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martes, 25 de septiembre de 2012

Érase una vez... Cuento sin Príncipe Azul ni perdices al final

Este post debería empezar con un "Hace muchos años, en un reino muy, muy lejano..." porque hace milenios que ocurrió, pero como la vida es una tómbola, precisamente estos días ha venido muy a cuento esta anécdota.

Cuando el Principito se marchó a su Planeta yo atravesé una temporada tumultuosa. Cary Grant le llama la "época mala", yo la divertida... pero no siempre nos ponemos de acuerdo en todo.

Cuando a una le roban el corazón, se lo hacen confeti y se lo tiran al mar para que nunca pueda reunir de nuevo todos los trocitos, una de las muchas cosas que tiene que hacer, además de meterse entre los brazos de sus amigos, es ir a cortarse el pelo.

Hace muchos años que mi peluquero lo es. Llevamos una vida entera de tira y afloja, porque él es un modenno de la vida, y yo una rancia. El problema principal es que yo querría tener una melena negra y lisa tipo japo... y resulta que tengo un pelillo díscolo color ratón y tendente a la ondulación.
Entre los dos hemos conseguido llegar a un pacto de no agresión. Él evita que yo parezca esa tipa del telediario que lleva tanto tiempo con el mismo corte que todos sospechamos que lleva peluca... y yo que se inspiren en mi para construir el nuevo Guggenheim.

El caso es que nunca me he teñido el pelo, porque yo quiero ser morena y él dice que no puede ser, a menos que quiera convertirme en Morticia 2.0
Aquel día el pobre debió de verme tan pachucha que cedió a mis habituales súplicas llegando a uno de nuestros pactos históricos. Accedió a darme un baño de color, pero en tono castaño. Así tendría el pelo más oscuro, aunque nunca negro, y en un par de lavados desaparecería.

Mientras yo parloteaba como un mono subido a una rama, él me advertía que no debía lavarme el pelo y  acostarme sin habérmelo secado antes.
¡Claaaro!
Podía quedarse tranquilo. Yo nunca me voy a dormir con el pelo húmedo porque así me lo enseñó mi Mami de Toda la Vida, y para algunas cosas soy bastante obediente.

La cuestión es que salí de la pelu feliz como un mono después de haber atracado Pipas Facundo con mi nueva melena casi morena.
Era una noche como tantas en ASV en las que los nativos tenemos que hacer uso de nuestras branquias para sobrevivir al aguacero (no sé cómo no hay más campeones mundiales de natación aquí). Una noche como tantas, en las que coincidí con muchos otros seres humanos impermeables. Entre los que desafiaban la lluvia estaba un amigo del Principito con el que siempre había habido un leve tonteo.
Bueno... eso de leve era mientras el Principito aún estaba entre nosotros. En cuanto dejó nuestro planeta de leve pasó a grave, y aquella noche a estado crítico.
Era tan guapo como divertido, y siempre olía de maravilla.
El bacardilimónconcola emborronó tanto el dilema sobre si aquello estaba bien que cuando llegamos a mi portal estaba completamente difuminado.
No sabía muy bien cómo, había dejado que me acompañase a casa... y como llovía a cántaros dejé que subiera con la manida excusa de "invítame a la última".
Los hielos de la última derritieron las pocas barreras que aún quedaban entre nosotros y apagaron las luces y la conciencia.

De pronto mis dedos tocaron algo viscoso.
...Ups
¿Qué demonios era?
A oscuras noté que aquella cosa resbaladiza estaba por toda mi almohada.
¡Aghhh!
¿Pero qué tipo de gomina llevaba aquel fulano?
¡Bendita parestesia alcohólica!

Unos besos en el cuello me despertaron al día siguiente. Tenía un terrible dolor de estómago y un vago recuerdo de cómo habíamos llegado hasta allí... y de su gomina pringosa entre mis dedos.
Me incorporé un poco para buscar la menos dolorosa entre mis habituales excusas para echarlo de casa.
De pronto ví toda la almohada negra.
La almohada, el nórdico y mis manos... ¡También él estaba tintado de oscuro!
¿Desde cuándo la gomina era negra?
De repente reconocí aquel color... que no era negro... sino el castaño oscuro que me habían puesto en el pelo.

