martes, 2 de febrero de 2010

La polémica boda de Yoda

Discutí un poco con Protocolo. Esto tiene su mérito, porque ella es muy de paz y amor, y es realmente complicado alterar ese beatífico estado en el que vive.

Hace años que la conozco, pero ella siempre cuenta que empezamos a salir juntas desde un día en que me encontró en una esquina. Le he pedido que no diga eso, que hace feo, pero ella erre que erre diseminando por el mundo la dichosa anécdota.

El caso es que tenemos amigas en común, pero hay otras chicas de su pandilla a las que he ido conociendo con el paso de los años.

Protocolo sustituyó su habitual semblante angelical por uno más propio de Belcebú cuando el otro día se me ocurrió emitir una de esas opiniones que nadie me pide. Yo podría haberme estado calladita, pero no, tengo la fea costumbre de andar pensando pensamientos de lo más políticamente incorrectos que se despachan.

Cuando todavía no las conocía a todas, organizaron una tarde de chicas en un balneario con posterior cena. A mi eso de las piscinas públicas (por muy spa que sean) me da un montón de yuyu, y me hace soñar una semana seguida con un trogollón de gérmenes y viruses tal cual un anuncio de PatoWC, así que me salté el momento burbujas y bajada de tensión para apuntarme directamente a los placeres gastronómicos y a zumbarme unas copitas de Mar de Envero, que a eso siempre digo que si.

Sentadas en torno a la mesa estaban varias de sus amigas desconocidas por mi. A pesar del omnipresente rollo madre, he de decir que son gente encantadora. Yo tenía un poco la sensación de ser una niña pequeña a la que por error la han sentado en una mesa de mayores, porque los temas de cortinas y sofritos nunca han sido mi fuerte y enseguida se me acaba el repertorio.

El caso es que, en mitad de la cena, una de ellas saca un tremendo álbum de fotos y empiezan a pasárselo. Aunque para muchas yo era entonces una extraña, como son simpáticas y deliciosamente educadas, me hicieron llegar muy amablemente el celebrado compendio gráfico.

Al principio pensé que era una broma de mal gusto.

Tardé unos segundos en darme cuenta de que aquello no eran unas fotos de carnaval, sino de la boda del pequeño ser que las exhibía con tanto orgullo. Ellas alababan el vestido y reiteraban sin cesar lo guapa que estaba, y yo miraba aquel reportaje con Yoda vestida de novia como protagonista y no me lo podía creer.

La cuestión es que el sábado tuve la bendita ocurrencia de decirle a Protocolo que, sin conocerlas todavía, e ignorando que son seres naturalmente bondadosos (y creo que algo miopes), ese día pensé que me encontraba en medio de una caterva de hipocritillas.


Protocolo es una buena persona, eso lo saben hasta los monos del Amazonas. Es un increíble ser de otra galaxia que ha sido dotado de un amor por el prójimo sobrehumano, pero también de un considerable desapego por la realidad, que suele ser cruda.

A mi me gustaría ser tan bondadosa como Protocolo y sus santas amigas, pero debo de tener unos niveles exagerados de HLC*, y por eso soy cruel y despiadada. Es la única explicación.


Si le tiro una copa en la cara a Protocolo no le parecería ni la mitad de mal que mi opinión sobre la evidente privación de armonía en los rasgos de Yoda. Ella, que ya digo que es buena, asegura que es guapa pero un poco bajita.

Si con “un poco bajita” se refiere a que la susodicha recuerde inevitablemente a un mono tití al que le haya roído el pelo una cabra, entonces sí.

Yoda tiene unos ojos azules tan grandes e intensos que, en vez de molar, dan mucho miedo. Si alguien ha visto a Gollum en el Señor de los Anillos ya sabe a qué me refiero.

Por si eso fuera poco, tiene una de esas estructuras tipo cerilla, con un cabezón tan grande que podríamos haberlo usado como mesa en la cena.

Lo que sí hay que decir a su favor es que se depila, porque he tenido el infortunio de verla en bañador en otra ocasión, y doy fe de que al menos tiene el detalle de no dejarse las melenas al viento.


La cosa no acaba ahí, porque lo de la ceremonia a mi me dio ganas de llorar. Decidió celebrarlo de manera íntima y sólo invitaron a padres y hermanos. Eso sí, como le hacía ilusión, se puso un vestido de novia y contrató un fotógrafo para inmortalizar tan magnífico evento.

Imaginad a Yoda descolorido y con los ojos claros vestido de primera comunión en el salón de la casa de sus padres. Pues así, hasta 500 instantáneas que me tragué mientras las oía a ellas “ay, ¡qué guapa!”, “¡qué linda estás en ésta!” y otros atentados contra la verdad similares.

Yo ya digo que entonces no las conocía muy bien, y no podía ni imaginar que aquello lo estuvieran diciendo en serio. Pensé que eran unas cínicas cuando en realidad son seres puros de alma compasiva que deben de poder ver la belleza interior y todo eso.

Yo admito que, una vez que conoces a alguien, dejas de verlo de un modo muy objetivo, y los que te caen bien los ves más guapos, y a los capullos feos como demonios fritos... pero aún así, eres capaz de saber si tus amigas queridas son como las mellizas feas de Susto y Disgusto.


