.
Por un instante vuelvo a tener 6 años y estoy sentada junto a mis hermanas y mis padres rumbo a algún lugar fascinante y extraño, donde la gente habla distinto y hay manga ancha para los helados.
Añoro aquellos días en que mi madre nos despertaba de madrugada y, en vez de ir al cole como creíamos, cogíamos las maletas que ella había preparado en secreto (truco infalible para evitar que nos subiésemos por las paredes como monos chilludos la noche anterior) y nos íbamos en el 131 a Lavacolla atosigando a mi madre con preguntas.¿Habría piscina en el hotel de ese sitio al que íbamos? Eso, y poder desayunar cacaolat, en vez de colacao era el tope de gama de mi felicidad infantil.
2 zumos de naranja y 3 paquetes de cacahuetes de Iberia (también hubo galletas, pero había pocas cosas mejores que chuparse la sal de los dedos y limpiárselos después en la chaqueta de La Hermanilla) después de oir eso de “abróchense los cinturones” aparecíamos en algún lugar que se nos antojaba maravilloso. No hacía falta que fuese muy lejos, el Santiago de aquel entonces era una aldea venida a más en la que no existían los Mc Donalds que yo veía en la tele, ni pizzerías ni, por supuesto, guacamayos de colores y playas a las que podías ir todo el año.
Estas semanas en las que es raro el día en que vea un informativo y no emitan alguna noticia en la que pongan a Iberia a caer de un burro me acuerdo mucho de los años en los que viajar en avión era un acontecimiento festivo, y no un trayecto en un autobús con alas. Exigimos el mismo trato, pero pagando mucho menos que por un billete de tren. Asumimos que Iberia ha de bajar sus precios para competir con compañías que no ofrecen, ni el mismo servicio, ni las mismas frecuencias de vuelo, ni las mismas garantías, y nos enfadamos cuando los efectos de la entrada de las compañías de Low Cost en el mercado estropean nuestros viajes a precios de saldo.
Hasta El Maligno, que le tiene un odio cerril desde que una de sus hijas perdió un vuelo y les hizo pasar un susto de muerte (siempre es más fácil culpar a los ajenos, que asumir que la niña te ha salido un pelín problemática) acaba volando siempre con Iberia, que es la única que le permite saltar de un punto a otro del mapa ajustando a tope los horarios.
Han pasado muchos años desde que La Hermanilla y yo jugábamos con los gorritos de azafata que nos regaló mi padre. Ahora compramos el billete a través de Internet y nos hacemos el auto-check in sin salir de casa. Ya no dejan fumar en los aviones y echamos de menos la comida de plástico que antes aborrecíamos, porque ahora pagamos 10€ por un sándwich de Sergi Arola que nos deja con hambre y cabreados.
Hace ya tiempo que perdí los “Frees” que nos daban por ser Hijas de Iberia (y que yo no aproveché porque soy una sosa sin remedio), pero sigo teniendo esa sensación de “casa” cuando veo el logotipo amarillo y rojo sobre los mostradores de facturación en un aeropuerto internacional.
Esa IB pintada en la cola para mi estará siempre asociada a la imagen del sol abriéndose paso entre las montañas de nubes, a los coches-hormiga y al maravilloso espectáculo de las luces de una ciudad al aterrizar. Aterrizajes en los que siempre había una pizca de decepción porque no habíamos podido utilizar los toboganes amarillos que anunciaban en esos folletos de seguridad que habremos releído un millón de veces.
Como el perro de Paulov sigo sintiendo un hormigueo de excitación cuando veo los aviones surcar el cielo. Me pregunto qué mágico destino llevarán y se me viene a la cabeza un slogan de los 80 que estaba impreso en uno de los puzles que nos regalaron: “Usa tus alas”.
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