Moraleja: Cuando te digan que no te acuestes sin secarte el pelo después de un baño de color recuerda que no se refieren sólo a la ducha. La lluvia también moja y destiñe que te pasas.



 








lunes, 19 de abril de 2010

Atrapa a un ladrón (y pégale una patada voladora)

Pesa sobre mi una orden de alejamiento. No sé de cuántos metros porque la autoridad competente, uséase Gran Torino, no ha tenido a bien notificármelo. La duración del castigo es de varios días, pero tampoco se sabe con exactitud cuántos.
La sanción nos permite ir juntos al cine, que no está mal, pero ni un cochino beso ni un mísero abrazo.
Peor que un perrillo. Sólo le falta comprarse una correa de esas regulables y llevarme así por la calle.
La cuestión es que el sábado ya empezó mal la cosa. Aprovechando que el domingo él no tenía uno de sus habituales partidos, habíamos quedado en hacer algo... algo impreciso que suponía comer juntos después del baloncesto y hacer una excursioncilla.
Pues el sábado por la noche, antes de cenar, Gran Torino me comunica que se había olvidado de que, justo el domingo (uséase, unas horas después, sin dejarme a mi mucho margen de maniobra) ya había quedado para comer... era un compromiso previo, así que ni duda cabe de que la comida que sacrificaba de su apretada agenda era la mía.
A mi con estas cosas se me pone cara de limón y no lo puedo remediar.
Y si yo pongo cara de limón, él de vinagre... y ya tenemos el aliño listo para la tercera guerra mundial.
Cenamos sushi, una tempura de verduras, y una botellita de A Coroa, precedida de una copita “pre”.
Importante lo del menú, para que cada uno haga sus cálculos.
Esto de enfadarse es un poco rollo, porque a mi me cuesta bastante trabajo estar mucho rato de malhumor, y prefiero hacer las paces rapidito y seguir siendo felíz, que me gusta más... así que la cena fue relajada y nos fuimos a tomar algo. Entiéndase por algo 2 copazos.
Aquí también lo pasamos bien, pero al día siguiente madrugábamos y Gran Torino quiso irse. Nos fuimos.
De camino a casa a Gran Torino se le ocurre entrar en un bar a tomar “la última”. Y entramos.
Nótese que soy obediente y a pesar de que debería estar un poco chinchada porque me había chafado los planes domingueros me estaba portando superbien. Esto es importante para mi defensa, creo yo.
El bar en cuestión era un antro de pi-jipis. Reconozco que no es un lugar de mi predilección, y que la gente con poca querencia por la ducha y el aseo personal me pone un poco de los nervios... pero entré y pedimos una copa felices de la vida.
En estos bares no son frecuentes los guardarropas, y éste no es una excepción, así que dejé mi trench sobre una especie de baúl que estaba a menos de un metro de donde nos encontrábamos y pedimos.
Tres segundos después (tres segundos, lo juro por Dior) eché un vistazo al baúl para asegurarme de que mi trench seguía allí... Y no estaba.
No es la primera vez que me roban una cazadora por la noche. No es la primera vez y lo odio. Odio perder la prenda, odio tener que irme a casa desabrigada, odio la cara de tonta que se te queda... odio que la gente sea tan mezquina.
Me puse triste y de mal humor. Gran Torino me sugirió que buscase en el baño por si alguien lo había cogido por error (nada), sobre las barandillas (nada), en el perchero de la entrada (...nada).
Me enfadé más, mucho. En concreto me puse como una hydra a la que le cortan una de sus cabezas. Te vuelven a crecer, pero duele.
Le dije a Gran Torino que me iba, porque me parecía absurdo quedarnos tomando la copa allí tranquilamente como si nada...
Gran Torino espera de mi que sea como la tía abuela de un amigo mío que cuando su cuñado le dio la noticia de que los altos hornos de Vizcaya se habían hundido, y que como consecuencia ella estaba arruinada, ella le dijo por toda respuesta:

- Dinero fácil, fácil se va ¿más té, querido?