Esto parece un comentario frívolo y malévolo, pero no lo es.

Yoda tiene mucho mérito porque, siendo más fea que el Fary comiéndose un limón, y sin ser especialmente simpática (es agradable y buena... pero tampoco es la alegría de la huerta, no vayáis a pensar) ha logrado que la gente se concentre en su interior, e ignore (superando los límites de lo razonable) su intrincado exterior sólo apto para ya iniciados.

Yo ya sé que estas cosas no debería de pensarlas, pero no lo puedo evitar: La gente muy fea debería de tener ciertos beneficios sociales, como plazas de aparcamiento específicas o trabajos en la administración pública... digo para compensarles un poco la putada. Porque esto es una lotería y hay herencias genéticas que no hay Clarins ni Chanel que las arreglen. Que por mucho que Yoda se tunee (lo del corte de pelo, si a Protocolo no le pareciera mal yo se lo hubiese solucionado llevándosela a mi peluquero), lo del cabezón sólo lo arregla metiéndolo en un bolso de Prada y no sacándolo ni para comer. Esa es la verdad.

A lo mejor estoy yo muy confundida, pero a mi me da que el mundo está más lleno de gente como yo que de personas como Protocolo y sus Santas Inocentes. Leí en una ocasión que, según un estudio (¿quién encargará esos estudios, digo yo?) los bebeses reconocían la belleza física. La cosa consistía en que les enseñaban fotos de gente a un porrillo de bebeses y ellos sonreían más a los que tenían facciones armónicas, y lloraban o hacían pucheros ante los feos.

Vaya, que nacemos siendo cruelmente superficiales, porque a esos bebeses lloricas no los consolaba el hecho de que los feos fuesen buenas personas... eso imagino que se aprende después. Así que está muy bien que nos engañen diciéndonos que lo importante es el interior y todo eso, pero yo os aseguro que la vida es dura y así lo aprendí yo.


P.D Protocolo querida: Tú que eres inconmensurablemente buena sabrás perdonar a tu amiga por ser más mala que un demonio con máster.


*La hormona liberadora de la corticotropina está asociada, según los especialistas, con las respuestas del organismo al miedo y a la ansiedad. Los estudios sugieren que las hembras con menores niveles de la hormona HLC tienden a proteger más a sus crías que aquellas con niveles altos. Esto también lo debí de leer en alguna parte, digo yo, que yo sola no pienso tanto.


lunes, 1 de febrero de 2010

El potro de torturas del sargento genealógico

Aunque mi pobre madre ya está habituada a que los pacientes le pidan que “le eche una diagnosis” o le digan que se olvidaron de ponerse la “ursulina” tardó un buen rato en entender a la buena de la señora que necesitaba de urgencia una cita con el “psicólogo de abajo”.

Pensó que se refería a la asistente social, que está en la planta baja… y hasta que la mujer echó mano de una grosería para indicarle que tenía una infección “genealógica” morrocotuda, mi progenitora no se dio cuenta de que se refería al ginecólogo, y no a que toda su familia necesitase antibióticos a puntapala.

Ando con los pelos pinchos porque yo también tengo que ir al psicólogo ése… y prefiero que me quemen el armario a pasar por ese mal trago. Me da un bajón de glamour de esos de necesitar un ingreso en un Six Senses Spa.

Mi anterior médico era un amable caballero de pelo blanco, exquisitos modales y manos de seda. Yo he llegado a pensar que no es humano, sino un elfo venido a este mundo para evitar que fulanos cargados de testosterona hurgasen en mis entrañas sin ningún tipo de consideración a mi naturaleza pudorosa.

Un buen día, y por razones que no revelaré ni aunque secuestren a mi peluquero, necesité una segunda “diagnosis”… así que, haciendo caso a los que me aseguraban que era “la mejor”, tuve que pedir una recomendación para que me viese una médico que trabaja en la Seguridad Social (yo diría que formada en los marines, o algo) y que es más bruta que unas bragas de esparto.

Llego puntual y me oriento a través de los doce millones de folios impresos y pegados con celo que hay por todo el centro. Veo que eso de la sinaléctica corporativa por aquí no ha triunfado. Al fin, localizo una puerta que tiene una placa con su nombre y un cartel enooorme que pone: “Avisad a la enfermera al llegar. Esperad a que os llamen”.

Vale. Alto y claro. Así me gusta.

Sigo las instrucciones del sargento genealógico y me acerco a la puerta de la enfermera.

Llamo. Nada. Vuelvo a llamar. Nada

Me siento en uno de los asientos de la sala de espera, justo entre una señora con un mostacho más poblado que China, y una poligonera de esas que tiene el detalle de enseñarme toda la rajilla del culo cada vez que se echa hacia adelante para cambiar la canción que suena en el móvil que tiene entre las manos.

Yo ya sé que esto no está bien, pero me aburro más que en un concierto de Alex Ubago, así que le echo un vistacillo inocente a lo que está escribiendo en la pantalla del artilugio (tan tuneado como ella, por cierto):

“k kñz chrr, aber si akb prnto d tokarm el kñ y ns bmos, g, g, g”

Entre que no entiendo nada, y que adivino unas faltas de ortografía de esas de doler los ojos, me doy cuenta que mi abuela tiene razón en eso de meterse en las cosas de uno.

Entra y sale la gente de la consulta sin parar, y allí nadie me llama. De pronto, la hermana gorda del muñeco de Michelin entra como un huracán en la sala de espera y abre sin contemplaciones la puerta a la que yo he llamado minutos antes sin éxito.

Calculo que es mi oportunidad para anunciar mi presencia en tan extraño lugar y me acerco a la puerta que ha quedado entreabierta.

Con unos sudokus encima de la mesa, la señora enfermera mantiene una animada conversación telefónica con alguien a quien llama “bonita” todo el rato y a quien está explicando que va a salir antes de trabajar porque se quiere acercar a las rebajas y por la tarde hay mucha gente.

Como me da la sensación de que me ha visto, pero no me mira, toco suavemente la puerta.

Ella levanta la vista y le dice a “bonita”:

- Espera un momento, aquí hay alguien que no sabe leer los carteles- Me mira con impaciencia y me dice: “Qué quieres?"

-Es que en la puerta pone que avisemos al llegar y...

Suspira con resignación y vuelve a dirigirse a bonita por teléfono:

- Un segundo, ¿eh?- coge un bolígrafo y me pregunta fastidiada por mi nombre.

Revisa la lista y me dice indignada:

-¡Tenías que haber entrado hace 5 minutos!

-Lo sé, pero llamé a la puerta y nadie me contestó.

Pensé que iba a arrojarme el teléfono a la cabeza:

-¡Claro! ¿No ves que estaba teniendo una conversación privada?

Por un segundo pensé en golpearla con una de mis Pretty Ballerinas hasta hacerle sangre, pero era un modelo muy bonito y no me apetecía tener que tirarlas.

Discutir tampoco me iba a ser de utilidad, así que apreté los labios fuerte y pensé en la terraza del Café del Mar, que me da mucha paz interior.

-Ah.... Pues tendrás que esperar al final, porque como no avisaste te hemos saltado.

-Mbfgrfislgsh.... - puesta de sol en Ibiza, puesta de sol en Ibiza- de acuerdo, gracias.


Vuelvo a mi sitio y espero. Espero hasta que tengo la sensación de que me estoy haciendo más vieja que Sara Montiel en aquella silla de plástico incómoda.

Al fin, la enfermera asoma la cabeza desde su guarida y grita mi nombre.

Atravieso la misteriosa puerta con el mismo ánimo que si me fuesen a ajusticiar y me encuentro al Sargento Genealógico rodeada de papeles.

-¡Siéntate! - me ordena sin mirarme- Estoy revisando tu historia.

Me pregunto cómo en la sociedad de la información todavía tienen esas carpetas descoloridas y trillones de papelotes, pero me doy cuenta que me conviene más estar callada y responder obediente a las cuestiones que me va planteando sin levantar la vista de la carpeta.

-Bien, vamos a explorarte. - Se levanta, abre una de las puertas que comunican con otra de las salas misteriosas y pide a quien se oculte tras esa pared llena de incógnitas que me preparen.

Me siento como el objeto de algún sacrificio ritual. Allí hay dos mujeres vestidas de verde, que ignoro si son enfermeras o jardineras del ayuntamiento, que me tienden un pañito y me señalan la puerta de un baño a la orden de “desnúdate”.

-¿Y mi bata? -pregunto más inocente que Heidi.

Los guisantes con croks se ríen tanto que hasta me dan miedo:

-Aquí no hay batas - dice uno de los guisantes- ¡no te preocupes, que todas somos mujeres y ya sabemos todas lo que tenemos!

¿Queeeeeee? ¡yo no sé lo que tiene nadie ni lo quiero saber! ¿Pero qué tendrá que ver ser mujer con despelotarse delante de otras?

Café del Mar, Café del Mar. Brisa marina y los cubitos de hielo tintineando en mi copa.

Entro en el baño y haciendo equilibrios para no tocar muchas cosas, meto toda mi ropa (excepto el tanga y las medias de blonda que me las dejo puestas por mucho que digan los guisantes) en mi bolso, para evitar colgarla allí donde la marsopa bigotuda habrá puesto la suya.

Estirando todo lo que puedo el ridículo trapito verde salgo dando saltitos del baño y, veloz, me subo a la camilla.

Los guisantes se mueren de la risa:

-¡Pero si estamos más que acostumbradas a ver a mujeres desnudas!

-Pero yo no trabajo en un Peep Show, así que me quedo así - terqueo.


En esto, el Sargento Genealógico entra en escena como una se espera de una mujer de semejante carácter: abriendo la puerta como lo haría Napoleon.

Yo, que vengo entrenada de mi anterior “psicólogo de abajo”, al verla llegar con ese ímpetu, subo las piernas y las coloco en “el espatarrador” de inmediato.

Ella me mira. Yo, que no tengo por costumbre presentarme ante la gente de esa guisa, la observo con un poco de desconfianza.

-Qué haces con esas medias puestas?