Yo no. Yo soy más de melodrama y tragedia griega, así que me fui de allí llorando a lágrima viva por las injusticias del mundo y la mala fe de quien se apropia de los trenchs ajenos.
De pronto, me doy cuenta de que estoy sola y ni si quiera sé muy bien dónde. Llamo a Gran Torino y no me coge el móvil. Lloro más y sigo andando. Estoy perdida en mi propia ciudad, sólo llevo una chaqueta finita y tengo frío. Frío y rabia.
Me suena el móvil y es Gran Torino. Enfadado (encima) porque dice que no me ha oído decir que me iba y está esperándome en el dichoso bar.
Discutimos y lloro más. Mucho. Me paro en la calle y lloro y me enfado. De pronto Cary Grant, que por lo visto salía de trabajar a esas horas, aparece ante mi. Me mira. Mira mis ojos hinchados y mi rimell corrido y me dice:

- ¡Tienes un aspecto lamentable! ¿qué haces aquí?

Yo lloro más y le explico (Gran Torino sigue al teléfono) que unos jipis malvados me han robado mi trench de french connection. Quiero mucho ese trench y me parece mal que los jipis asquerosos me roben la ropa.
Cary Grant mira con preocupación a unos perroflautas que están justo allí, con sus perros, sus rastas, sus medias de colores y sus flautas, porque yo lloro mucho y le digo algo de darle una patada voladora a alguien (espero que Cary Grant me explique esta parte de mi discurso porque, la verdad, no la recuerdo).
Cary Grant habla con Gran Torino para averiguar dónde está el Mordor de los jipis y llevarme allí.
Gran Torino, que no tiene paciencia, ni consideración, ni le importa un pito mi trench negro que me costó un riñón y parte del hígado me ha colgado el móvil, así que yo estoy aún más enfadada.
Cary Grant me deposita en la misma boca del Monte del Destino y se va a dormir mientras yo le monto al Gran Torino una granja de pollos en un pispás.
Estoy enfadada con todos los jipis del mundo, estoy enfadada con el Gran Torino por haberme dejado vagando sola por la ciudad, enfadada con los dueños de los antros sin guardarropa...
Gran Torino junta las cejas mucho e hincha las aletas de la nariz y se va a su casa. Yo, sin dejar de llorar, voy detrás como el perrillo de los jipis.
Él, que echa humo y a estas alturas de la película ya ni me dirige la palabra, se va a la cama mientras yo me quedo sentada en el sillón llorando como si el fin del mundo conocido se aproximase.
El rimmell y las lágrimas combinan de pena. De tanto llorar los ojos me escuecen como si me hubieran arrancado los párpados y echado sal. Además, llorar cansa mucho. A mi me agota, francamente... así que me fui a la cama y desperté a Gran Torino para informarle de que ya estaba más tranquila.
Al día siguiente nos levantamos para ir al partido y le pido a Gran Torino que me lleve a mi casa a coger un abrigo. Gran Torino no hace zumo. Gran Torino desayuna un plátano en plan rencoroso.
Enciendo el móvil y veo un mensaje de un número que no conozco diciéndome que mi querido trench ha aparecido.
Gran Torino había dejado mi número en el bar por si aparecía. Lo peor es que yo, más chula que un ocho, le dije:
- ¡Aparecer! ¡ja! ¡¡sería la primera vez en mi vida que me roban una cazadora y aparece!!... ¡fíjate lo que te digo! si aparece el trench te invito a cenar al restaurante que quieras...

Gran Torino es un exquisito. Ya puedo ir ahorrando.
Espero que para entonces ya me vuelva a querer, porque de lo contrario va a ser una cena muy aburrida.

miércoles, 3 de febrero de 2010

El alterne

A pesar de ser deliciosamente sofisticado, Cary Grant es capaz de tirar la puerta del baño de un garito si una amiga lo necesita. Doy fe. Cuando atravesábamos nuestra divertidísima época “todo va mal” tuvo que rescatar a la generalmente apocada administrativa de Niñatos Jugando a Trabajar, que se había cogido una cogorza de impresión y se había quedado dormida agarrada a la taza del váter de un local de ambiente al que íbamos a enloquecer y a jugar a los puntos y minipuntos.