-Yo le dije que se quitara todo - interviene uno de los guisantes

-Hace frío y no te molestan para nada - replico yo (lo del frío no es verdad, pero aquella gente no parecía avenirse a razones emocionales)

-No hace frío, pero es verdad que no me molestan -concede el Sargento, que vuelve a mirarme con dureza- ¿Y qué haces con las piernas ahí subidas? ¿trabajas en un Circo?

¿Que quéee? aquella tipa me estaba vacilando

-¿No tengo que poner las piernas ahí?

-¡Sólo cuando yo te lo diga!

Las bajo con gran esfuerzo para no destaparme, porque, como saben hasta los monos del Amazonas, soy pudorosa pero no contorsionista.

Me siento con las piernas muy juntas. Aquello estaba siendo una contrariedad. Es extremadamente difícil mantener la elegancia si sólo te dan una servilleta de un horrible tono verde para cubrirte.

El Sargento me hace un par de preguntas y después me dice que vuelva a espatarrarme. Los médicos son una raza cruel. Ni siquiera pienso que sean humanos.

Lo hago mientras la veo colocarse unos guantes, venir hacia la camilla. e introducir su mano como lo haría Winnie de Pooh en una colmena de miel. Yo, que no estoy habituada a esas tomas de contacto tan bruscas me contraigo.

Ella me riñe:

-¿Quieres relajarte?

Sé que estoy cavando mi propia tumba, pero no puedo reprimirme:

-Es que si no me invitas antes a unas copas y me dices algo bonito...


Será muy buen médico, yo no lo dudo, pero creo que la Inquisición ha perdido un gran talento.


jueves, 28 de enero de 2010

Con el glamour bajo (y puede que algo resfriada)

Gabrielle Chanel que estás en los cielos
santificado sea tu LBD
venga a nosotras tu sastre en tweed.
Hágase tu voluntad, así en la ofi como en el brunch.
No nos dejes caer de los tacones, y líbranos de Pe.
Amen

martes, 26 de enero de 2010

Prefiero una aeronave

Estoy en una edad difícil. A mi no me lo parecía, pero lo estoy empezando a notar por lo nerviosa que está la gente en mi entorno. Debe de ser una cosa dura tener 34 y estar sin pareja. Yo no me daba cuenta, pero por lo visto ha de ser como tener un virus asqueroso e inconfesable del que te quieres librar cuanto antes y que nunca se sepa.
Yo me lo paso bomba, para qué negarlo… pero debo de ser mema y no ser consciente del enorme problema que tengo encima ¡A ver si me voy a morir de esto y no me había ni coscado!
Ya estoy viendo los titulares de la prensa de aquí: insensata local fallece a causa de una pertinaz soltería.
El caso es que yo pensaba que al dejar al Bellísimo también me libraba de la presión embarazosa… pero ¡qué va!
El otro día me encontré con una chica que conocí cuando vino a hacer las prácticas con nosotros en Ocio Remunerado. Es fácil calcular que no había cumplido los 22 años, y en cambio ya tenía planes de tener 2 hijos antes de los 25.
Recuerdo perfectamente la pregunta que me hizo en su primer día de prácticas:
-¿Tienes novio?
- Nooo
Su cara era una mezcla entre sorpresa y pena. Exactamente como si le hubiese dicho que el mismo día se me había muerto toda mi familia y que me iban a amputar una pierna.
- ¿Por qué no? Eres guapa.
Yo no sabía si agradecerle el veredicto o preguntarle si las feas no tienen novios o cómo iba aquello… así que sólo le respondí:
- ¿Para qué?
- ¿Cómo que para qué?- me dijo con los ojos saliéndosele de las cuencas- Querrás tener hijos ¿No?
- Prefiero una aeronave, si me dejan escoger.
Como pensó que estaba de broma se rió mucho. Durante los 3 meses que estuvo con nosotros me contó todos sus proyectos, discutimos nuestras particulares visiones de la vida e hicimos los cálculos para que le diese tiempo a tener a sus retoños antes de esa fecha límite que se había marcado.
Mantuvimos el contacto y un día me llamó para decirme que estaba embarazada, pero nunca coincidimos desde que es mamá, así que el otro día, cuando la ví con el Maxi-cosi por primera vez intuí lo que se me venía encima.
- Veeeen… Ven a ver a la princesa- me gritó señalándome el bulto que se ocultaba en aquella especie de cáscara de nuez futurista.
Yo tengo ensayado un montón de frases para estos casos, porque a las madres no les suele gustar que califiques de “feo y arrugado” al fruto de 9 meses de terrible embarazo e interminables horas de parto… Como tampoco me gusta mentir, suelo decir cosas como: “¡Hay que ver qué pequeño!” o “¡qué gracioso el vestidito!”… la verdad es que la ropa de los bebeses sí me suele gustar.
Juro que en este caso no me salía nada.
Miré a la pobre niña, enrojecida, cejijunta y más peluda que un mono del Congo, y me dio tanta pena como a su madre el hecho de que yo no encuentre un novio que me embarace como toca.
Sólo acerté a balbucear:
- ¡Ah!... ¡vaya!...
La feliz mamá me miró expectante, aguardando mi valoración. En aquel momento no encontraba nada positivo que decirle salvo “ah,… pues parece que respira”.
Quería decirle lo que tengo ensayado ¡pero era enoooorme! … no me salió más que:
- ¡caray! ¡Casi al límite de tus 25!

Ella me miró con satisfacción, y enseguida pasó al ataque poniendo su mano sobre mi barriga (¿qué le pasa a la gente con eso de tocarme?):
- ¿Y tú para cuándo?
Me dio ganas de decirle que todavía no tengo ni siquiera encargada la aeronave, pero preferí no descolocarla.
- ¡Ah! No sé… quizás para cuando tenga novio.
Aquí ella prácticamente se indignó:
- ¡Bueno! ¿pero aún sigues con eso? – exactamente como si tuviese un tumor enorme y me negase a que me lo extirpen. Ella se quedó pensando, con evidente preocupación… y de pronto tuvo una idea:
- Voy a presentarte a unos amigos de mi marido. Todos abogados y procuradores- añadió en plan tentador. Yo nunca entendí eso, porque si yo escogiese un novio en función de su profesión preferiría que fuese superhéroe o algo así, para que viniese a rescatarme volando a los atascos o pudiese hacer cosas realmente sorprendentes.
- No gracias – respondí con toda la amabilidad de la que fui capaz.
- ¡Que sí, mujer! ¡que hacemos una cena y ya verás que enseguida te ves como yo!- me aseguró.
Yo la miré. La miré a ella y a su marido de incipiente calvicie y cara coloradota. Abogado, sí, pero estaba claro de quién había heredado la pobre niña aquellas cejas que parecían una.
Quise preguntarle, si de lo que se trataba era de reproducirse, qué interés podía tener yo en mezclar mis genes con las de un individuo similar a aquel gordinflón que empujaba el cochecito ¿Cómo iban mis hipotéticos hijos a perdonarme aquello?Agradecí su interés y con la excusa de que me cerraban una tienda salí de allí como el correcaminos.

martes, 19 de enero de 2010

Tecnología y principios

Hoy he llegado un poco tarde al trabajo porque tuve una emergencia de esas que no pueden esperar ni a que abran las tiendas.
Como con lo que yo pagaba de teléfono se podría alimentar a todo un poblado del África Subsahariana, decidí empezar el año nuevo cambiando de compañía de móvil, y me pasé a Vodafone porque con los de Orange no me hablo.
El caso es que empezó mal la cosa, porque apunté mal el día en que se hacía efectiva la portabilidad, y me pasé media mañana agitando mi móvil viejo como si fuese una caja de cereales.
Yo es que aún tengo esas cosas de cuando las teles viejas se estropeaban y les dabas un golpe y volvían a funcionar… pues eso.
Para cuando me percaté de que quizás eso que ponía la pantalla de “sin servicio” pudiese deberse al dichoso tema de la portabilidad fui corriendo a abrir la caja donde tenía mi telefonito nuevo.
La verdad es que si las compañías de teléfono fuesen justas, y adjudicasen los terminales por el nivel de competencia tecnológica, a mi me darían unos vasitos de yogourt unidos por un cordel.
Pero como la cosa va por consumos, en vez de por justicia social, resultó que podía cogerme el modelo que yo quisiese. Yo no quería ninguno en concreto, me valía casi cualquiera que fuese Nokia y que tuviese videollamada (que, aunque no la uso, me hace ilusión). El mío era rosa y tenía una cadenita metálica la mar de chula. Un poco de poligonera, pero me gustaba mucho.
Como no estoy muy al tanto de las novedades en telefonía, me fui a la tienda a ver si los de Vodafone eran más simpáticos que los de Movistar, y resultó que si. Me atendió un chico de ojos azules que fue muy comprensivo con mi discapacidad tecnológica y, además, me regaló un portarretratos y unas zapatillas de semillas para calentar en el microondas. No sé para qué quiero esas cosas, que tengo unas zapatillas con un lazo la mar de molonas, pero me hace ilusión que me regalen asuntos… así que firmé todos los papeles que me puso delante.
Ya os digo que me daba igual el teléfono, pero cuando los ojos azules del chico de Vodafone me dijeron que aquel modelo que traía un tecladito era el mejor, lo necesité inmediatamente.
Esa codicia es fea. Es un impulso irrefrenable que heredo de mi padre y que me trae un montón de problemas, porque me hace perder la perspectiva sobre mis limitaciones.
El móvil nuevo está bien. Es negro, que va con todo, y tiene una de esas pantallas táctiles que son muy incómodas pero fardonas. El problema surgió cuando lo quise usar. Me llamaban y yo apretaba todos los botones y la pantalla al buen tun-tun, a ver si reaccionaba… y unas veces había suerte, y otras no… así que me fui derechita a la tienda de Vodafone a hablar con los ojos azules amables.
Debí de entrar con cara de angustia, (a mí la incomunicación nunca me ha sentado bien) porque cuando me vio llegar le pasó a un compañero los clientes que estaba atendiendo y me llevó a otro mostrador.
- ¿ya te han hecho la portabilidad?
- Pues si…
- ¿Entonces? ¿qué pasa?- me sonrió- ¿no hemos sido simpáticos contigo en Vodafone?
- Es el móvil. Manda él y no yo, y eso no está bien – le expliqué poniendo el insumiso terminal sobre el mostrador.
- ¿qué le pasa? No debería de darte problemas. Es un superteléfono
- Lo que es, es un supervillano, creo yo. No consigo desbloquearlo ni coger las llamadas.
Los ojos azules me miraron con extrañeza.
- Pues no lo entiendo. Vamos a hacer una prueba. Te llamo y vemos qué le pasa.
El chico de los ojos azules marcó mi número, y mi móvil comenzó a sonar obedientemente. Lo cogió, accionó un botón lateral y ¡sorpresa! Móvil desbloqueado.
El cielo abierto.
- ¡Ahhhh! Así que era ese botoncito. A ese no le había dado –suspiré aliviada- Una ideaza, si señor.
Los ojos azules me miraron con suspicacia
- ¿no te has leído las instrucciones?
- ¡Por supuesto que no! No me gustan los libros que no tienen dibujos.
Él cogió el manual y lo abrió. Había unos dibujos explicativos muy feos.
- Si que tiene dibujos
- Bueno, pero leer manuales de instrucciones va contra mis principios: No miento, no robo, no mato y no leo libros de instrucciones. Es un sistema de valores sencillo- sonreí para que los ojos azules dejasen de estar serios.
- Me vas a dar más trabajo que las señoras mayores
Le enseñé todos los dientes que tengo, como los monos del Amazonas que presienten el peligro. Como el otro día noté que le había gustado un poco, me atreví a abusar
- Podrías explicarme cómo funciona, para que no tenga que llamar a esas señoras sudamericanas que nunca me solucionan nada.
Aquí le sonreí tanto que por un momento temí que la cabeza se me partiera en dos.
Resultó que tengo un teléfono muy moderno, que tiene cantidad de funciones que nunca utilizaré por el bien de la humanidad. Al final me regaló otras zapatillas y un llavero y yo me fui de la tienda muy satisfecha con la amabilidad de los ojos azules de Vodafone.