Al ver que la borrachina no respondía, y que había pasado el cerrojo, Cary Grant hizo acopio de todos sus recursos dramáticos para pedirnos que nos retirásemos un poco y abrir de una patada la puerta.

Creo que se debió de esguinzar el tobillo, porque tampoco es que tuviésemos por costumbre andar por ahí como Bruce Lee, y además yo me tragué una bronca del dueño del pub que ni te cuento, pero la embriagada rubia estaba a salvo, y Cary Grant orgulloso de su heroica intervención... así que todos contentos (menos el propietario del local y el novio de Señorita Butter, que tuvo que hacerse cargo del cadáver mientras nos gritaba que no volvería a dejarla salir con nosotros).

Creo que somos amigos desde que se vino a vivir a Aldea Sin Vacas Con Pretensiones de Capital y podría decir sin temor a equivocarme que ha sido testigo (y a veces cómplice) de alguno de mis más hilarantes momentos, y de otros realmente vergonzosos... pero como yo no los confesaré ni bajo amenaza de que me quemen el armario, y él es un buen amigo, nunca se sabrán (o sí, porque yo con dos Mar de Envero me pongo en modo confesión y empiezo a largar mis trapos sucios como en una lavandería).

El caso es que Cary Grant y Magnolia de Acero superaron el “Todo va Mal” y, como es lógico, maduraron. Yo seguí poniéndome morada de puntos y minipuntos, y continuando el concurso por mi cuenta mientras ellos recuperaban la sensatez y se enamoraban de sendas personas maravillosas.

El único defecto de ambos, si es que es un defecto, es que cuando hay amor no hay dolor... y me cuesta más quedar con ellos que conseguir un Front Row en Zac Posen. Pero yo les quiero igual y hemos ido encontrando el modo de vernos. Con Magnolia de Acero voy al basket, y con Cary Grant de alterne.

Vivir en Aldea Sin Vacas me encanta, para qué nos vamos a engañar. Lo hice un tiempo en la City y me lo pasé como una enana... pero Aldea Sin Vacas es la capital de mi propio reino, y yo soy así de sentimental.

Es verdad que a veces una se pierde los fiestones y glitter eventos... pero también es cierto que no necesito eso para ser rabiosamente feliz.

El alterne es un fenómeno curioso que se da en todas partes (creo yo, que nunca he estado en Laponia y no se debe de hablar de lo que una no sabe). Aquí en ASV alguien organiza un evento o inaugura algo y, como por arte de magia aparecen los Lemmings.

A parecer, eso de que los lemmings se suicidan en grupo para regular su población es una leyenda urbana similar a la de Ricky Martin... Parece ser que estos animalillos peludos migran en grupo y tienen un sentido de la orientación un poquito regular... por eso a veces se despeñan en masa.

Los lemmings de ASV también llevan frondosos abrigos de piel, actúan en grupo, y no gozan de mucho criterio a la hora de decidir dónde tomarán los pinchos. Esto hace que una a veces se encuentre 20 lemmings flipando en una performance preguntándose cuándo empezará el cocktail, que es en realidad a lo que vienen.

Yo no sé quién las convoca, debe de ser algún instinto, pero allí están ellas siempre dispuestas a besuquear a todo el mundo y hacer pintorescas observaciones tanto sobre sesudos estudios literarios como sobre los flujos demográficos en el África Negra. Lo que les echen.


Hay otro fenómeno del alterne que nos produce bastante inquietud: la democratización del photocall (Cary Grant dixit). No hace tanto que uno llegaba a ese tipo de sitios y, sencillamente, daba su nombre en la puerta y entraba. Los fotógrafos venían y hacían su trabajo: en unos casos localizar a la gente verdaderamente interesante (y habitualmente escurridiza) y en otros evitar al típico que se coloca oportunamente cada vez que salta un flash.

Ahora en todas partes ponen esas bambalinas pintarrajeadas y te obligan a pararte allí para dejarte medio cegata con los fogonazos ¡y mira que yo soy de posar!... pero no encuentro muy apropiado salir en la prensa dominical con cara de “te voy comer tó lo negro” junto a lemming bien abrigadillo y sonriente.