jueves, 14 de enero de 2010

Gore Actually

Estoy un poco sensible con el tema de los bebeses, yo lo sé, pero es que las cosas que me pasan no me ayudan a desarrollar mi instinto maternal. Es más, cada vez estoy más convencida de que todo esto es una conspiración de Dodott o de cualquier marca de alimentos para esos seres diminutos. Supongo que no contra mi específicamente, pero como me resisto… pues se ceban.

He vivido la Pesadilla de Navidad de Burton, pero en vez de esqueletos yo veía cigüeñas amenazadoras y barrigotas gigantes. Al habitual desfile de primos renacuajos, hijos de mis amigas, sobrinos de mis amigas y otros seres pequeños que, como el Almendro, parecen estar hasta en la sopa por estas fiestas,se ha sumado la experiencia más terrorífica que he tenido nunca: el acoso de un embarazador vocacional.

Nunca sospeché cuando divisé al Bellísimo tomándose una copa en Garoa que pudiera pertenecer a esa secta tan cruel. El Bellísimo, además de llamativamente guapo, parecía divertido y cosmopolita. Los guapos siempre parecen un poco chulitos, pero éste se mostró encantador y aparentemente sensato… así que yo estaba esponjada como un pollito.
Al principio fue bien y, aunque yo estuve liada toda la semana, me encantó que me mandara un montón de mensajitos, me llamase por las noches y que me invitase a cenar.
Las primeras alarmas se me encendieron durante esa cena, con declaración incluída, en la que aprovechó para decirme que en un año quería formar una familia conmigo. Como él me sonreía como si fuese la cosa más normal del mundo, yo me lo tomé a broma:
- Yo es que ya tengo una familia, y ya me dan bastante lata.
Él me miró como si estuviese ofreciéndome a regalarme un millón de Euros y me cogió la mano.
- No, en serio. Me gustas mucho y serías la persona perfecta.
Se me congeló la sonrisa y me sentí como si hubiese ido en bañador a una entrevista de trabajo. Me solté de su mano y me vacié la copa de Mar de Envero de un viaje.
Necesitaba ganar tiempo ¿Sería una cámara oculta?
No, tenía que estar bromeando.
- Pues vaya ojo que tienes. No me gustan los niños… y tampoco los perros (por si acaso eso de la familia incluía un chucho y paseos en bicicleta los domingos).
- Bueno, lo del perro lo podemos hablar – dijo riendo.
Como se reía, yo también. Era una broma. Tenía que serlo… y nos fuimos de copas.

Al día siguiente me propuso ir al cine, y yo siempre estoy a favor de eso, así que me leyó la cartelera por teléfono. Navidad. Películas infantiles a tutiplén y me suelta:
- Bueno, si quieres vamos a ver una de éstas y así practicamos para cuando llevemos a nuestros niños.
Yo me reí porque estaba convencida de que era broma. Juro que pensé que era como cuando yo digo que cuando sea Princesa voy a prohibir los leggins (que me parecen de un mal gusto terrible). Nadie se puede tomar en serio eso ¿o si?
Por si acaso, fuimos a ver otra cosa y nos lo pasamos la mar de bien.