Estoy temiéndome que la próxima vez que vaya al súper me obliguen a inmortalizar el momento antes de coger el cesto de la compra.


La verdad es que a nosotros nos da un montón de pereza lo del alterne. No sé muy bien por qué, porque para ser sinceros pasamos bastante de alternar y nos dedicamos a hablar de nuestras cosas obviando todo lo que nos rodea excepto a los lemmings, que son muy rápidas con los ibéricos.

Nos sumimos de tal modo en nuestras charlas que, en una ocasión en que asistimos a una macro celebración del aniversario de un museo, se acercó una amiga de Cary Grant para presentarle al director de la famosa pinacoteca. Él lo saludó con amabilidad y le estrechó la mano para, acto seguido, darle la espalda y continuar nuestra conversación. El hombrecillo de las gafas se quedó un buen rato esperando, allí plantado como un ficus. Yo, que lo estaba viendo, empecé a sentirme un poco violenta, pero Cary Grant estaba tan entusiasmado contándome aquello que, hasta que el hombrecillo de las gafas entendió que allí no pintaba nada y se fue, no conseguí decirle ni pío, y para entonces ya no había remedio.

Pero el súmmum del alterne, el que yo recordaré cuando sea una viejecilla como la de Titanic y vea desde un submarino los restos de ASC, fue un jueves que se nos juntó la inauguración de una tienda de Hugo Boss y de una galería de arte. Primero fuimos a acompañar a los lemmings a aquel acto donde había un porrillo de famosos y nos encontramos con Una Vez Leí un Libro. Si hay alguien de quien Cary Grant sea fan, ésa es Ana Torrent... y allí estaba ella, más aburrida que en una sesión de la Real Academia Española...

Yo, por un amigo, como la Esteban: “ma-to”. Entre eso, y que me había bebido un par de vinitos y los lemmings se habían apoderado de todas las tempuras, agarré a Cary Grant de la mano y lo llevé hacia su mito. A mi ella me parece más sosa que un plato de brécol cocido y sin sal, si no fuera porque no le he visto bigote diría que se parece a una anchoa, flaquita y tristona. Me dio ganas de darle algo para que se comprara un bocadillo, por mucho vestido de Hugo Boss que llevara... pero pensé que le podría sentar mal, y decidí portarme lo mejor que sé.

Me planté delante de ella, le sonreí muchísimo en plan mono del Amazonas y le espeté:

- ¡Hola! Ya sé que esto parece un poco raro, pero es muy importante para mi amigo.

Cary Grant se situó delante de ella, se puso todo serio y le dijo:

-Hola, me llamo Ángela y me van a matar.


La anchoa sin bigote se quedó muertecita. Aprovechando la confusión, saqué la Sony de mi clutch y nos hicimos una foto con ella para la posteridad, en plan japo (y para acordarnos al día siguiente, que albariño va albariño viene, y con los lemmings exterminando todo lo comestible ...).


Después, y con el botín en la mano (lo bueno del alterne es que te suelen regalar cosas, te invitan a vino y encima te hacen regalos... ahora que lo pienso, no sé por qué no nos prodigamos más) nos dirigimos a nuestro segundo evento de la velada. Tratamos de ponernos un poco serios porque la gente de la galería nos caía muy bien, y no queríamos quedar como dos cretinos alcoholizados.

Entramos en la galería y vimos la primera de las instalaciones: un montón de cajas de cartón apiñadas que ponían en inglés “esta caja contiene arte”.

Yo es que nunca he llevado gafas, y debe de ser por eso que no acabo de captar esos conceptos tan elevados.

Se oía la música y la gente al fondo en la galería y no había señores de esos serios de Securitas Direct a la vista. Nos miramos y de repente tuvimos una inspiración cinéfila:


- Siempre quise robar arte - le dije - me parece muy elegante.

- Como en “Atrapa un ladrón” -apuntó él comprensivo.


Cogimos cada uno una caja y salimos de allí corriendo.

Siempre pienso que tengo que enmarcar esa foto como se merece.