Ya me dejó un poco más perpleja cuando, hablando de viajes, de los sitios que queríamos conocer y las cosas que nos quedaban pendientes me espetó:
- ¡Ah! ¿sabes que quiero que hagamos?
- ¿Ir a ver un partido de la NBA en Nueva York? – esto me hace ilusión, francamente, pero él se rió.
- No, ¡qué tonta!, cuando estés embarazada quiero hacerte unas fotos…
¡Aghhhh! ¿Embara quéee?
Juro que la sangre dejó de circularme por el cuerpo. Se paró y se congeló.
- Bromeas ¿no?
- No, claro que no. Tengo un amigo que es fotógrafo y van a quedar preciosas. Me hace mucha ilusión ¿te da vergüenza?
- No… vergüenza no. Miedo y un poco de grima sí. Al embarazo me refiero, no a las fotos.
Él se quedó preocupado
- ¿Es por lo de perder la figura?
Yo pestañeé, perpleja
- ¿Qué figura? Es por la sangre y los líquidos viscosos, por el dolor inhumano y por tener que dilatar como para poder expulsar una cabeza del tamaño de un melón de mi cuerpo.
Él se rió:
- ¡Qué graciosa eres! ¡Un melón!
Siguió riéndose. Me cogió del hombro y se echó a andar medioarrastrándome porque yo seguía como paralizada. Se volvió a parar y me dijo:
- Pues tenemos gemelos y así te ahorras pasar por eso más veces.
Caminó contento como si le hubiesen contado el mejor chiste del mundo, pero ahí yo empecé tener miedito. Si no fuera porque una tiene su dignidad, me hubiese meado allí mismo.
La cosa empeoró cuando empezó a mencionarles de pasada a mis amigas aquella cosa de nuestros hijos imaginarios, pero cuando me contó que se había comprado una cometa me caí de culo.
-¿Una cometa? ¿Para qué?
- Quiero enseñarle a volar la cometa a nuestro hijo. Mi abuelo me enseño a mí y se me da muy bien.
El Bellísimo es muy guapo, dolorosamente guapo. Además, es inteligente y buena persona, pero aquello estaba dejando de ser divertido.
La víspera de Fin de Año, hablando del ajetreo de las navidades y de que aún no tenía comprado los regalos de Reyes, me miró como un niño de Etiopía miraría a un chuletón, me puso una mano la barriga y me dijo:
- Voy a plantar aquí mi semilla.
¡Mátame camión! ¡Atropéllame automóvil! Aquello no podía ser cierto. Me puse seria:
- Oye, que no soy una maceta.
Él se quedó como si le dicen a Paris Hilton que se ha arruinado.
- ¿Por qué te enfadas? Es muy romántico esto que nos está pasando
Yo no sé a qué se referiría con lo que nos estaba pasando. Lo único que sé es que a mí, en vez de romántico, me parece gore.
No dije nada, porque ya teníamos las entradas de Fin de Año y sería un poco desconsiderado por mi parte, pero el día uno lo dejé. No había otro remedio.

miércoles, 13 de enero de 2010

El pollito maquinero

La Hermanilla nació cuando yo sólo tenía un año y tres meses, así que mi historia como hija única es más bien corta. No sólo eso, sino que tuve que aprender a sobrevivir con mis ojos y pelo insulsamente marrones junto a una hermanilla de llamativos ojos azules y dorados rizos.
Según mi madre, cada vez que algún adulto desconsiderado se acercaba a mi insolidariamente guapa hermana y decía con admiración algo del tipo <<¡qué ojos tan azules!>>, yo hinchaba pecho y les decía: <<¡¡y yo “negos”!!>>
Así aprendí yo que la vida es dura.

A pesar de ello, y como los Incordios Adorables tardaron bastantes años en nacer, Hermanilla y yo vivimos una infancia bastante feliz y protagonista. Yo era canija y castaña, así que no me quedó otra que ser simpática. Un poco repipi, en opinión de mi madre, pero es que mi madre se creía jipi, y lo peor que le puede pasar a una jipi es que le salga una hija con ínfulas de princesa.
La cosa es que cuando llegué a cole me fue bien, porque ya tenía práctica de la guardería en ser adorable. Es feo que lo diga, pero es la pura verdad: Hermanilla era rebelde y mona, y yo encantadora.

En el cole había un montón de niñas, y las monjas daban bastante más miedo que las profes de mi guarde… pero yo ya sabía que ni una monja gorda con incipiente bigote se resiste a una sonrisa profesional de las buenas.
Así que, a los cinco años, yo pensaba que el mundo era eso: que toda la gente te quería porque sí, y punto.

En ese primero de EGB tenía yo 4 amigas del alma, y fue en el cumpleaños de una de ellas donde descubrí que el amor humano es efímero y traicionero. Mis actos sociales de entonces se limitaban a las fiestas de cumpleaños. Nada era más importante que eso. Que el propio John Galliano me suplicara de rodillas hoy en día que asistiese a uno de sus desfiles sería insignificante comparado con el hecho de ser convocada para toooodos los cumples de la clase. Aquello sí que era relevancia social.

En aquellos cumples solían estar otras compañeras del cole, y, salvo algún primo o vecino, la VIP List se circunscribía a los pupitres cercanos. Rompiendo todos mis esquemas de protocolo infantil, en aquel cumpleaños sólo estaban del colegio las otras dos Mejores Amigas. El resto eran pequeños seres desconocidos, también reyes y princesas cada uno de su casa.

Sobrecogidas por la impactante noticia de no ser sus únicas amigas favoritas, asistimos con estupefacción y algo de rencor a aquella fiesta de la que no éramos protagonistas indiscutibles. Por si todas aquellas inesperadas alteraciones en nuestros esquemas no hubieran sido suficientemente dolorosas, llegó el momento en el que supimos que, definitivamente, Natalia nos había mentido cuando nos decía que éramos sus superpreferidas.

Cuando yo era pequeña no había tartas de gominola, ni con Winnies de Pooh dibujados con azúcar de colores. Cuando yo era pequeña la máxima sofisticación en términos de pastelería infantil consistía en decorar las tartas con unas casitas de chocolate y unos pollitos amarillos desproporcionadamente grandes para aquellos hogares diminutos.

Ver aquellos tres pollitos orgullosamente plantados frente a la urbanización de chocolate nos iluminó a todos los ojos. Como pequeños Gollum codiciosos, ansiamos poseer una de aquellas tres maravillas. Todos queríamos uno, pero a mi me parecía, que para que la justicia reinara en esta vida, nos correspondían a mis amigas y a mí, que para eso Natalia nos había dicho que éramos sus amigas más queridas del universo conocido… Pero la justicia a veces es escurridiza, y Natalia nos descubrió el amargo sabor de la traición entregando los deseados muñequitos a sus primas y a una vecina a la que, al parecer, le profesaba mayor cantidad de afecto infantil.

El fin del mundo conocido me sobrecogió con violencia ¿pero cómo era posible que pudieran querer a otra persona más que a mí? ¿Desde cuándo yo había dejado de ser la favorita? Y, sobre todo, ¿cómo es que yo me había quedado sin pollito?

Como en todas las grandes historias, en esa fiesta llena de imprevistos tuvo un importante papel el que años después sería el causante del castigo más largo jamás contado (en realidad, aún no me lo han levantado y mucho me temo que todavía sigo castigada)… pero ésa es otra historia. El hermano pequeño de Natalia era el ser más molesto y caprichoso que haya visto el mundo después de la ex – cantante de la Oreja de Van Gogh. Un ser irritante y consentido que, al ver que los pollitos iban a parar a otras manos que no eran las suyas montó un zipitoste de no te menees, se echó encima de la tarta, agarró a uno de aquellos inocentes muñequitos… ¡y lo destrozó!

Creo que la cámara lenta aún no se había inventado, pero yo lo vi todo como cuando a los “walkman” se le acababan las pilas… la mano del Molesto Ser cayendo sobre la tarta, apoderándose del sufrido pollo, arrancándole las patas, la cabeza, tirándolo al suelo y pisoteándolo.

Todos gritábamos compungidos… pero para cuando la madre de Natalia actuó, el pollito ya era un triste amasijo de algodón amarillo. Como Tamara cuando se le acabó lo del “no cambié” y ya no la querían en Crónicas Marcianas.

Se montó un lío tremendo, Natalia lloraba, hubo peleas por ver cuál de las agraciadas se quedaba sin pollito… y yo aproveché la confusión para meterme en el bolsillo del vestido el cuerpo del delito.

Cuando llegué a casa, me apresuré a ir a mi habitación para salvar la vida a aquel desdichado. Puse el cuerpecito desmembrado sobre mi cama, y supe que aquello no había Pritt que lo arreglara, así que tuve que deslizarme hasta el cajón donde mi madre guardaba todas sus armas secretas. La Madre Imelda, una monja apaisada que nos daba manualidades, nos tenía prohibido usar el pegamento Imedio sin su supervisión, pero yo nunca fui muy obediente, y aquello era una cuestión de vida o muerte. Sin mucha pericia, y con los dedos todos pegoteados, conseguí unir el cuerpo y las patitas, aunque estaba claro que después de aquella operación su carrera deportiva había terminado.

Aún faltaba lo más importante: el Molesto Ser le había desfigurado la cara… y eso sí que no.
No disponía de modernas prótesis, ni siquiera de cartulina roja, así que tuve el pollito tuvo que conformarse con el pico que le pinté sobre papel cuadriculado, y que coloreé con un plastidecor.
Vivienne Westwood se hubiera sentido orgullosa de mi inconsciente inspiración tartán.
Volví al cajón de mi madre para hurtar la más secreta de las armas prohibidas: el edding permanente. Con la mano temblorosa, y la lengua un poco de fuera para esforzarme más, pinté dos puntos negros para que le sirvieran de ojos.

Miré mi obra satisfecha. Al pobre se le había quedado una pinta un poco maltrecha, como si se hubiese pasado con las pastillas… pero yo entonces no sabía nada de psicotrópicos, y pensé que se habría quedado impactado por el ataque del Molesto Ser.

El pollito aún vivió muchos años, hasta que el perro de mi hermana decidió probarlo como chicle y ahí ya no hubo remedio.